Insensatez, qué mala eres. Hace tiempo, la señora que a veces trapea mi casa, me habló de un sobrino de quince años que se trajo de Araure, para que estudiara. Y que era un buen muchacho que se la pasaba con Tania, su hija de catorce años, para arriba y para abajo. Yo no dije nada, pero me la quedé mirando preguntándome: ¿será pendeja? No estudiaba la hija de ella que era una bichita mala conducta, y se trajo a otro. Y ella, que se pasa todo el día en la calle trabajando y dejándolos solos. ¿Quieren la versión corta?: ¡va a ser abuelita! ¡Qué lindo! Ahora tiene que mantener a tres.
Como el mundo está lleno de gente sensible, y de abogados agresivos, quiero cubrirme aquí las espaldas. Aclaro: no tengo dinero, como empleado público sólo he guardado resentimientos, que nadie me demande a menos que quiera pasar su mal rato. Por cierto, ya que ando en una de aclaraciones, este también soy yo… visto a lo lejos y en lo oscuro. De cerca y con más luz me veo velludo… y rojo.
Seamos sinceros: ¿no es emocionante ver al, o la tonta, entrando en la oscura cabaña, sin preguntarse ni por un momento “dónde estarán todos los demás”, totalmente despistado, sabiendo tú que afuera asecha el sujeto con el machete, la sierra eléctrica o el hacha?
Aquí termino un laaaaarrrrrgo comentario sobre inmigraciones presentado hace poco. Recuerdo al despistado que entre por casualidad y lo lea, que fue algo escrito el año pasado. Mientras lo releía buscando los eternos e imposible de eliminar errores ortográficos, y de redacción, caí en cuán venenoso me quedó. De verdad no lo recordaba tan duro. Lo suavicé un poco. Pero tampoco tanto. Como dije en esa ocasión, no me agrada la forma de actuar de unos ni de otros.
La cosa es oficial: lo odio. Y no, no es algo del momento, lo he pensado fríamente y he terminado por concluir eso: lo detesto. Sí a mí me tomaran una fotografía así, ay, como se reirían los conocidos y más de uno habría hecho chistecitos como “¿Y a quién esperabas para que te parara? ¿Esperabas a un hombre… que te ayudara?”. A él no, sólo se hace más famoso y admirado. ¡No es justo!
Dicen que el valiente es aquel al que no le dio tiempo de correr… No lo creo. Tampoco creo en el súper ser. Valor es tener miedo, temblar, que la voz vacile, y sin embargo no moverse. Hacer lo que es correcto. Creo en el valor de la persona, claro, en colectivo también existe; los corajudos jóvenes que enfrentaron los tanques chinos en la plaza aquella estaban más allá del bien y del mal en ese aspecto, pero el que miró el tanque venir hacia él, abriendo los brazos, tal vez creyendo atascarlo y detenerlo con su cadáver, lo era aún más. De un valor así, quiero hablar…
Este es uno de mis preferidos. Juntos de nuevo, en la tierra de no pasa nada, sin angustias o preocupaciones, viviendo un plácido día que será como el anterior. A muchos esto le parecerá horrible, pero para mí es como la meta ideal, el lugar a donde se llega después de una travesía larga, tal vez penosa, incómoda, sufrida, donde ya no hay nada más de eso. Sí, es como imagino mi retiro, un día ojalá cercano, en Tacarigua de la Laguna…
Estaba acorralada, sólo era cuestión de segundos para que lograra alcanzarla y acabar con ella. El oso polar y el pingüino me habían retrazado, pero había terminado también con ellos. Los últimos. Ahí estaba, jadeante, exhausta. A mi merced. Fue cuando dijo: corrimos mucho, ¿no quieres un vasito de agua? Tontamente, sediento, se lo arrebaté y bebí. Tarde entendí, gemí: Oh, no, es agua de… Y caí muerto. La muy zorra lo había hecho de nuevo.
Ah, los secretos que ocultamos, luces y sombras, por suerte nadie puede leer en la mente de otros. Bueno, no en mi caso. Cuando casi me casaba con Alicia, el suegro sufrió un infarto. En la clínica yo decía: Dios, que no se muera, ¿qué hacemos con la suegra después? Y pobre Alicia, ¿y sus negocios, quién va a llevarlos? ¿Se habrá acordado que un día dijo que nos dejaría la casa en Tacarigua? Fue cuando mi hermano se acercó a mí y dijo: ¿ya estás sacando cuentas? Disimula, chico…
Esto lo escribí el año pasado, pero como hay novedades en el frente europeo, quiero recordarlo. Pobre y vieja Europa, intenta escaparse, pero ya es tarde para ella como lo es para USA; y lo peor es saber que han quedado como más bárbaros que los norteamericanos, que ya es mucho decir. Me los imagino tronando los dientes ante eso, sabiendo que ahora serán los americanos quienes menearan las cabezas asombrados y desaprobadores. Qué raya. Pero en mi esquina, sintiendo lo que siento, y pensando lo que pienso de unos, otros y los más otros, sonrío con complacencia. Se los he dicho, soy mala gente…
Ah, miradas. Es cierto, a veces encontramos algo en otros ojos. Algunos son hermosos, lo sabemos, pero en otros nos llama lo que brilla, lo que dicen en silencio. Lo han notado, ¿verdad? Entras a un salón, llegas a un lugar y unos ojos, hermosos ojos te parecen, se vuelven hacia ti y ahí brilla algo que te hace latir más aprisa el corazón. Y sí, hay miradas que no se olvidan. O no queremos olvidar.
ADVERTENCIA: Por algunos correos he notado que algunos me tienen por romántico, alguien que escribe poesía, o que es sensible. La verdad, no lo creo. Pero me gusta como suena. A esas personas les pido que no entren en esta nota. Me aparto de todo eso para aligerar las entradas un poco (sé que la política cansa), cayendo en algo que me resulta fácil: lo simplón y ramplón de doble intensión. No lo tomen muy a mal los que me tienen en buena estima.
La expresión: a este no le creo ni el Padrenuestro, es bien cierta. Hay gente que miente así como otros sonríen (¡mi jefa!, deberían conocerla, qué mujer. Es casi un don). Lo que jamás he podido entender es que se mienta, o intente mentir, a quienes saben que lo expresado no es cierto. Dígame si el mentiroso es burdo y a cada rato lo pillan. Y lo incómodo; recuerdo una vez que en una tasca se me olvidó que nombre le había dicho a una chica que era el mío. Que vergüenza pasé. La mitomanía es triste. Y en este caso, cansa, molesta, aburre y arrecha.
Como dije por ahí, no soy muy romántico. Puedo ilusionarme y actuar en consonancia, pero no tengo un espíritu sensible. Me gustaría sentir cosas así, el nerviosismo ante una mirada que me lanzan, mi corazón latiendo loco porque voy a ver a esa persona, padecer el dulce calor de la dicha anticipada de verla y tocarla. Descubrir ternura y afecto en otros ojos. Oír más con el corazón que con los oídos un “qué feliz me hace verte”. Me gustaría tener eso. Vivir ese delirio que tal vez una vez se tuvo. Me gustaría esa magia en mi vida, acostarme y suspirar soñando despierto con el encuentro y la dicha que llegará cuando la tenga frente a mí.
Hay un dicho que dice algo como: y vuelve la burra al trigo. O la mula. Aunque me los sepa cuando tengo que citarlos me enredo. En fin, el caso es que se habla de viejos errores que se repiten una y otra vez, como mal empatarse varias veces con una novia con la que te fue mal. Tengo un hermano así. El caso es que no pegamos una, y eso es tan deprimente…
A veces, en mi trabajo, mientras tomo un café recostado del mesón de cerámica, a solas, salgo de allí. No me doy cuenta de cuándo, sólo sé que ya no estoy cuando alguien me pregunta en qué pienso. A veces me cuesta regresar a tiempo. No pasa tan seguido como antes, pero la piel continúa erizándose. Siempre sonrió y digo que no es nada, pero es cuando me recuerdo que debo intentar ser menos mala gente. Un secreto idiota, pero es mío. Eso me gusta.
Mujer, ¿quién te llamó sexo débil? Bello lo entiendo, ¿pero débil? Imagino que alguien que jamás había conocido a una embarazada, o a una mujer raptada que se escurre por una jungla, como la señora Ingrid, casi arrastrando a otro preso. O a esa mujer impresionante, aunque de mala manera, la Karina colombiana. O a las venezolanas que un día fueron atacadas por la espalda por un pelotón de soldados como única manera de vencerlas, en Valencia. Y sin embargo las heroínas son miles de millones, cada una en su lugar. Un saludo…
¡Cuántas veces no caemos en esa vieja y estúpida hipocresía! Reunido un grupo mixto en edades y sexo, todos criticamos el uso de tatuajes y ropa exhibicionista por parte de las jóvenes, tratándolo como un problema de mala crianza o decadencia… cuando me fascinan las mujeres con un tatuaje en la pantorrilla o el cuello. Es igual que las mujeres, y uno que otro tipo, que critican a los sujetos que usan diminutas prendas de baño… pero no pueden quitarle los ojos de encima. Supongo que, a final de cuentas, la doble moral puede ser desagradable… si te pillan viviéndola.
Tal vez no me lo crean, olvidé que había comenzado a presentar este trabajo propio. Nancy, una amiga, me preguntó cuándo continuaba con la novela y me costó trabajo entender de qué carrizo hablaba. Ah, Señor, los años… Creo que van a golpearme más pronto de lo esperado. Pero veamos un poco más de la vida de esta gente extraña…