Hablando una vez con unas enfermeras, una me contó, aleccionadora, sobre un hombre que le rezaba mucho a no recuerdo qué virgen por la salud de su mamá. Cuando la señora muere, él, lleno de ira, rompe las imágenes. Poco después sufría un accidente y perdía una mano. Esa mano, precisamente. Con aire moralista ella terminó diciendo que hay cosas que no deben profanarse. Yo pensé: Ah, qué bonito, no ayudan con la salud pero si echan una broma. Fui impío, lo sé. Hay frases que suena a fatalidad… deseos que saben a amarguras.