Estaba acorralada, sólo era cuestión de segundos para que lograra alcanzarla y acabar con ella. El oso polar y el pingüino me habían retrazado, pero había terminado también con ellos. Los últimos. Ahí estaba, jadeante, exhausta. A mi merced. Fue cuando dijo: corrimos mucho, ¿no quieres un vasito de agua? Tontamente, sediento, se lo arrebaté y bebí. Tarde entendí, gemí: Oh, no, es agua de… Y caí muerto. La muy zorra lo había hecho de nuevo.