No, no hablo de la clase de hombres que salen con Donatella Versace o se ejercitan mucho para luego bailar y triunfar… en ciertos bares. Me refiero a esos familiares extraños, a veces incómodos, que toda familia tiene, de los cuales, sin proponérmelo, soy uno. ¡Los tíos…! Mi sobrina, la mayor, me preguntó en estos días: tío, ¿por qué no te has casado ni tienes hijos? Si no supiera que mi señora madre tiene sus límites, creería que fue ella quien la mandó, pero no, es simplemente curiosidad de una chiquilla que no se muerde la lengua ante las gana de saber, como le ocurre a otra gente. Soy uno de los dos tíos solterones de la casa, y eso que se supone que todavía a los cuarentas, un tipo tiene chance. Y si no se ha llegado todavía, más. No se crean, es difícil explicar, sobretodo a gente a la que lleva años sin verse, por qué no se tiene un hogar.
En todas las familias hay un tío así, el o la solterona; en mi caso creo que lo llevo con discreción y dignidad (creo yo), pero también está los otros. Está el que vive saliendo con chamitas aunque ya tiene más de cuarenta, y cree que las pavitas andan tras su galanura. Este es un viejo chiste: ¿qué hace un carajo viejo con una carajita en una discoteca?: pagar la cuenta. En cierta forma, estos tíos incomodan, porque hay la tendencia a que mientras más mayores son, más jóvenes son las carajitas, da hasta pena. Está también el eterno muchacho, el que no consigue jamás un trabajo que le cuadre, que esté a su altura, que no hace esto ni aquello porque no le pagan lo que vale, pero se deja caer siempre por la casa de los hermanos buscando ‘algo’ hasta fin de quincena, que le presten el carro, y en los casos más deprimentes y desesperados, que le presenten a alguien. No me gusta hacer esto, mis amigas siempre me preguntan: pero ¿por qué anda solo? ¿Qué tiene? Y si uno los alaba, desconfían más. Son los que viven quitándole cositas a la mamá, el dinero que le dan, la comida de su nevera, que si la licuadora, el televisor; siempre andan esperando que los otros resuelvan y lleven para entonces dejarse caer por ahí y comer. Causan muchos problemas, pero son familia, ¿qué se le hace?
Están también ¡las tías! Yo siempre me dije, desde muchacho y aunque era un poco celoso, ojalá ninguna de mis hermanas vaya a quedase solterona… porque son un problema. ¿Imaginan una hermana vieja, sin marido ni hijos, que con los años irá llenándose de achaques muchos de ellos imaginarios buscando llamar la atención? Bueno, no ocurre con todas, pero en amigas contemporáneas noto algo de angustia y hasta leve envidia cuando miran a otras con sus bebés en brazos. Está aquella que siempre anda con un tipo que uno sabe no sirve para nada… y uno lo sabe porque anda con ella que es un imán para fracasados e inútiles. Qué terrible es advertirle a una hermana, prima o amiga: fulana, ese tipo no sirve, ya ha fracasado en cuatro relaciones, nunca le pone casa a las mujeres y termina llevándoselas a casa de su mamá, que fuera de ser una vieja insoportable cree que encontró servicio. La respuesta no falla: ustedes no entienden, eran esas mujeres las que no servían, conmigo será distinto.
Fuera de botar aire, tragar grueso para no soltar una mala palabra, es poco lo que se puede hacer, como no sea abrir la puerta cuando lleguen, molesta con uno que le ‘empavó’ la vaina, o sin nada después de perder el tiempo triste y lamentablemente. Por alguna razón este es el peor tipo de tías (hermana, prima o amiga), siempre se ponen en contra de la familia, la que siempre estuvo a su lado, con ella, porque el marido le dice que son unos perros, y su opinión, aunque esté llegando, es más importante y está más autorizado. Después está aquella, le menor, la maraca, que vive y chulea a los papás diciendo que está estudiando, y mucho, y luego te la encuentras bailando pegada de un tubo en una discoteca de dudosa reputación, o manteniendo a un marido también.
Por suerte siempre son uno o dos los que dan tanta guerra dentro de una familia grande, como también se decía antes, que en toda familia numerosa siempre había un cura, un marico y una puta; la mayoría es más sensata, y en momentos de problemas familiares, de esos serios, siempre se cuenta con los otros, aunque los inservibles también tienen su utilidad, son increíblemente llorones y sensibles, cosa que no está mal para ciertos momentos.