Si estuvieras junto a mí como antes…
Se hacía tarde, lo sabía. Ella lo esperaba, pero no le ilusionaba llegar. Le gustaba la joven, con su fuerza, su rostro fresco, limpio, casi pillezco. La amaba sobre un caballo, dominándolo. Le agradaban sus atenciones y sus caricias, la forma en que tomaba la iniciativa a la hora de amarlo; le divertía y molestaba la forma resuelta en la que le tomaba el rostro y lo llamaba dulce y bello tonto cuando lo llevaba a comer o tomar una cerveza, cargando resuelta con los gastos, como una niña mimada acostumbrada a eso. Incluso el compromiso, el noviazgo, estaba bien. No así el trato con los padres. A ella no le agradaron los suyos, y los ignoraba. Él deseaba poder hacer lo mismo con los de ella, pero siempre estaban ahí, invitándolos a almorzar, a cenar, de visita. Eran orgullosos, soberbios y unos hijos de perra. El viejo lo odiaba, lo creía poca cosa y no se molestaba en disimularlo. Y él no tenía fuerzas ni bríos suficientes para mandarlo al carajo.
Tiene veinte años y se siente atrapado. Necesitaba eso, una copa, un cigarro. No pensar. Necesitaba… y otro rostro, uno menos armonioso pero firme, resuelto, huraño, se dibuja en sus recuerdos. No era un rostro que destilara dulzura, y sin embargo esa persona hosca, silente y distante era quien llenaba sus pensamientos, a quien anhelaba ver en cada esquina. Era la voz que soñaba que lo llamaba de noche. Aquella persona que no había sabido amarlo, para quien él fue únicamente una aventura de paso, unas cuantas noches de revolcadas desenfrenadas, no obstante había significado lo más importante de toda su vida. Recordarlo lo lastimaba, pero también le gustaba, porque unas cuantas veces había creído notar en esa otra mirada… ternura, afecto; y él se ilusionó creyendo que era amado, querido como él lo hacía, con fuerza, con entrega. Anhelaba y extrañaba ese amor tosco, esa ternura ruda, ese entendimiento de miradas, de gestos, de manos que tocan, sin palabras dulces. Lo extrañaba, y tenía veinte años, su carne estaba presta a levantarse reclamando atenciones, su piel anhelaba ser tocada, y tocar. Besar y ser besado, entregarse y poseer de forma violenta, sin barreras, sin pensar en lo que se hacía. Esperaba…
-¿Tienes fuego, amigo? –preguntó una voz ronca a su lado, a tiempo que una mano grande y pesada cayó sobre su hombro, como casualmente.
Alzando la vista descubrió a un tipo alto, cargado de hombros, de mirada dura, pero también extraña, brillante y oscura, directa y evasiva. Y esa mano no se retira de su cuerpo, y es cálida y fuerte, la del tipo acostumbrado a dominar y controlar la situación. El toque de un hombre hecho y derecho, tal vez cuarentón ya. Donde cae la mano el joven de cabellos negros y ojos muy azules siente que emana un calor abrasador que llena todo su cuerpo. Se estremece. Y no sabe de la intensidad y poder de su mirada clara que atrapan la del sujeto; sus ojos parecen confusos, anhelantes, temerosos y decididos; y cuentan, como parecen contar siempre, su historia a ese tipo de rostro severo pero no hostil, quien entiende que ese joven, con no más de veinte años, tiene un cuerpo que arde con deseos, con ganas de ser mordido y tocado, que su sangre corre.
Un nombre llega a la mente del muchacho y el corazón duele; y confuso y culpable tiene que alejarlo por unos segundos de su mente, porque esa mano que se retira, el cuerpo que cae en el taburete de al lado, ordenado dos copas, con donaire, como quien tiene más experiencia en esas cosas, lo tiene subyugado. El hombre joven saca sus cerillos, enciende uno y lo ofrece. Son dos manos ahora las que caen sobre la suya, y esos ojos atrapan los suyos, proponiendo, haciendo promesas de brindar un rato de placer, de caricias que serán regaladas encendiendo la piel para luego calmarla, sosegando el cuerpo y la mente también; habla de pasiones que se compartirán, sin pensar, sin esperar nada más. Esos ojos le dicen que lo adorará, que lo tocará todo, que lo besará y lo amará. Y el joven teme, su corazón quiere detenerse en su pecho, la carne endurece y desea. Quiere y necesita eso que se ofrece sin palabras, que lo toquen, que esas manos lo recorran. Quiere carne contra carne, placer, quiere ser sometido, rodeado por esos brazos, ser estrechado contra otra persona, sentir la fuerza de ser seducido, tomado; quiere ser copado… y en ese momento cerrar los ojos y soñar que está en otra parte, con otra persona, y la memoria conjurará olores, voces y sonidos que no puede olvidar; y por unos instantes será, si no feliz, al menos satisfecho.
Estará engañándose, y engañará a una bella joven que lo espera y a un recuerdo que era algo más importante que su vida misma, pero tiene veinte años y se siente solo, abandonado, a la deriva, no sabe quién es o qué espera, y eso lo asusta; y el deseo llamaba a su puerta. Requería de eso, la carne pedía atenciones con gritos demasiados desesperados; se negaba a callar, a someterse, insistía en aclarar que no eran las manos de ella, sus besos ni su amor lo que esperaba. Todo eso pasa por su mente en segundos, mientras el otro sujeto fuma y toma, diciéndose para sus adentros que el joven era atractivo, y no sólo por eso, por joven, sino por su estampa, y por un algo indefinido que no comprende pero sabe que está allí. Intuye que disfrutará mirarse reflejado en sus ojos cuando fuera suyo, aunque algo, un instinto de cazador, le advertía que si el muchacho se descuidaba en el momento de alcanzar las cumbres, tal vez un nombre escaparía de sus labios, uno que él no habría oído jamás, pero que nunca era grato comprobar.
Realmente no esperaba nada al entrar en esa cantina, pero lo miró cabizbajo y lejano, infeliz. Por eso fue a su lado y lo tocó. Y cuando este levantó la vista se sintió un tanto débil de tanto deseo que esa mirada despertó en él, aunque sus carnes sí ganaban en vigor. Ahora estaba allí, a punto de coronar la noche, y ¿qué había de malo? El lunes volvería a su vida, pero por esa noche dejaría salir su necesidad, lo que le gustaba, aquello que jamás pidió pero con lo que nació, lo que debía disimular, esconder, siempre temeroso de verse expuesto, descubierto, y al mismo tiempo desesperado ante su carencia. Y en este caso el muchacho sería un bonito recuerdo para otras muchas noches de soledad, negación y extrañeza en medio de su vida diaria, su trabajo y su familia. Esos ojos, mirarse en esos ojos será maravilloso, se dice, tan excitado ya que espera que el otro no dude más.
Julio César.
NOTA: Esta no era la imagen que deseaba subir sino una donde Jack está sentado en una cantina; pero no se pudo.