Hace tiempo vi una película de las que me gustan, sobre zombies, en donde dos hermanos, hermana y hermano, van por una larga carretera a visitar el lugar donde reposa la madre muerta. El hombre se quejaba y dijo algo que me hace reír todavía cuando lo recuerdo: “Muere y hay que sepultarla, ¿lo hacemos en el camposanto cercano a casa? Ah, no, eso sería muy fácil, hay que hacerlo en un cementerio que queda a quince kilómetros”. Y no es por irreverencia, pero fuera de lo terrible que es emocionalmente, la muerte es una lata.
Hace tiempo le pregunté a una amiga, entre cerveza y cerveza, viendo cierta película: “Alicia, ¿hay algo de lo que te arrepientas de verdad alguna vez?”. “¿Fuera de salir contigo?”, soltó, cómo no, pero sonrió y dijo que sí, de algunas cosillas. Y las enumeró. Y eran bastante. Pobre Alicia, ¡tiene tantos problemas! No me gusta la idea de lamentar algo, me asusta que llegue el momento cuando deba arrepentirme, con dolor y amargura, de algo en verdad. No recuerdo de quién era una autobiografía a la que tituló “No me arrepiento de nada”; eso me agrada más.
No había nadie cuando pasaba por ahí entre diligencia y diligencia, al ir para cumplir, eso estaba lleno hasta el techo. Todas las filas avanzaban con rapidez… excepto esa donde estaba yo. Y creo que me equivoqué cuando utilicé la computadora. No estoy seguro, pero si así fue, me tengo que mochar la mano. ¿Qué sí estoy contento con el resultado? ¡De ninguna manera!
A veces, en verdad, me gustaría manejar de forma adecuada las palabras y hacerme entender. No es fácil muchas veces, Marga, Alejandra, amigos; por suerte se puede recurrir a las de otros. Definitivamente la palabra escrita fue el gran logro de la humanidad. Imagínense todo lo que se perdería de no existir. El mundo siempre estaría comenzando de cero, sin aprender jamás de sus errores… si es que algo aprendemos.