Hace poco me sucedió algo curioso que viéndolo en retrospectiva tiene sus raíces en dos ejemplos pasados semejantes. Debía entregar unos memos sobre una supuesta reunión que se celebraría en la sub región Miranda, y debía supervisar que se imprimieran. Me tocó ir hasta una de las copiadoras más viejas que tenemos, por alguna razón las nuevas terminaban atascándose. En total debía imprimirse trescientas convocatorias. Decidí preparar grupos de cincuenta hojas, para hacerlo en seis lotes. Ahora todo lo cuentan y me dieron los seis lotes exactos, es decir trescientas hojas. Al llegar las repartí en las seis porciones, cincuenta cada uno, y mientras se imprimía un grupo, contaba, por costumbre, el siguiente. También contabas las que salían. Y efectivamente había cincuenta en cada grupo… pero en el último sólo cuarenta y ocho hojas salieron. Arrugué la frente y conté. En cinco lotes había cincuenta, en la última faltaban dos. Levante las tapas externas de la máquina y no vi nada, busque debajo y detrás del equipo. Nada. Las conté de nuevo. Volví a contarlas. Y seguían faltando dos.
Pedí dos hojas más y eso atrajo sobre mí la atención; todos parecían intrigados. ¿Qué faltaron dos? Pero ¿contaste bien? ¿Metiste las cincuenta? Por alguna razón eso excitaba la curiosidad, y en lugar de facilitarme las dos hojas, todos contaban o levantaban nuevamente las tapas. Dos mecanógrafas y un colega lo hicieron por turnos. Cada uno llegaba y repetía el proceso. Y todos me preguntaban, ¿pero tú estás seguro de que metiste las cincuenta? ¡Claro que lo había hecho! La máquina es vieja así que a veces toma de dos o tres de un golpe y sale una copia y dos en blanco, pero este no había sido el caso. Para evitarme problemas, y como soy un empleado público, no me daba prisa y contaba de diez en diez. Cinco de esos mini lotes eran las cincuenta y luego proseguía con las otras. No me dieron las dos hojas. Llamaron a un sujeto de Mantenimiento, quien entró, oyó el cuento, me miró y me preguntó si estaba seguro de haber metido las cincuenta.
Revisó, levantó tapas, vio rodillos y nada. Y mientras lo hacia todos me preguntaban y repreguntaban si realmente había metido las cincuenta, que si estaba seguro, que si algunas no se fueron volando, que si no conté mal y cosas así. ¿Saben que fue lo extraño?, que ya estaba dudando: ¿habré metido realmente las cincuenta? Ya no estaba seguro. Eso me recordó algo acontecido después del cuatro de febrero de 1992, cuando a Chávez se le quería creyéndosele decente y honorable. Durante todo ese año hubo rumores de golpes todo el año, y manifestaciones y protestas, claro que en esa época no se les llamaba basuras desestabilizadores ni perros de la CIA, eran simplemente personas que no querían al gobierno impopular. Recuerdo que una tarde iba yo subiendo por la céntrica avenida Urdaneta cuando de repente veo a un gentío que viene corriendo, bajando como si el Diablo los persiguiera. Yo me aplasté contra una pared, y cuando cruzaban los últimos, vi a una muchacha delgada y muy bonita, de cabellos largos que jadeando se detuvo, pero mirando hacia atrás, como asustada. Yo me le acerqué.
-¿Qué fue, qué pasa?
-No lo sé, yo iba pasando y como todos echaron a correr yo también corrí. –me respondió. Creo que la ofendí porque me eché a reír.
Lo segundo que recordé fue una lectura del suplemento humorístico de Condorito. Estando una tarde en la calle con su compadre, el Cumpa, le dijo: mire Cumpa, lo que es el poder de la sugestión. Y comenzó a gritar a todo gañote que se estaba quemando la casa del Gobernador. En el cómics se veían caras alarmadas de personas que echaron a acorrer después. En otro cuadro más gente corría. En otro iban patrullas policiales y carros de bomberos y más gente corriendo. Y es cuando Condorito le dice al compadre que qué barbaridad, el rumor como que agarró cuerpo. Finalmente siguen pasando personas que parecen gritar mientras corren seguidos de varios vehículos como de televisoras y prensa. Es cuando Condorito abre mucho los ojos y echa a correr diciendo:
-Corra Cumpa, a lo mejor sí se está quemando la casa del Gobernador…
En el fondo, la duda mata.
Julio César.