Ah, los secretos que ocultamos, luces y sombras, por suerte nadie puede leer en la mente de otros. Bueno, no en mi caso. Cuando casi me casaba con Alicia, el suegro sufrió un infarto. En la clínica yo decía: Dios, que no se muera, ¿qué hacemos con la suegra después? Y pobre Alicia, ¿y sus negocios, quién va a llevarlos? ¿Se habrá acordado que un día dijo que nos dejaría la casa en Tacarigua? Fue cuando mi hermano se acercó a mí y dijo: ¿ya estás sacando cuentas? Disimula, chico…