“Aquí en Huelva -decía Buendía-, donde la prosa cotidiana la descargan por toneladas las grúas eléctricas del puerto, la aparición de un poeta es una gran fiesta que celebramos los que, en nuestra soledad de ruiseñores sin árboles, cantamos al aire sordo, sin oídos ni corazón”.
En Sevilla, y desde la revista Grecia se enarboló la bandera del ultraísmo. La necesidad de una ruptura estética y política está en la base de la renovación ultra-novecentista. Rogelio Buendía, “el sutil y señorial poeta de graciosos vuelos, rebelde a todo canon de la lógica y del sentido común”, se sintió muy pronto atraído por este movimiento. El ultraísmo- como nos dijo el poeta malagueño Pedro Luis Gálvez-, “nació aquí en Sevilla sin adjetivos; porque no hay adjetivo castellano que retrate la hermosura de la ciudad, ni la generosidad de sus hijos, ni la gracia de sus mujeres. Del Ultra se podría decir con verdad lo que las madres mienten a los pequeños curiosos de su origen: Nació en una canastilla de flores”.
El ultraísmo fue una realidad positiva y eficaz en una época de anquilosamiento en las letras españolas. Abrió horizontes y creó rutas. Creó la revista total y puramente literaria. Puso a España al día de las corrientes literarias de Europa. Produjo pocas obras, pocos libros, porque las editoriales de entonces desdeñaban cuanto significase poesía; pero desbrozó el camino y dejó las puertas de la curiosidad para la posterior floración lírica.
Respecto a la nómina de autores incluidos en la nueva tendencia podemos citar a Rafael Cansinos-Assens, Isaac del Vando Villar, Adriano del Valle, Rogelio Buendía, Gálvez, Larrea, Gerardo Diego, Rivas Pinedas, Guillermo de Torre, Espina, Bacarisse, Jorge Luis Borges, Pedro Raida y Lasso de la Vega.
En su famosa conferencia en el Ateneo de Sevilla, Rogelio Buendía estudió las nuevas escuelas poéticas: el creacionismo y el ultraísmo de las que en síntesis dijo: “¿Quiere decir que hemos llegado a la perfección del Arte? No. Las escuelas de Vanguardia son atisbos, ensayos, albos del día que han de llegar a su dorada consecución. Ni el expresionismo ni el creacionismo de Huidobro, ni el ultraísmo han dado en la clave de la plenitud. No obstante, estas tendencias son las que inician el porvenir poético. En esta brillante juventud tenemos que confiar”.
Rogelio Buendía nace en Huelva el 14 de febrero de 1891 y muere en Madrid el 27 de mayo de 1969. Su obra figura en casi todas las antologías de poesía española. Doctor en medicina, pronto se interesó por la Literatura, siendo director de varias revistas, Renacimiento y Centauro de Huelva, y colaborador asiduo en muchas de ellas, Los Quijotes, Tableros, Grecia, Cervantes, Ultra, Horizonte, Alfar... También es fundador con Fernando Villalón y Adriano del Valle de la revista Papel de Aleluyas. Finalizada la guerra incivil fue desposeído de sus cargos profesionales. Publica textos de manera esporádica, en Garcilaso, Fantasía y Poesía Española, de Madrid; Espadaña de León; el suplemento literario de La Verdad, de Murcia; Cuadernos literarios, de Alicantey en Estilo, de Elche; localidad en la que ocupó plaza de médico titular desde 1946 hasta su jubilación.
La obra de Buendía sufre una evolución típica de escritor de vanguardia, desde los primeros radicalismos hasta el neopopularismo y surrealismo. Aunque nunca renegó de su pasado modernista, al que corresponden El poema de mis sueños (1912), Del bien y del mal (1913); Nácares (1916) y Lusitania (1917) -en la revista Grecia apareció el 15 de febrero de 1919 un texto suyo dedicado “A la mano creadora de Rubén Darío”-, con su libro La rueda de color (1923), donde recogió poemas ya publicados, se situó entre los más destacados ultraístas. En Guías de jardines (1928) y Naufragio en tres cuerdas de guitarra (1928), con dibujos de Salvador Dalí, se acercó a la poesía popular y al surrealismo.. También escribió novelas cortas como La casa en ruinas (1913) y La dorada mediocridad (1923).
En el libro de poemas La rueda de colores, recoge la influencia dadaísta y el mundo romántico y sensorial. Eugenio d’Ors en carta al autor, de fecha 10 de octubre de 1923, da algunas claves: “De corazón le felicito por la invención de ese festival de imágenes ardientes gloria del recuerdo a la vez que de la vista”. Igualmente Antonio Espina en otracon fecha 21 de octubre de ese año: “Advierto en usted, principalmente, esa cualidad entre lo nuevo “nuestro” y lo que de ayer es digno de conservarse”.
Algunos pretenden que el ultraísmo sea un episodio sin continuidad en nuestra literatura. Y eso es falso e injusto. Nombres como los de Rogelio Buendía no desaparecerán tan pronto como se pretende. Su esfuerzo, su tesón, su rebeldía y su lucha contra la incomprensión, obtendrá algún día de los auténticos amantes de la poesía, el debido reconocimiento. Y como dijo nuestro poeta: “Soy un violín desconcertado y mudo / y quiero arrinconarme, / y yo mismo me eludo / porque tengo pavor a emocionarme”.
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La progresiva contaminación del medio ambiente, causada por la actividad humana es un fenómeno cuyo manifiesto incremento ha motivado una preocupación generalizada.
Es raro el día que no se difunden noticias sobre las múltiples aberraciones que siguen cometiendo los hombres en orden a destruir su medio natural: la desforestación, la desertización, el efecto invernadero, los agujeros de ozono, la acumulación de basuras en este gran vertedero incontrolado en el que habitamos, la lluvia ácida, etc., etc.
Sin embargo, se habla menos de los problemas de contaminación en los puestos de trabajo, a pesar de ser la más antigua agresión ambiental a la salud humana y de estar propagándose a un ritmo sin precedente a capas cada vez más amplias de trabajadores, de forma que cada vez son más los trabajadores de “cuello blanco” que se ven afectados.
Si bien es verdad que los niveles de contaminación en muchos puestos de trabajo han descendido cuantitativamente, no es menos cierto, que ello ha ido acompañado de un empeoramiento cualitativo. La enorme capacidad de la industria para poner en el mercado nuevas sustancias sin que se haya llevado a cabo, con carácter previo, estudios sobre su toxicidad, ha conducido a la situación actual, en la que nos vemos rodeado por miles de sustancias de las que no sabemos nada o casi nada acerca de los efectos que pueden producir su contacto dérmico, inhalación o ingestión en aquellas personas supervivientes de este acelerado proceso de degradación ambiental. Y no cabe duda que quienes tienen un contacto más intenso y prolongado con esas sustancias de “efectos desconocidos” son los trabajadores que las fabrican, envasan o aplican y, por tanto, los que están expuestos a mayores riesgos. Lo mismo ocurre, con las manifestaciones energéticas potencialmente dañinas, tanto como el ruido, las vibraciones y los numerosos tipos de radiaciones, los rayos X, las microondas, los rayos infrarrojos y ultravioletas, etc.
Hay que destacar igualmente, la rápida extensión de la contaminación del medio ambiente de trabajo desde las ocupaciones de tipo industrial a las de sector terciario. En la era del ordenador, todas las oficinas han sido invadidas por la contaminación. Hasta los hospitales, lugares que supuestamente fueron construidos para curar, han sido saturados de riesgos profesionales: los equipos de radiodiagnóstico con peligrosas radiaciones, especialmente, los rayos X, los radioisótopos empleados en el tratamiento de cáncer, la manipulación de ciertos medicamentos extremadamente tóxicos y de uso exclusivamente hospitalario, los gases anestésicos relacionados con el aborto blanco, el óxido de etileno, etc.
Un reciente ejemplo de la extensión de los riesgos ambientales a sectores profesionales supuestamente exentos de aquellos, lo constituye el llamado síndrome del edificio enfermo que fue descrito por primera vez a finales de la década de los 80 y que se presenta en edificios cuya ventilación se realiza únicamente a través de un sistema centralizado de acondicionamiento de aire, con escasa renovación del aire con el fin de minimizar el consumo energético.
En la actualidad se pude afirmar que la patología profesional se ha universalizado si bien sus manifestaciones son más sutiles, dificultándose así la identificación del origen laboral de sus causas.
El progresivo deterioro del medio ambiente en el que se hayan implicadas las tecnologías supuestamente avanzadas nos llevará, de no tomarse las medidas correctoras pertinentes, a una situación de riesgo en la que el único superviviente será un medio ambiente totalmente degradado en el que sea imposible la vida. Y como dijo el poeta: “Está el hombre ante sí, trágicamente solo, / mientras las aguas crecen sin espera / ahogando justamente, santamente / lo que debe morir. / Por eso está mi canto repicando / sobre el fuego, la muerte, y os convoca, / hombres, para que proclamemos la esperanza”.
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El próximo lunes, día 1, a las 20.30 horas, en la cafetería-restaurante El Cantábrico (Avda. Cayetano del Toro, 21), la Asociación Cultural, Artística y Literaria FORO LIBRE celebrará un encuentro literario sobre la vida y la obra del poeta sevillano Adriano del Valle (1895-1957),con motivo del 50º aniversario de su muerte.
Su primer libro, Primavera portátil, le consagró como uno de nuestros más primorosos y modernos poetas. Su estilo, mezcla de místicos castellanos y de líricos americanos, con Rubén Darío a la cabeza, es sugestivo y fragante. Sobre todo, muy personal.
Fundador con Isaac del Vando Villar de la revista Grecia, el órgano más autorizado del movimiento ultraísta en España. También es fundador con Fernando Villalón y Rogelio Buendía de la revista Papel de Aleluyas, y dirigió enMadrid la revista literaria Santo y Seña y la revista cinematográfica Primer Plano.
Adriano del Valle es, esencialmente, un lírico. Su obra, bien extensa, es obra poética. No obstante, en ocasiones, escribe artículos para los periódicos que, en el fondo y en la forma, descubren al poeta. Son en realidad, poemas en prosa. En 1933 obtiene el Premio Nacional de Literatura por su obra Mundo sin tranvías. Diez años más tarde, recibe el Premio Mariano de Cavia por su artículo “Stella Matutina”. Adriano del Valle muere en Madrid el día 1 de octubre de 1957.
Entre los títulos más relevantes de su obra poética se cuentan Lyra sacra, Los gozos del río, Arpa fiel y la obra póstuma Oda náutica a Cádiz.
No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.
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LAS COMPESACIONES GRATUITAS DE LA PEQUEÑA PANTALLA
A la mayoría de los ciudadanos la pequeña pantalla del televisor nos ofrece diferentes tipos de “ilusiones necesarias” con las que distraernos de las difíciles condiciones de vida por las que podamos pasar. Las televisiones son las claves hoy de los sistemas de poderes establecidos, tanto económicos como políticos o sociales. Este control comunicativo no sólo es necesario para los negocios o para mantener la gobernabilidad, sino también para desviar y aplacar las energías explosivas que se puedan contener en las frustraciones cotidianas.
Uno puede sentirse indignado por el autoritarismo del jefe o del padre, por las condiciones de trabajo, por la calidad de los alimentos, etc., pero no se ven, no vemos mecanismos fáciles para superar tales situaciones. En cambio nos facilitan gratuitamente en la televisión otras compensaciones. Le podemos ganar en fútbol al equipo rival, podemos comprobar que los ricos en las telenovelas también tienen problemas sentimentales, y en los informativos comprobamos que hay otros que viven mucho peor o incluso se matan en guerras que nadie se explica.
A pesar de tales tendencias, que hacen necesario el control global de la televisión, también lo hacen imposible al mismo tiempo. Por el camino de la uniformidad de la información se van dejando muchos elementos diferenciales tanto de cada persona como de culturas enteras.
Para llegar a más amplias audiencias las televisiones hacen sus contenidos más generales y estereotipados, dejándose por el camino las múltiples diferencias de cada caso particular. En cada grupo local como en cada persona hay unas relaciones en redes que nos conectan cotidianamente hacia realidades muy complejas. Algunos de estos aspectos son los que reflejan las “uni-formaciones” globales y qué duda cabe que se apoyan en ese tipo de realidades, y provocan nuestros comentarios y estimulan algunas de nuestras necesidades, pero hay otros muchos aspectos que quedan olvidados o inclusos reprimidos. Así hay una serie de potencialidades escondidas que habitualmente no son recogidas por los sistemas comunicativos dominantes, y que sin embargo se hacen notar en determinadas ocasiones: cuando se produce alguna “explosión social”, o surgen nuevas conductas, etc.
Es precisamente en lo local, en las diversidades y diferencias peculiares de cada caso concreto, donde están esas potencialidades sociales. Que no necesariamente tienen que ser explosivas o conflictivas, sino que -también- pueden ser muy creativas y estimulantes para la sociedad. Lo que hace que no sean tenidas en cuenta es precisamente el proceso de globalización y uniformidad que actualmente predomina. No se quiere sugerir con esto que todo lo local o reprimido socialmente es necesariamente positivo, pues sin duda muchas costumbres bárbaras se han ido superando en la humanidad y tenían raíces locales. Lo que sí hay que resaltar es que a lo global le resulta imposible controlar lo local plenamente.
Más aún: para renovarse y adaptarse a las nuevas tendencias que puedan surgir en un futuro, lo global tiene que estar muy atento a los nuevos fenómenos que surgen en tales o cuales localidades. Podrá tomar los aspectos más negativos o reaccionarios, o los más avanzados y creativos, pero la dialéctica entre lo global y lo local no podrá abandonarse.
En la historia podemos ver muchos ejemplos sobre experiencias locales que innovan, dentro de determinados imperios, nuevas formas de administración y de producción, y que finalmente contribuyen a sustituir el orden precedente por nuevas realidades económicas y políticas. El auge y la caída de los grandes imperios suele responder a este tipo de dialécticas entre lo global y lo local. Y como dijo el poeta: “A veces una verdad / no llega a serlo del todo / y se queda en la mitad”.
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Cánovas del Castillo, en su biografía de “El Solitario”, rectificó en buena medida los duros juicios que su tío, Serafín Estébanez Calderón, había emitido contra el bibliógrafo extremeño, que tanto han contribuido a forjar la leyenda negra de Gallardo.
La obra erudita de Gallardo es realmente un símbolo de lo que fue la más positiva tarea de nuestro romanticismo y que podría resumirse con esta frase a modo de emblema: a la busca de la España perdida. Gallardo fue el más profundo conocedor de libros antiguos españoles, desenterró obras totalmente ignoradas hasta entonces y preparó los materiales con los que todavía hoy se hace la historia de nuestra literatura.
Bartolomé José Gallardo nace en la villa de Campanario, provincia de Badajoz, el 13 de agosto de 1776. Sus padres, labradores bastante pobres, lo destinaron a la carrera eclesiástica y le enviaron a Salamanca, pero Gallardo prefirió los estudios de medicina, que siguió hasta 1796. Un mordaz folleto, El soplón del diarista de Salamanca que publicó en ese año, burlándose del Diario de la ciudad, le ganó la atención del obispo Tavira, que le protegió y obtuvo para él un puesto de oficial en la Contaduría de Propios, cargo que desempeñó hasta 1805, en que se trasladó a Madrid.
Ya en Madrid ganó la cátedra de francés de la Real Casa de Paje, y en 1806 dio la primera muestra de su afición a los viejos y raros libros españoles reimprimiendo la traducción del Rapto Proserpina de Claudiano, hecha en 1608, por Francisco de Faria. En 1807 publica un pequeño tratado, Consejos de un orador evangélico a un joven deseoso de seguir la carrera de la predicación, en el que propone atinados modelos de oratoria sagrada. Escribe numerosos artículos con el seudónimo de “El Bachiller de Fórnoles”. Al estallar la Guerra de la Independencia, Gallardo marcha a Badajoz, donde trabaja para fomentar la insurrección de los pueblos de la provincia. Se ve obligado a refugiarse en Cádiz. “La época de la estancia en Cádiz -decía Sainz de Robles- fue decisiva en la época de Gallardo, y durante ella, principalmente, se labró su fama de liberal exaltado”. Las Cortes le encargaron la formación de una biblioteca y en pocos meses logró reunir más de diez mil volúmenes, lo que le valió la admiración de los diputados, que le nombraron algún tiempo después bibliotecario de las Cortes.
La aparición de su Diccionario crítico-burlesco de que se titula razonado manual, el 15 de abril de 1812, uno de los libros más malditos de la historia de la literatura española, provocó la violenta reacción de los tradicionalistas, y algunos diputados propusieron que se restableciera la Inquisición. El folleto de Gallardo fue recogido por orden del ministro de Gracia y Justicia y se ordenó el arresto del autor, mientras ocho obispos publicaban una pastoral colectiva para condenarlo. En la cárcel escribió Gallardo una defensa, Contestación del autor del Diccionario crítico-burlesco a la primera calificación de esta obra. La Junta puso al escritor en libertad, sin embargo, la obra fue colocada en el índice de libros prohibidos. La persecución contra Gallardo y el Diccionario crítico-burlesco no ha cejado desde entonces. Menéndez Pelayo lo descalificó como “impío y atrocísimo libelo”, escrito para “el vulgacho liberal”.
Publicó Gallardo por la época de las Cortes de Cádiz diversos artículos en el periódico radical La Abeja Española, y, al parecer corría también a su cargo una sección titulada “Calle Ancha”, donde se recogían todos los chismes políticos que circulaban por Cádiz. Concluida la guerra, se traslada a Madrid, pero intuyendo agudamente la reacción absolutista, se refugió en su villa natal y pasó después a Portugal, de donde emigró a Inglaterra. Gallardo se entregó entonces a su pasión favorita de leer y extractar libros antiguos españoles. Trabajó en la admirable colección española del Museo Británico. Al producirse en 1820 el triunfo de los liberales, Gallardo regresó a Madrid y fue repuesto en su antiguo empleo de bibliotecario de las Cortes. En 1823 Gallardo regresó a Cádiz al producirse la reacción absolutista. Al año siguiente marchó a Sevilla, donde fue detenido y encarcelado. Posteriormente fue desterrado a Chiclana y luego a Castro del Río. Durante su destierro escribió la mayor parte de su poesía y publicó artículos en el Diario Mercantil de Cádiz y en la revista Cartas Españolas. Su publicación más importante en estos años fue el folleto Cuatro palmetazos bien plantados a los gaceteros de Bayona, los gaceteros eran Reinoso, Lista y Miñano, a los que Gallardo acusa de afrancesados y galicistas.
En 1834 recobró por segunda vez su empleo y publicó uno de sus más famosos folletos satíricos; Las letras, letras de cambio a losmercachifles literarios: Estrenas y aguinaldos. Del Bachiller Tomé Lobar, dirigido contra el ministro Burgos, jefe supremo de la policía. En 1837 fue elegido diputado. Al cesar de este cargo y en el de bibliotecario, que había sido suprimido, se retiró a su finca “La Alberquilla”, en la provincia de Toledo. Allí reunió todos los libros que tenía dispersos. La muerte sorprendió a Gallardo en una de sus excursiones bibliográficas. Sabedor de la existencia de algunos libros raros en Alcoy, se dirigió a dicha ciudad, donde falleció el 14 de septiembre de 1852.
Mencionar a Gallardo es dar el nombre del príncipe de los bibliógrafos españoles, pero Gallardo cultivó también la poesía, aunque sin pretensiones de poeta, y sólo comopasatiempo y diversión. Su obra maestra es el poema, compuesto en 1828, titulado Blanca-Flor (Canción romántica). La composición es un acierto y una de sus estrofas, dice así: “Otro día, a la alborada, / me cantara esta canción: / “¿Dónde estás, la blanca niña, / blanco de mi corazón?”.
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“En 1898, España había fracasado como Estado guerrero,
y yo le echaba doble llave al sepulcro del Cid
para que no volviese a cabalgar.”
Joaquín Costa.
LA VOZ DESCONOCIDA DEL 98
El estado moral del país en 1898 impulsa toda una literatura denominada “regeneracionista”, que crítica el conformismo, la retórica hueca, la ignorancia, la corrupción de los partidos. Propone, en cambio que España, se sacuda de la abulia y la pasividad, y ponga su fe en la educación, en el espiritualismo laico, en el progreso y en el futuro, es decir se acerque a los ideales de una Europa abierta y libre. Entre todos estos hombres se distingue Joaquín Costa, que buscó la renovación por vías de una política avanzada, incluso revolucionaria. Atacó el caciquismo, replanteó la reforma agraria y acometió a cuantos hablaban y escribían con retórica fácil sobre la libertad “porque no vieron que la libertad sin garbanzos no es libertad... y por tanto que el que tiene el estómago dependiente de ajenas despensas, no puede hacer lo que quiere, no puede pensar lo que quiere, no puede el día de las elecciones votar a quien quiere”.
“Escuela y despensa”, pide Joaquín Costa, la personalidad más robusta de la generación del 98. Cronológicamente pertenece a la anterior; su primer trabajo jurídico data de 1876; pero políticamente hay que incluirle en la del 98; es el dolor de la guerra con los Estados Unidos el que le arranca de sus admirables estudios sobre el derecho, la poesía, la mitología y la organización política y social de la España ibérica primitiva, y le lanza a un apostolado de regeneración. Costa fue maestro de toda la generación del 98.
Joaquín Costa nació en Monzón, pueblo de la provincia de Huesca, el 14 de septiembre de 1846. Hijo de una familia de humildes labradores, su infancia y juventud transcurrieron agobiadas por la más extrema pobreza, teniendo que pagarse sus estudios con su corto salario de albañil. Dos acontecimientos juveniles dejaron en él profunda huella. Su visita a la Exposición Universal de París en 1867, a la que asistió como trabajador de España, y su paso por la Universidad de Madrid. Allí se vinculó al grupo krausista, mientras preparaba los doctorados en Filosofía y Letras y en Derecho. Fue letrado del Ministerio de Hacienda, bibliotecario, profesor de la Institución Libre de Enseñanza, miembro del cuerpo de notarios, fundador de la Sociedad de Geografía Comercial, profesor de la Academia de Legislación y Jurisprudencia y miembro de la de Ciencias Morales y Políticas. Costa es eminente jurista e historiador del Derecho, experto en agricultura, investigador de la Sociología de la política, reformador social y severo crítico de la política de su tiempo. Joaquín Costa murió en Graus (Huesca), el 8 de febrero de 1911.
La crisis económica de 1890 le llevó a organizar a los labradores de su tierra natural en la Cámara Agrícola del Alto Aragón. En el año 1899 se formó la Liga Nacional de Productores que se unió, un año más tarde, con la Asamblea de las Cámaras de Comercio, creándose la Unión Nacional. Los grupos reunidos en la Unión Nacional dieron su base al llamado Regeneracionismo. Sin embargo, el hecho de haber evitado convertirse en partido político esterilizó sus esfuerzos renovadores. Desengañado por este fracaso, Costa todavía incorporó a sus seguidores de las Cámaras Agrícolas del Alto Aragón al intento de la Unión Republicana forjada en 1903. Aunque llegó a ser diputado, desalentado y pesimista, no llegó a pisar las Cortes, retirándose solo y amargado al Alto Aragón, de donde únicamente salió para atacar la ley contra el terrorismo que pretendía proclamar el gobierno Maura.
La palabra de Costa, oral o escrita, cuando flagela tiene acentos de profeta bíblico. Su prosa política es de antología. Sus fórmulas son sencillas pero clarividentes. En una de ellas, Reconstitución y europeización de España, título de unos de sus libros (1900), resume su más ambicioso programa político. Por europeización entiende predominantemente, transformación del espacio físico económico de España: repoblación forestal, canales y pantanos, regadíos; en suma, revolución de la agricultura y de toda la producción. Quiere que España sea rica para todos antes de pensar en repartir la miseria común.
En otra obra suya, Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España, una Memoria presentada y discutida en el Ateneo de Madrid por los demás notables pensadores y políticos de la época, entre ellos, Unamuno, Cajal, Pardo Bazán, Azcárate, Builla y Pi y Margall, Costa escribía: ”La primera sorpresa que nos aguarda, en este respecto, la historia política de España es la absoluta ineficacia de la revolución de 1868, que hayan resultado defraudadas las esperanzas que hizo concebir; que haya sobrevivido el Estado anterior a ella”. Esta obra contribuyó de manera fundamental a modificar los términos en que se planteaba el llamado problema de España.
El problema de las élites o minorías selectas, que luego encontraremos en Ortega y Gasset, está ya en Costa. España “es el gobierno y dirección de los mejores por los peores; violación torpe de la ley natural”. Es una selección darwiniana al revés y de origen remoto. Refiriéndose a la revolución francesa, dice que en “España esa revolución está todavía por hacer...; mientras quede en pie esa forma de gobierno por los peores... no seremos, ni con monarquía, ni con república, una nación libre, digna de llamarse europea”.
El remedio no está en hacer leyes sobre el papel; hacen falta actos. Costa pide una política quirúrgica “que pueble de levitas, uniformes y togas los presidios de África”. Esa política requiere un “cirujano de hierro”, especie de héroe carlyliano “que ha de sacar a la nación del cautiverio en que gime y desencantar la libertad... Porque eso que toma por libertad es cabalmente el suelo donde se rehace y cobra fuerzas el Anteo de la oligarquía”.
Lo mejor de Costa es el problema vivo de España y lo mejor de España está representado en la obra de Costa. Hay que “fundar improvisadamente en la península una España nueva, es decir, una España rica y que coma, una España culta y que piense, una España fuerte y que venza, una España, en fin, contemporánea de la humanidad, que al trasponer la frontera no se sienta forastera como si hubiera penetrado en otro planeta o en otro siglo”.
No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.
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Las formas de criar a los niños han ido variando con el paso del tiempo pero ha sido en épocas recientes cuando se ha empezado a implantar modas cambiantes (tenerles en brazo o dejarles en la cuna, atenderles pronto o dejarles de llorar, alimentarles con horario rígido o cuando lo piden, etc.) y los problemas se han planteado de una manera explícita. Las formas de crianza están muy estrechamente relacionadas con cómo queremos que sean los niños, como la sociedad espera que se comporten cuando lleguen a adultos. La etapa de crianza y el tiempo de escolaridad constituye un periodo de fabricación de adultos que tienden a reproducir a los que ya existen, a los que los adultos actuales tienen como ideal. Considerar que los niños son malos y perversos tienden a producir individuos sumisos, individuos controlados desde el poder y que exista una sociedad altamente disciplinada.
Los niños necesitan cariño y contacto físico. Respecto a esto se han producido profundos cambios en nuestra sociedad. Los primates no humanos llevan a las crías colgadas, pegadas piel contra piel, durante meses o años. En muchos pueblos primitivos, quizá en la mayoría también existen la costumbre de que la madre transporte a la cría durante el primer período de su vida, que puede prolongarse hasta el segundo año o más. En cambio en nuestra sociedad el niño permanece aislado del contacto con la madre y con otros adultos prácticamente desde el momento del nacimiento y si la lactancia es artificial ese contacto se ve más reducido aún. Este sin duda es un cambio muy importante cuyas consecuencias son difíciles de evaluar.
Hoy, una de las preocupaciones más frecuentes de los padres es saber qué consecuencias tendrán las prácticas que utilizan en el cuidado de su hijo sobre su desarrollo posterior y se ha dedicado mucha investigación a este tema. Las primeras conclusiones son muy tajantes y así se afirmaba que la falta de cuidados maternos producía trastornos posteriores o que no reprimir los primeros impulsos de los niños daría como efecto que posteriormente fueran caprichosos e incluso tiránicos, etc. Posteriormente se ha visto que este tipo de trabajo son muy difíciles de realizar por el gran número de factores que intervienen y que las conclusiones nunca pueden aceptarse de una manera estricta. Las primeras privaciones del bebé pueden compensarse posteriormente y los fenómenos que se producen durante el primer año o durante los dos primeros años no tienen carácter irreversible. Pero, en general, lo que sí parece claro es que las actitudes positivas, la interacción estrecha, las manifestaciones de cariño, tienen más efectos positivos que negativos. Parece bastante claro hoy que atender las demandas y peticiones del niño pronto, por ejemplo, el llanto, conduce a que el niño llore menos cuando es algo mayor y en cierto modo sea más independiente que los niños que no se les atiende. Se ha encontrado que la actitud positiva, la atención y la interacción de la madre con el niño contribuye de forma positiva a su desarrollo intelectual posterior.
Se ha discutido mucho acerca de la bondad o maldad de los centros de educación temprana para el desarrollo intelectual y social del niño ya que éste permanece separado de su madre o de su padre durante muchas horas al día. Algunos han hablado de que la guardería es buena porque estimula el desarrollo del niño poniéndole en contacto con otros niños, otros han dicho lo contrario porque en esa situación el niño no formaría lazos fuertes con su madre, que son muy importantes. Sin embargo, parece que lo más importante es la calidad de la interacción. Vivir con una familia en la que los padres se pelean continuamente puede ser algo muy destructivo para el niño. Así pues lo más importante es la calidad de las relaciones y que el niño se sienta querido, aceptado y estimulado por los adultos que tiene a su alrededor.
Todos debemos contribuir a establecer una sociedad más justa en la que las necesidades de los niños estén bien satisfechas. Pero, no hemos de olvidar que eso depende también de que los padres lleven una vida digna y no se encuentren con enormes dificultades económicas y materiales, cuyos efectos se dejan sentir finalmente en sus hijos. Los derechos del niño se respetarán más fácilmente en una sociedad más justa.
La primera condición para la paz es la voluntad de lograrla.
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El próximo lunes, día 24, a las 20.30 horas, en la cafetería-restaurante El Cantábrico (Avda. Cayetano del Toro, 21), la Asociación Cultural, Artística y Literaria FORO LIBRE celebrará un encuentro literario sobre la vida y la obra de Miguel de Cervantes(1547-1616),con motivo del 460º aniversario de su nacimiento.
Nadie que haya leído a Cervantes duda de que fuera poeta, porque no cabe duda de que lo era, y de lo más alto que hemos tenido. Cervantes era poeta. Un poeta más original y valioso de lo que se cree, tanto como poeta lírico que como poeta dramático. De Cervantes puede afirmarse, que maneja ambas formas de versos, lírico y dramático, con no inferior destreza ni menor saber técnico que aquellos con que los maneja, digamos, un Lope.
Cervantes nos ha dejado varios sonetos excelentes. Nos dijo el orgullo que sentía ser el autor del soneto “Vive Dios que me espanta esta grandeza”. Este soneto del que tan ufano estaba Cervantes nos habla de otra cualidad suya: lo que en él se destaca no es tanto la retórica de la composición, sino su humanidad.
Si es manifiesto que en Don Quijote, las Novelas ejemplares, el Persiles y la Galatea es el mayor poeta de nuestra lengua, supone falta considerable de respeto y de atención a quien es él, no considerar su magnífica poesía en verso.
Como suele ocurrir con todos los genios, a través de Cervantes se expresó un mensaje universal válido para todos los hombres y todos los tiempos. No podemos separar el Quijote-su obra fundamental- de la personalidad humana de quien la escribió. En esta identificación entre el autor y su héroe, encontramos probablemente una de las claves de esta genial producción.
Como don Quijote, su creador creyó en el ideal heroico de una España que entonces dominaba el mundo, y como él -cuando trató de imponer ese ideal y de luchar por él- no encontró más que descalabros, incompresiones y fracasos. Así don Quijote se convirtió en un símbolo al mismo tiempo de la personalidad humana de Cervantes y de la España de su tiempo, por eso el ilustre manco, al proyectar en su obra los sueños y desengaños propios, está, en rigor, proyectando los sueños y desengaños del pueblo español en el momento culminante de su historia.
No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.
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El desierto avanza. La comunidad científica internacional asegura que de seguir el actual ritmo de degradación de los suelos y la consiguiente desaparición de sus cubiertas vegetales, el equilibrio climático del planeta peligra. La progresiva elevación de la temperatura, está haciendo que las tierras secas proliferen, sustituyendo bosques y pastizales.
En el caso concreto de nuestro país, la situación se nos pinta con tintes dramáticos, más de la mitad de los suelos españoles (unos 28 millones de hectáreas) se están deteriorando a causa de la erosión y perdiendo toda capacidad productiva. El proceso más grave se centra en 13 millones de hectáreas, donde se encuentran zonas ya prácticamente desiertas.
El proceso de desertización se concibe como la pérdida del potencial biológico del suelo, es decir, la destrucción de los recursos naturales de la tierra, en unas condiciones de tensión ecológica. Los factores que influyen en favor de la desertización son múltiples. Entre los agentes naturales destacan: el viento y el agua en movimiento (torrentes, ríos y mares), la temperatura, la humedad, etc.
La intensificación de los ecosistemas agrarios ha sido posible mediante la irrigación y drenaje, grandes insumos de energía y productos químicos, que al mismo tiempo los ha hecho más artificiales y propensos a repentinos desastres. No se ha tenido en cuenta a la hora de someter un suelo frágil a la explotación agraria, los desequilibrios que pueden sobrevenir por exceso de sales, degradación química y las erosiones hídricas y eólicas.
Asimismo, la sustitución de sistemas tradicionales de trabajo por regla general mejor adaptados a los tipos de suelo, por otros de tecnología más avanzada pero procedentes de zonas más húmedas, que buscan una mayor productividad a corto plazo, desgastan en exceso los limitados recursos naturales de las zonas en cuestión.
Otras actividades humanas que ponen en peligro grave la desertización de nuestros paisajes son el sobrepastoreo, la tala, los incendios forestales, las vías de comunicación mal diseñadas, la masiva construcción de pantanos y presas, la urbanización del campo y algunos deportes de montaña que aumentan los peligros de incendio y aceleran la erosión, aparte de lo potencialmente contaminantes que son.
España se sitúa a la cabeza en la relación de países que a mayor velocidad se van desertizando, siendo las Comunidades Autónomas de Murcia, Andalucía, Madrid, Castilla-La Mancha, Aragón, Valencia, Extremadura y Canarias las más afectadas.
Según los estudios oficiales, tan sólo el 35,8% de los suelos españoles no sufren una erosión apreciable. El 10,8% presentan síntomas débiles de erosión. El 27,6% presentan una erosión moderada y el 25,8% una erosión grave.
La respuesta del hombre ante este fenómeno ha sido históricamente nula: tan sólo la táctica de la h