Ya lo anunciamos. Llega la historia más espeluznante que vivimos en el Wad Ras. Va de ouija, de espíritus juguetones, de miedo atenazando los pasos temblorosos, de mirar hacia atrás sin saber quién te sigue…
Abandona tus prejuicios y entra en los territorios inexplorados… Quién sabe si todavía hoy, aquel ente de quien todavía no desvelaremos el nombre, ¿junto al Soldado Martín? pasean por la desolación wadrrera a la búsqueda de alguna expiación, de un soplo de juventud que ya jamás encontraran…
Pedro A.
No consigo fijar en la memoria el germen iniciático, el punto de no retorno en el que decidimos lanzarnos a la boca negra del precicipio.
Mi primera imagen, nebulosa en una atmósfera rojiza fruto del titilar de la llama de una vela asustada, está anclada en un atardecer, ya cerca de la medianoche. La oficina de la Tercera de Carros es el escenario.
Una mesa de formica reluciente y suave, deslizante casi como la ansiedad con que allí nos íbamos a enfrentar a algo que cambiaría nuestro concepto del aquí y del allá. El reflejo de la vela se multiplicada en la cristalera central que separaba en dos aquel pequeño espacio y en los cristales de la ventana.
Una camaradería intensa nos unía. Alfredo, Fermín, Isaac, Pedro… ¿Alguien más estaba sentado alrededor de la mesa?
Conversaciones previas, lecturas, programas de radio… en alguno de esos peldaños construimos la escala hacia un estadio difuso del que todos habíamos oído hablar pero hacia el que manteníamos posturas diversas cuando no enfrentadas. ¡Tonterias!, ¡engañabobos!, manipulaciones solo creídas por mentes sencillas…
Con semejante bagaje, iba a ser extraño que una puerta- aun minúscula- se abriera tras, o bajo, nosotros hacia dimensiones etéreas distantes.
Alguien recortó cuadrados de papel, quizá en la parte de atrás de los vales de rancho. Otra mano escribió pacientemente las letras del alfabeto en cada uno de ellos.
Cada uno de aquellos papeles pequeños tomó posesión, lentamente, con reverencial respeto, de la parte central de la mesa.
Un círculo imperfecto de tono pálido conjuntó su existencia sobre el marrón veteado de la superficie que tantas mañanas sufría el empuje del teclado espartano de la máquina de escribir.
El horizonte azul marinado a negro se apagaba tras el cristal. Nuestras caras, iluminadas por la vela, se miraban alternativamente encendiendo gestos nerviosos.
Alguien sacó el vaso y lo colocó en el centro del círculo. ¡Esto no va a funcionar! –pensó mas de uno de aquellos soldados.
Entre alguna sonrisa disimulada, llegó el momento de la concentración, de la invocación. No recuerdo tampoco aquellas palabras, pronunciadas por Fermín Esteban, nuestro Ranchero. Hoy, ahora mismo, casi treinta años después, suena en mi oído su tono de voz. Podría reconocer su acento aragonés envuelto en esa mirada penetrante y a la vez tierna…
Acercamos todos nuestro dedo índice a la parte superior del vaso que yacía boca abajo, inerme, inerte, frío, en el centro de un universo a punto de partirse por la mitad.
A cada respiración, a cada palabra pronunciada, la vela hacia extraños y juguetones dibujos con nuestra sombra en la pared. La pizarra con los movimientos de los carros, el cartel turístico de Tenerife escrito en alemán, los cristales… todo parecía cobrar vida en aquel aquelarre improvisado en el que nadie parecía creer.
La invocación terminó. Nuestros dedos, ligeramente temblorosos, notaban un tibio sudor. Podíamos oír casi los latidos de nuestro corazón, el soplo entrecortado de cada pulmón, el lento caminar de la sangre por las venas y arterias del camarada que teníamos al lado con solo el roce de su brazo en el nuestro…
¿Estás aquí? –Dijo Fermín Esteban.
Entonces, lentamente, como estudiando el paisaje, como viéndonos desde su alma de vidrio templado, el vaso comenzó a moverse…
Pedro A.
Continuará.