EL MINUTO PERDIDO A LA PUERTA DE UNA ESTACION PERDIDA.
Septiembre/08. He tenido que llevar unas cosillas al Arrabal, mi familia política vive cerca de la estación que antaño amparaba los ajados y larguiruchos trenes militares para las maniobras del ejército de tierra. Aparqué el coche además cerca del edificio color vainilla, ahora tan bonito y bien rehabilitado, como nuestro amigo Jesús (Acebrón) sabe de sobra; por allí casi siempre hay sitio disponible para el vehículo.
Estación del Norte. Arrabal maño.
Tengo algo de tiempo, así que visito una cafetería situada justo donde antaño estaba la puerta de hierro (gigantesca, por cierto) desde donde salían los carros de combate, recién bajados de su transporte, camino a los campos desertizados de San Gregorio.
-Un cortado con sacarina, por favor.- Pido con verdadero "mono" de cafetín.
Me vuelvo apoyado en la barra, en espera del café y miro por los cristales de los muchos ventanales del bar, la figura de la estación del Norte. Me quedo absorto mirándola.
E imagino.
Si, imagino vías que, de nuevo, visten el suelo arrabalero, distingo algún tren cargado de carros AMX30, Tanquetas…. Aquellos vehículos vuelven a cruzar el paisaje grisáceo y sepia del recuerdo. Veo a ese sargento gritón, de bigote fino y figura escuálida que manda a docenas de soldados hacer lo que sea que tengan que realizar. Viene ahora un muchacho vestido de militar, con su uniforme azul de faena y la característica gorra negra. ¡No es posible! Es un wadrrero!!! En el observo hay un aire poderoso, un físico imponente. Noto como si quisiera escapar de allí ó sencillamente le puede más la curiosidad, algo que le invita a llegar hasta esa puerta de negruzcos, altos y delgados hierros. Lleva las manos en los bolsillos, bien calada la boina negra. Cruza el portón y nota algo casi olvidado, respira profundo y tranquilo además, se siente libre al llegar con sus pasos a una calle con tránsito normalizado, con gente que anda a esas horas del mediodía dispuesta a realizar sus tareas y compras ó sencillamente por pasear. Alguna mozuela que va de compras al mercadillo, se lo queda mirando. En general los habitantes del barrio están ya acostumbrados a éstas visitas militares, a ver como su calle es destrozada por las cadenas de los carros, viviendo ensordecidos por el ruido de los mismos. Es la calle de Sobrarbe. Se para en seco al finalizar la acera de baldosas viejas. Sus manos siguen recogidas en los bolsillos. No lejos ve una tabacalera, seguramente piensa comprar alguna postal de la ciudad ó un sello para enviar alguna carta a casa, no para comprar tabaco, él no fuma. Mira a los lados; a su izquierda una parroquia (la de Altabás) sin especial fisonomía ni relieve artístico. Parece que, mas arriba, se ve la entrada (ó salida, según se mire) al puente que dicen, llega hasta la Lonja y el "Pilar", el punte romano, llamado el "de piedra". Algún bar que podría catalogarse de "tasca", le invita a tomar un refresco, pero no se decide.
C/Sobrarbe.
A la derecha, la calle que es casi avenida, especialmente larga, la que sabe ha de cruzar embutido en algún carro de combate camino a las áridas tierras monegrinas. Pisa él sin saberlo, un barrio zaragozano que antaño soportó luchas intensas de la guerra napoleónica, esa parroquia que curiosa "le mira" desde sus dos torres, precisamente fue arrasada sita un poco mas arriba de su actual lugar.
El wadrrero piensa:
“Me duelen los huesos, quizá el alma, tras el traqueteo del viaje. El tren está varado, como un enorme cetáceo durmiente, en las vías oxidadas del lateral derecho de la estación. El cartel ZARAGOZA en letras azules y blancas aparece colgado de un férrico mecano ensamblado sobre los vagones.
Doy unos pasos para desentumecer mi apagado entendimiento y estirar articulaciones, extremidades y mandíbula. Un aire ligeramente viciado golpea mi pituitaria como continuación de ese aroma indeterminado que desprende el convoy, grasa rancia, combustible derramado, óxido corroído o las resecas excrecencias que brotan del fin de cada vagón, justo debajo de los cascados inodoros abiertos a los guijarros de la vía por los que los cansados soldados evacuan sólidos y líquidos hacia un paisaje que corre desvaído bajo sus pies.
Me parece que nadie más ha descendido del tren. No es cierto, pero quiero creerlo. Camino entre una soledad elegida hacia la desvencijada puerta que tiene un cristal astillado.
La vida queda detenida tras de mi. Ya no soy un soldado en medio de una estación detenida en mitad de la nada. Ahora soy de nuevo alguien. Un joven que atisba la realidad ocultada por un uniforme azul lleno de escudos con carros de combate dibujados en blanco sobre rojo.
Hay vida tras aquella puerta. Unas torres de pétrea presencia me saludan con la misma alegría que unos niños me lanzan una pelota de colores.
Todo circula a distinta velocidad. Pero yo camino por las baldosas grises de la acera.
Puedo respirar. Quizá soy libre...”
Lo veo claramente y lo distingo. Si, es el. Un chaval, otro soldado le llama:
-¡Pedro, ¿dónde vas?... ¡que nos toca bajar la mercancía del camión!.
Ni se vuelve, es como si quisiera desobedecer y de paso retener el momento, como si viera en ello, una opción a escapar de… ¿de donde? ¿a donde?...
Alguien me indica que ya tengo el cortado en la barra, es decir, me despierto de esa visión, que en realidad es la representación de un recuerdo no vivido por mi pero si relatado por el amigo Pedro. Hoy todo ha cambiado, aquel paisaje es ahora lugar de nuevas y altas viviendas, de locales modernos, de comercios notables. Sigue la parroquia (que yo conozco bien), ahora hay un par de grandes leones en la entrada al puente de Piedra camino a la plaza de la Pilarica. El bar-tasca lo lleva ahora una familia de chinos y el estanco cerró, ni tabaco, ni postales, ni sellos. Las aceras son nuevas y amplias. Toda la calle ésta mejor conservada, seguramente, entre otras cosas, por que ya no circulan los "tanques", que diría la gente mayor del barrio.
También ha cambiado él y yo mismo, todo. Pero…lo intemporal del recuerdo sigue ahí, impasible, en contra de los cambios que llegan inexorables.
Tomo el café y me sirve de "brindis". Va por ti Pedro y por todos los chavales que en un momento dado, se llegaron hasta el portón de hierros grises, como queriendo escapar, como huyendo de…bueno…al final solo para sentir un poco de libertad.
O, como el mismo pensó, solo para respirar.
Fer. A. (El pensamiento está escrito por Pedro A.)