Todos los objetivos de la política seguida en España desde la transición política pueden resumirse en una palabra: modernización. Y curiosamente por unanimidad, todos los sucesivos responsables de esa política, han entendido como modernización económica, la profundización y extensión de las relaciones de mercado en la vida económica y social. Modernización y mercado han sido y todavía son, sinónimos en la política económica española.
El resultado final es que tras un largo y, para muchos, costoso periodo de ajuste que no parece tener fin, pues, cuando el anterior no ha concluido, se demanda la colaboración para un nuevo ajuste; la economía española ha conseguido liberar las fuerzas de mercado y éste está cumpliendo eficazmente su labor: promover la producción de bienes y servicios.
Del crecimiento del Producto Interior Bruto, del moderado éxito de la política antiinflacionista y de la tímida recuperación del empleo, se suele decir que si bien, se está lejos del cumplimiento de los objetivos, las tendencias apuntadas son las correctas, señalan el dinamismo, la mayor eficiencia y productividad de la economía española, y, en consecuencia, justifican la continuidad de la política diseñada. Al mismo tiempo se nos bombardea con algunos mensajes interesados y repetidos que probablemente seguiremos escuchando. Los salarios, se dice machaconamente, son los que provocan la inflacción, que nos hace perder competitividad y la mejor manera de ganarla es ofrecer costes salariales cada vez más bajos. La protección social genera marginación en lugar de solucionarla. El sector privado es quién produce eficientemente porque el público es un desastre. El empleo precario, hoy por hoy, es la única solución al problema de desempleo. Abaratar el despido es fundamental para la estabilidad del empleo... Hay otros mensajes también muy repetidos, y todos ellos, nos recuerdan una frase de una maravilloso personaje de L. Carroll, “Lo he repetido tres veces, luego es verdad”.
No obstante, la aparición o ampliación finalmente de graves desequilibrios en la marcha de la economía española ha ensombrecido en buena medida la aparentemente buena evolución y ha funcionado como un toque de atención de la política económica llevada a cabo.
En definitiva, a los grandes problemas que afectan a muchos ciudadanos como la falta de empleo y el déficit de prestaciones sociales, bienes públicos e infraestructuras, se han sumado, otros nuevos, como la inestabilidad laboral y el deterioro de los servicios colectivos. A ello hay que añadir la percepción general de que el crecimiento económico sólo ha beneficiado a unos pocos. de que la renta estaba tradicionalmente mal repartida en nuestro país, pero que la generada en los últimos años no se ha distribuido mejor.
Todo ello lleva a la conclusión de que el crecimiento de la productividad contable no es sino un espejismo que oculta que la productividad en términos de bienestar de la economía española no está creciendo, en el mejor de los casos, al ritmo deseado.
De cara al futuro, la modernización económica debiera ser entendida como la profundización y extensión de los derechos sociales a partir de la potenciación de la producción de bienestar bajos criterios de participación y calidad. Un nuevo tipo de modernización viable para este país en los años futuros bajo el contexto de la transnacionalización, la realidad del cambio sociotécnico y la ampliación y diversificación de las demandas de calidad de vida y bienestar de los ciudadanos y trabajadores de este país.
Los primerosaños del siglo XXIpueden ser una oportunidad para consolidar el Estado de Bienestar en el seno de una sociedad también de bienestar. Y es que, como dijo el poeta: “Nunca es tarde para hablar de estas cosas”.
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“En comida de profesores mexicanos y españoles dije...
que no nos sentíamos desterrados sino “transterrados”.
José Gaos.
LA VOZ TRANSTERRADA.
El exilio en México ha tenido tal significación que el filósofo José Gaos, creador de la escuela americana contemporánea más brillante y más variada del pensamiento filosófico, fue iluminado con la creación del concepto de transterrados en sustitución del doloroso “desterrados”.
La llamada herenciadeOrtega resulta básica en todos los pensadores exiliados, pero entre todos los herederos de Ortega, Gaos ocupa un lugar muy sobresaliente por encima de todos los demás, habiendo elaborado una interpretación personalista y escéptica de la doctrina orteguiana. Ya lo dice el mismo Gaos: “Es probable que todos ustedes sepan que soy reconocido, y siempre me he reconocido yo mismo por discípulo de Ortega y Gaset. Hasta me he tenido y no sólo íntimamente, sino más o menos públicamente , por su discípulo más fiel y predilecto”. La ocupación más persistente de Gaos como filósofo y como profesor, y donde su obra adquiere un valor que todavía no ha sido debidamente calibrado, es en lo que él llama “Filosofía de la Filosofía”, un disciplina que trata de filiar, clasificar y descubrir la ciencia filosófica en sus múltiples manifestaciones y aspectos; desde esta perspectiva, la labor hecha por Gaos tiene mucho de psicología y sociología de la filosofía, llegando en algunos momentos muy cerca de lo que recientemente se ha llamado “arqueología de la cultura occidental”. Por lo demás, y en este mismo sentido, Gaos ha fundamentado filosóficamente la ocupación histórica con el pensamiento hispano, poniendo así las bases de una historia de las ideas, que él ha estimulado, sobre todo, en los países hispanoamericanos.
José Gaos nace en Gijón el 26 de diciembre de 1900. Vivió en Asturias hasta sus quince años, edad en que se traslada a Valencia, lugar de residencia de sus padres. Allí termina el bachillerato. En 1921 Gaos marcha a Madrid para realizar la licenciatura en Filosofía y Letras, lo que consigue en 1923. Allí tiene lugar un decisivo encuentro con García Morente, con Zubiri -que será director de su tesis doctoral- y, sobre todo con Ortega, a cuya filosofía presta plena adhesión desde el primer momento. Los años de trato más frecuentes debieron ser los transcurridos entre 1923 y 1928, dedicados por Gaos a la preparación de su tesis doctoral, y de 1933 a 1936, en que Gaos estuvo ya plenamente incorporado a la Escuela de Madrid como catedrático de Introducción a la Filosofía y profesor encargado del curso “preparatorio” en la Facultad de Filosofía y Letras. Entre tanto, Gaos había ganado unas oposiciones a cátedra de Instituto de Enseñanza Media, lo que le obligará a residir en León, obtendrá después un lectorado en Montpellier y finalmente una cátedra de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Sólo en 1933 se asienta definitivamente en Madrid, aunque por poco tiempo. En 1936, habiendo prestado plena adhesión a la República, se le nombra rector de la Universidad de Madrid y se ve obligado, con el resto del Gobierno, a trasladarse en 1937 a Valencia, donde residirá hasta 1938; posteriormente París y finalmente México, como lugar de destino, hasta su muerte, ocurrida el 10 de junio de 1969.
La influencia de Ortega sobre su discípulo fue importante, aunque no tanta que no puedan vislumbrarse algunas diferencias desde el primer momento. En efecto, durante los años de la República, sin necesidad de llegar a la guerra civil, surge la primera discrepancia; cuando Ortega inscribe como partido político la Agrupación al Servicio de la República, fundada por él, con Marañón y Pérez de Ayala, José Gaos, que no estaba de acuerdo, se afilió al partido socialista.
La obra escrita de Gaos se desarrolló básicamente en México, y entre sus libros cabe destacar los siguientes: Dos ideas de la filosofía, Dos exclusivas del hombre: la mano y el tiempo, El pensamiento hispanoamericano, Filosofía de la Filosofíae Historia de la Filosofía, El pensamiento de la lengua española, En torno a la filosofía mexicana, Filosofía mexicana de nuestros días, Sobre Ortega y Gasset y otros trabajos de historia de las ideas en España y la América española, Confesiones profesionales, Discurso de la filosofía, De la filosofía. Ha dejado varias obras póstumas; las más importantes de las aparecidas son Del hombre e Historia de nuestra idea del mundo; la primera es una continuación Dela filosofía, en la que acaba de exponer definitivamente su concepción filosófica; la segunda es un trabajo erudito y penetrante dentro del campo de la historia de las ideas, ámbito en el que Gaos era un verdadero maestro. Desgraciadamente, la obra de Gaos, publicada casi toda ella en editoriales universitarias mexicanas, es desconocida prácticamente en nuestro país, a pesar de su importancia. José Gaos fue traductor de Husserl (Investigaciones fenomenológicas, Meditaciones cartesianas, Ideas relativas a una fenomenología pura y a una filosofía fenomenológica), de Kierkegaard (El concepto de la angustia), de Heidegger (Ser y tiempo), de Jaeger, de Hartmann, de Jaspers, etc., con lo que realizó una inmensa labor en pro del conocimiento de la filosofía alemana en general y, muy en especial, de algunos movimientos filosóficos: fenomenología, existencialismo, historicismo, etc.
Desde el primer momento de su llegada a México, Gaos se incorporó plenamente a la potenciación del pensamiento en aquel país; lo mismo desde sus clases en la Universidad que desde el Seminario para el Estudio del Pensamiento en los Países de Lengua Española dirigido en el Colegio de México o desde sus publicaciones escritas. No hace así más que vivir en el plano profesional el sentimiento que le embargó a su llegada a tierra americana. Basta recordar su teoría de las dos patrias: la de “origen”, que nos viene dada por el nacimiento, azar más allá de toda decisión personal, y la de “destino”, libre, voluntaria y conscientemente aceptada, ya que no elegida. Esta teoría es índice del apasionamiento con que Gaos vivirá su circunstancia mexicana y la entrega profesional a la misma. El pensamiento de Gaos ejerció una influencia en absoluto desdeñable en la forja y desarrollo de la “conciencia mexicana”.
Gaos realizó una tarea que perdurará como fundamental en la revalorización que en los últimos años se ha hecho del pensamiento hispanoamericano. La dirección del Seminario por Gaos, culminó en la elaboración de tesis de donde salieron algunos de los mejores trabajos que sobre historia de las ideas hispanoamericanas se han hecho últimamente. No en vano nos dejó dicho el filósofo asturiano: “Los españoles hicimos un nuevo descubrimiento de América...”
No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.
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Tengo la impresión de que casi nada de lo que se dice públicamente responde a la realidad subterránea y efectiva. Y cuando se habla de futuro, o se piensa en la continuidad de lo mismo o se da por supuesto lo que va a ser. Casi siempre, “lo contrario” (que se parece tanto, que es el mero vaciado del presente). Todo ello me parece falta de imaginación. “Ni está el mañana -ni el ayer- escrito”, escribió Antonio Machado. Todavía no sabemos lo que va a ser España mañana; y no lo sabemos porque el mañana todavía no existe, y habrá que inventarlo.
Lo que si puede saberse es cuáles son las apetencias profundas de los españoles. No quiere esto decir que la realidad futura vaya a coincidir con ellas; primero, porque son varias; segundo, porque su interacción tiene que modificarlas; tercero, porque esas apetencias no son fijas, no están dadas, y pueden variar substancialmente de la noche a la mañana. Se trata de mirar las cartas -escondidas, claro es- que España tiene en la mano, con las que prepara las jugadas; falta por saber cómo va a jugarlas, cuáles serán las bazas. Y no olvidemos que España, múltiple y perpleja, juega consigo misma.
Uno de los impulsos de orden político -o político social- que alientan en los españoles de hoy (y creo que en la mayoría de los pueblos occidentales) es la libertad.
Desde el final de la guerra mundial hasta hace menos de dos décadas el resorte capital que ha movido al hombre europeo y americano ha sido el afán de seguridad. Este afán englobaba a derechas e izquierdas, lo mismo que, según Voltaire, lo superfluo había reunido uno y otro hemisferio.
Hoy día, si bien no se ha desvanecido la división en derechas e izquierdas, dicha división, no es ya propiamente política. Es cuestión de temple, de actitud, de vocabulario, de simpatías o antipatías. No se refiere a las cuestiones realmente políticas, a la manera de entender el Estado, ejercer el Poder, administrar la sociedad.
Actualmente, vencidos los temores del 11-S,aumenta sin cesar los hombres y mujeres para quienes importa la libertad algo más que la seguridad. Los que insisten en la libertad no desdeñan un mínimo de seguridad. Sin embargo, cada vez son más los que temen, como Shakespeare, que la seguridad sea el “más principal enemigo de los mortales”, que quieren sobre todo ir más allá, inventar, proyectar libremente, no saber ya lo que les va a pasar; los que creen que el mañana no está escrito.
Toda consideración estática es ya un error. La más exacta descripción del presente es falsa si no anticipa el porvenir de que está grávido. Lo que más dificulta la compresión de lo humano es la falta de imaginación. A esta falta de imaginación puede añadirse el temor, tan paralizante. Los españoles que suelen ser bastantes impávidos cuando se trata de peligros reales, son tímidos frente a los peligros difusos y vagos, sobre todo cuando se refieren a un futuro incierto.
Es preciso despertar la ambición española. No debemos entrar en el futuro próximo, en el que históricamente, y sean cualesquiera las anécdotas, se ha iniciadoen el siglo XXI, sin un programa ilusionante. Tenemos que tomar posesión íntegra de nuestra realidad y llevarla a su plenitud, articularla en una serie de proyectos coherentes, tratando de buscar cuál es nuestro destino; es decir, qué función nos corresponde en el mundo concreto en que vivimos, en la Europa a que pertenecemos, en el mundo hispánico del que somos la raíz y la clave de la unidad. Bastará con ello para que, al recordar esta España real, no haya que preguntarse al final del siglo XXI, por la “España que pudo ser”.
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En el Corpus de 1922, en la plaza de los Aljibes de la Alhambra, tenía lugar el concurso de Cante Jondo. Fue el día de San Antonio, es decir, un 13 de junio, sin temor al mal-fario. Se trataba de buscar la raíz misma del cante precisamente en el pueblo. Menéndez Pidal afirma que el nacimiento de la lírica popular es consustancial con el de todo el idioma. Allí, donde vive una comunidad hay un principio lírico. Es decir, la poesía lírica se anticipa a veces en largos decenios a la épica y a la epopeya. Más adelante descubre el inmenso valor de la tradición oral, substrato que es como el cimiento real de toda cultura humana.
El músico gaditano Manuel de Falla y el poeta granadino Federico García Lorca prestan el inapreciable servicio de buscar, para darle nueva luz, el auténtico cante. Junto a ellos, toda una pléyade de artistas y escritores con inquietudes, y en primerísima fila, el pintor Manolo Ángeles Ortiz, a quien, en cierta ocasión le dijo Federico: “La poesía de tu pintura y la pintura de mi poesía nacen del mismo manantial”.
El arte unifica si es verdadero. Esta es la lección que nos ofrecen estos creadores y esta lección viene mostrada por el abigarramiento de aquella famosa tertulia granadina del que fue famoso Rinconcillo del café Alameda: Allí, Falla, Fernando de los Ríos, Melchor Fernández Almagro (Melchorito que decía Lorca), Montesinos, Lorca, Manolo Ángeles.... Creo que fue de allí de donde partió la idea del famoso concurso de cante jondo.
Lorca y Manolo Ángeles Ortiz recorren prácticamente toda Andalucía y especialmente la tierra granadina en busca de aquellos que cantasen con pureza de estilo. De esta forma, y con la inapreciable ayuda de Falla, sale a la superficie todo un inmenso caudal lírico folklórico que vegetaba y, lo que es peor, se iba perdiendo y adulterando.
La influencia causada por este célebre concurso de cante jondo tiene una valoración tan destacada que se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que salvó nuestro inigualable folklore. Le inyectó nueva vida y sobre todo se le despojó de todo aquello que no tenía el sello de lo auténtico.
Falla, Lorca y Manolo Ángeles Ortiz son, los más entusiastas y a ellos se debe, con certeza, la mayor parte del éxito. En esa ocasión es cuando Lorca compone su Poema del cante jondo y Manolo Ángeles Ortiz encuentra la medida de su pintura. A este último se debe el cartel anunciador y él debe a este período imborrable de su vida, el descubrimiento de un quehacer artístico en que ya perduraría para siempre. Precisamente a fines de 1922 y con una carta de presentación de Falla para Picasso, Manolo marcha a París.Ortiz siempre afirmaría que quisiera que su pintura fuera como cuando una guitarra toca la “soleá”.
Para el concurso llegaron Zuloaga y Rusiñol. Los cuadros del pintor vasco decoraron la plaza. También estuvieron Juan Ramón Jiménez, Federico García Sanchiz, Turina, Mauricio Legendre, Ramón Gómez de la Serna, Adolfo Salazar, Enrique Díez Canedo, los duques de Alba, Edgar Neville, Ramón Pérez de Ayala, Kurt Schindler, director de la Schola Cantorum; Leig Henry, director de la revista musical Fanfare; John Brandle Trend, enviado especial del Times y Music and Letters; etc.
Participaron en el célebre concurso Antonio Chacón, Manolo Caracol, Diego Bermúdez “el Tenazas”... Fuera de concurso, cantó Manuel Torre, del que decía García Lorca que era “el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido”.
Hubo una verdadera polémica en la prensa en torno al concurso. Se vociferó contra él y se le alabó; ambas cosas desenfrenadamente. La realidad es que fue un intento -el de más envergadura- por salvar los cantes primitivos andaluces. García Sanchiz recordaba luego las saetas de un sobrino de “el Gallo”, el torero; Gómez de la Serna se acordaba del tamaño y color de la falda de “la Macarrona”, que se atenía a la medida antigua y de su baile hondo, único, inimitable. Manuel de Falla estaba satisfecho.
“Lo que vale en el cante -decía Manuel Torre, el famoso cantaor del concurso de cante jondo es el gusanillo que se le mete dentro”. Ese “gusanillo” que decía Manuel Torre y al que Federico García Lorca llamó, especificando su esencia y forma de andaluza misteriosidad, el “duende”, también estuvo en el concurso de cante jondo de Granada acompañando al auténtico cante y al llanto de la guitarra. Y como dijo el poeta granadino: “Es imposible / callarla. / Llora por cosas / lejanas”.
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“Nuestra administración sabe hallar dinero cuando lo necesita
para sostener organismos inútiles o perjudiciales, y sólo emplea
el argumento de la penuria cuando se habla de reforzar los gastos
relativos a órdenes tan fundamentales de la vida nacional como la enseñanza.”
Rafael Altamira.
LA VOZ DE UN AMERICANISTA
Rafael Altamira es un hombre de indiscutible valía intelectual y ética y de posiciones sociales progresistas y comprometidas, que consideraba que la acción social transformadora era un trabajo colectivo. Para Altamira la falta de democracia tiene como consecuencia el atraso, la incultura y la pobreza. El diagnóstico, aunque genérico, parece acertado, el problema básico de la España del 98 es, en primer lugar, que no existe la democracia. Este aspecto debe completarse con el análisis del atraso y la falta de sólida opinión pública que por su atraso sufría el país. Así, pues, España lo que necesita es una profunda Regeneración. Esta Regeneración tiene una primera parte fundamental, decisiva: la moral pública. Para conseguirlo es necesario acabar con el monopolio de la oligarquía y con el sistema caciquil, aislar la corrupción y sanear la vida pública impidiendo que la participación en ella suponga egoísmo y lucro propios y abandono de responsabilidades ante la colectividad.
Las Leyes de Indias -era el máximo especialista en Derecho Indiano- constituían para Altamira “el más alto ejemplo de legislación amparadora y tutelar de los humildes e incultos”. Gracias a esta política de protección se consiguieron novedades de orden social casi revolucionarias como fijar la jornada de trabajo o dar un salario a los obreros que convirtieron en pionera a España entre todas las potencias europeas.
Rafael Altamira y Crevea nace en 1866 en Alicante; ciudad en la que pasa sus primeros años y en la que cursa el bachillerato. En julio de 1882 se traslada a Valencia para estudiar Derecho. Realiza el doctorado en Madrid, donde entra en contacto con la Institución Libre de Enseñanza, que marcará sus ideas, sus preocupaciones educativas y su actitud ética. Trabaja en el Museo de Instrucción Primera, más adelante Museo Pedagógico y escribe La enseñanza en la historia, que se publica en 1891. Dirige el periódico republicano La Justicia, y la Revista Crítica de Historia y Literatura Españolas, Portuguesas e Hispanoamericanas. Gana la cátedra de Historia del Derecho Español en la Universidad de Oviedo. Contribuye a la literatura posterior al desastre del 98 con su Psicología del pueblo español y participa en la Extensión Universitaria. Publica y traduce obras, entre las que sobresale la Historia de España y de la civilización española.
En 1909 realizó un viaje por casi toda Hispanoamérica de notable repercusión para España y los países visitados y que se encuentra relatado en su libro Mi viaje a América. A su regreso fue nombrado director general de Enseñanza Primaria. Nombrado luego profesor del Instituto Diplomático y Consular en 1914 gana la cátedra de Historia de las Instituciones Políticas y Civiles de América en la Universidad de Madrid.
En la Primera Guerra Mundial trabaja a favor de los aliados y publica La guerra actual y la opinión española. En 1920 es elegido miembro de la Comisión de Juristas encargado por el Consejo de la Sociedad de las Naciones de redactar el anteproyecto del Tribunal de Justicia Internacional y en 1921 es nombrado uno de los nueve jueces primeros titulares del mismo, desde 1921 hasta 1940 en que deja funcionar el Tribunal. Altamira despliega una gran actividad internacional jurídica y pacifista. En 1922 se le nombra académico de la Real Academia de la Historia.
En 1929 comienza la preparación de sus Obras completas en las que se incluyen, además de otras ya citadas, su Historia de la civilización española, el Epítome de historia de España, Cuestiones modernas de historia, De historia y arte, Cuestiones obreras, Giner educador, Ideario político, etc. La guerra y el exilio le impedirán la realización del proyecto.
Con cerca de ochenta años, y tras una odisea en Francia ocupada por los alemanes, Rafael Altamira llega a Estados Unidos, de paso para la ciudad de México, donde se encontraban exiliados sus dos hijas, Pilar y Nela, y sus respectivas familias. Durante la travesía marítima se fracturó la cadera, lo que le obligó a dedicar sus primeros meses de estancia en México a atender su padecimiento.
Altamira dicta cursos en el Colegio de México y en la Universidad Nacional Autónoma de México y participa en actividades del exilio republicano.
La obra de Altamira en sus años de exilio hasta su muerte, tanto en Francia como en México, fue la de completar trabajos ya iniciados años antes, como el Diccionario castellano de palabras jurídicas y técnicas tomadas de la legislación indiana y su estadoAnálisis de la recopilación de las Leyes de Indias de 1680.
México le rindió varios homenajes, que culminaron con el que le rindió el Instituto Panamericano de Geografía e Historia en 1947 al otorgarle el primer premio de Historia de América por la labor que desarrolló durante su vida. Rafael Altamira muere en México en 1951, no sin antes haber sido propuesto para el premio Nobel de la Paz, que no se le pudo conceder por haber muerto un poco antes del fallo del Tribunal.
El proyecto último de Altamira es la consecución de una convivencia de pueblos a través de una educación que fomente el entendimiento, la curiosidad y la educación para la paz y sea capaz de profundizar en una sociedad abierta, participativa y solidaria. “La Universidad debe trabajar por la paz -escribía Altamira-; debe, como representante de las más altas cualidades del espíritu, a la vez que afirmar el sentido racional de la lucha por el derecho, que proclamó Ihering, tratar de suprimir de las relaciones internacionales el sello de barbarie y de rapacidad que aún tiene hoy”.
No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.
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La otra tarde, en un lugar público un determinado individuo, a quien conozco, pasó altivamente a mi lado, como si no me viera. Imaginé por una parte, que trataba de hacerme admirar su perfil de medalla, colocándose en la posición más favorable desde mi punto de vista, pero, por otra parte, descarté en seguida que pudiera estar aquejado de tan cómica vanidad.
Pensándolo mejor, se me ocurrió que jugando aquel caballero a una determinada carta política, entendía que, para decirlo brechtianamente, lo mejor era ir creando una atmósfera de “distanciamiento”.
Medité entonces, melancólicamente, que hay gentes absurdamente totalitarias. Con la persona de que digo existen muchos puntos de contacto. En lo profesional y aun en la coincidencia cronológica, diversos temas podrían servir de pasto a algunas conversaciones.
Pero la persona en cuestión ha tomado partido y ha decidido no compartir su existencia con otras personas de las que llevan la corbata del alma del mismo color que la suya. Entristece pensar que esta actitud de intransigencia mana precisamente de aquellas personas que alzan la bandera de la más absoluta libertad. De la misma manera que hay tantos pacifistas que nos sorprenden por su belicosidad, hay muchos liberales que nos aterran por su totalitarismo. Hay muchas maneras de ser totalitario y la más flagrante de ellas es la que nos ofrece ese señor capaz de renunciar al pan y la sal de la amistad, al servicio de un cantonalismo político.
Se ha recordado con frecuencia que, en otros tiempos, en los años de la Restauración, personalidades de enorme disparidad ideológica tenían a gala cultivar entre ellos una cordial y respetuosa amistad. Don Marcelino Menéndez Pelayo se sentía amigo de don Benito Pérez Galdós, sin perjuicio de que el Catolicismo del polígrafo vapulease, en sus artículos doctrinales, del Radicalismo del novelista. Pero fuera de la liza polémica existía un terreno donde el respeto y la cortesía eran la flor de una exquisita sociabilidad.
Me temo que hemos perdido mucho terreno y aun diría -y bien me duele decirlo- que vamos a perder, en un futuro inmediato, mucho más.
El mundo de las ideas está hecho para conseguir el entendimiento y sólo en los lindes de la madurez aprendemos que la verdad no es blanca ni negra, sino de matizados colores; y que la razón no es nunca absoluta y totalmente de un solo bando.
Al maestro que consiguiera grabar esta sencilla verdad en el corazón de los ciudadanos habría de levantársele el monumento más grandioso y merecido que se ha erigido jamás a persona alguna.
Claro está que para ello el restablecimiento de las condiciones normales del diálogo constituyen una urgencia indesviable. Por eso cuanto se haga en este sentido debe ser estimado como un progreso para la convivencia y como un programa vital ineludible. No ha mucho que un afamado escritor, en unas discretas declaraciones a raíz de la obtención de un gran premio literario, hacía votos por una sociedad futura en la que nunca más la sosegada palabra y el respeto a la opinión de la voz del adversario pudiera quedar apagada por la violencia. Y es que como dijo el poeta: “Pido la paz y la palabra”.
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el arrebato, la sonrisa, el temblor- como compráis
el brazo robusto y el pecho tenso que arrancan
el mineral o rigen la máquina.”
José Díaz Fernández.
LA VOZ SENSIBLE DEL ARTE.
“Saludemos al nuevo romanticismo del hombre y de la máquina -escribía Díaz Fernández- que harán un arte para la vida, no una vida para el arte”. El novelista salmantino demostró tener sensibilidad consciente del arte. Del arte de la generación del 27, primer lugar de encuentro de los primeros hijos del siglo. El artista, que tiene una conciencia, porque empieza por reconocerse hombre; la cual conciencia es fina y dolorosa, porque separa de entre el magma, confuso de tendencias, escuelas y conceptos, que han llenado, capciosos, el panorama europeo desde principios del siglo XIX, los elementos puros, los elementos transcendentes.
José Díaz Fernández nace en Aldea del Obispo, provincia de Salamanca, el 20 de mayo de 1898, siendo por tanto de la verdadera generación que nace en el 98: García Lorca, Vicente Aleixandre, Concha Méndez, Victoria Kent, Juan José Domenchina, Juan Chabás, César Muñoz Arconada, Rosa Chacel y Xavier Zubiri.
Díaz Fernández se licenció en Derecho por la Universidad de Oviedo. Se inicia en el periodismo en El Noroeste de Gijón, del que pasó a El Sol. Ejerció un papel determinante en los últimos años de la dictadura, orientando en buena parte la evolución de las letras españolas. Por su campaña contra la dictadura fue encarcelado en 1929 y luego desterrado a Portugal. En colaboración con Joaquín Arderius publicó Vida de Fermín Galán. El 30 de enero de 1930 el mismo día en que caía la Dictadura de Primo de Rivera aparecía dirigida por José Díaz Fernández, Antonio Espina y Adolfo Salazar, la revista Nueva España, la publicación surge, en un momento histórico clave. La revista tenía la intencionalidad de cubrir “todo el ala ideológica de las izquierdas” y de mantener una línea de periodismo polémico. Más tarde se incorporó a la dirección de la revistaJoaquín Arderius. En su principio Nueva España tuvo una periodicidad quincenal; a partir del número catorce, hasta su desaparición, se convirtió en semanario. Entre las colaboraciones pueden destacarse la de Salas Viu, Miguel Angel Asturias, María Zambrano, Azorín, Mauricio Bacarisse, Corpus Barga, Juan Gil Albert, Benjamín Jarnés, Ramón J. Sender, Fermín Galán y César Vallejo.
El novelista salmantino estuvo vinculado al Partido Radical Socialista y más tarde al de Izquierda Republicana de Azaña. Abandonó rápidamente la práctica de la literatura de creación y se entregó por entero a la actividad política (diputado en las Constituyentes) y la crítica literaria, alternativamente ejercida desde las páginas de El Sol, Crisol, Luz y Política. Durante la guerra fue jefe de Prensa de Barcelona y jefe de ediciones de la Subsecretaría de Propaganda del Ministerio de Estado. Al acabar el conflicto cruzó la frontera y murió en Touluse el 18 de febrero de1941.
No sabemos lo que hubiera podido dar de sí como novelista uno de los más característicos escritores de la tendencia social de preguerra, José Díaz Fernández a causa de su temprana muerte con sólo cuarenta y dos años. Inició la tendencia socialque marca el primer viraje en el vanguardismo -a fines de los años veinte- con El blocao (1928), relato de tesis pacifista sobre la campaña de Marruecos. En La Venus mecánica (1929) utiliza el estilo metafórico y el fragmentarismo propios a las técnicas vanguardistas, pero da a su novela una clara intención de crítica social y hasta revolucionaria. Los ensayos reunidos bajo el título El nuevo romanticismo (1930) ofrecen un análisis penetrante de estado de crisis en que se encuentra la vanguardia a fines de los años veinte. Apunta como posible nueva dirección de la vanguardia una literatura “de compromiso”, destinada a ser instrumento de reforma social.
Un espíritu crítico, se infiltra y baña la obra de Díaz Fernández. A juicio del periodista y novelista, el progreso que la máquina significa en la evolución del espíritu social, se halla empequeñecido y, en ocasiones, ridículamente mixtificado en el capitalismo esnobista y burgués, de ciertos grupos del llamado “arte puro”. Para estos grupos de los caducos “ismos” españoles, tiene Díaz Fernández palabras muy certeras y sensatas. Al término “vanguardia” aplicado a una clase de arte demasiado restricto y neutral en los más hondos problemas sociales y políticos, opone Díaz Fernández, el término “avanzada”. “La verdadera vanguardia -decía el novelista- será aquella que ajuste sus formas nuevas de expresión a las nuevas formas de pensamiento”. En la reseña sobre El nuevo romanticismo, afirmaba Antonio Espina, que el arte y la literatura habían de convertirse en instrumento al servicio de la transformación social; sobre las estéticas habrán de imponerse los valores éticos.
Determinados enfoques del novelista salmantino siguen teniendo plena vigencia. “No existen en las clases directoras de Occidente -escribía Díaz Fernández- preocupaciones de orden espiritual que puedan enaltecer la existencia o consagrarla a fines superiores. La acumulación de dinero o de placeres les ha hecho insensibles para los postulados de una nueva moral”.
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“Para mí -decía Sender-, la realidad política no existe. Es una frivolidad. Lo único que quiero es un sentir social...”. Sender es uno de los más importantes novelistas de toda nuestra literatura contemporánea, y con Pío Baroja, al que supera en muchos aspectos, sobre todo en imaginación y variedad, es uno de los más grandes novelistas de todos los tiempos. Escritor comprometido con la revolución social, marcado por una profunda moral, que es su amor al hombre de carne y hueso, al ser que sufre la historia no al que la hace. Un desplazado voluntario por desencanto, pero que siempre ha amado las limpias pasiones de su pueblo, y defendido que la belleza por la belleza no puede ser el único justificativo de la vida. Pero, sobre todo un hombre que todo lo que nos dice en su obra está prodigiosamente de acuerdo con su vida. Sender fue uno de los intelectuales republicanos de la Casa de la Cultura que trabajó codo a codo con María Zambrano, Rosa Chacel, Antonio Machado, León Felipe, Corpus Barga, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, José Moreno Villa... Asiste al II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas que reunió en Valencia a José Bergamín, Octavio Paz, Nicolás Guillén, John dos Passos, André Malraux, Iliá Ehremburg, Corpus Barga, Antonio Machado, Pablo Neruda, etc.
Ramón José Sender Garcés nace en Chalamera de Cinca, provincia de Huesca, el 3 de febrero de 1901. Estudió en un colegio de religiosos en Reus. A los diecisiete años, ya terminado el Bachiller Sender se escapó de casa y se fue a Madrid. Solo y sin dinero pasó los mayores apuros de su vida hasta el punto de verse obligado a dormir en un banco del Retiro durante tres meses. Se lavaba en una fuente del parque y en las duchas del Ateneo, a donde iba diariamente a leer y escribir. Más tarde se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid. Fue soldado en Marruecos y posteriormente colaboró en los periódicos El Sol, La Libertad, Solidaridad Obrera, El Socialista y en numerosas revistas, como Octubre, Línea, Ayuda, Las Españas, etc. Liberal y anarquista es encarcelado en 1927, el mismo año en que obtuvo el premio “Lecturas” por su relato marroquí Una hoguera en la noche. En 1930 publica Imán, obra formidable de un soldado, escrita con sus propios recuerdos de la guerra de Marruecos. El protagonista de este libro de guerra, cuando regresa a su vida civil, hállase sin norte, sin ideales, sin salario, casi sin pueblo, porque ha sido transformado en pantano.
En 1933 ocurre un hecho fundamental que causaa Sender un malestar inconcebible: la represión sangrienta de Casas Viejas, pueblo de la provincia de Cádiz, donde unos jornaleros se habían sublevado. Arriesgando la vida, Ramón J. Sender fue a Casas Viejas pocos días después, se informó detalladamente de los hechos y los denunció duramente, con la crudeza de la verdad, en una serie de artículos que se publicaron en La Libertad y luego en el libro Viaje a la aldea del crimen (1934). La denuncia tuvo serias repercusiones y el Gobierno de Azaña tuvo que dimitir. En 1935 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura por su novela histórica Mr. Whit en el cantón.
Atraído en primera instancia por el partido comunista, del que se fue apartando progresivamente, Ramón J. Sender hubo de vivir por este motivo unos momentos especialmente trágicos durante los primeros meses de la rebelión militar de 1936. Por una parte sufrió persecución por parte de la derecha sublevada, quien se ensañó con su hermano Manuel -alcalde de Huesca- y su esposa Amparo, pero por otra también de los mandos comunistas.
Poco más tarde, el Gobierno republicano encomienda a Sender misiones en América. En 1938 se exilia en Francia y posteriormente en México y Estados Unidos. Fue profesor en universidades de Nuevo México y California. En 1974 y 1976 pudo regresar fugazmente a España. Dos años antes de su muerte recuperó su nacionalidad española. Ramón J. Sender muere en San Diego, California, el 16 de enero de 1982.
Su obra más cerrada y acabada es una novelita corta, Réquiem por un campesino español. Libro sencillo, expresivo y conmovedor, relata, más allá de planfletarismos o partidismos, la historia de un sacerdote, el cual queriendo salvar a un joven del pueblo en los comienzos de la guerra, no consigue evitar la ejecución.
Otras novelas importantes son: Siete domingos rojos, Viaje a la aldea del crimen, Epitalamio de Prieto Trinidad, Contraataque, Proverbio de la muerte, El lugar de un hombre, El verdugo afable, Ariadna, Bizancio, La tesis de Nancy, La luna de los perros, Crónica del alba, Tánit, En la vida de Ignacio Morell y La mirada inmóvil. Ha escrito también muchos ensayos: Teatro de masas, Examen de ingenios: los noventayochos, Valle-Inclán y la dificultad de la tragedia, Ver y no ver y Ensayos de otro mundo. Sender nos sorprende al doblar su vida el medio siglo con un libro de versos, Libro armilar de poesías y memorias bisiestas que incluye en su totalidad, su primer libro poético, Las imágenes migratorias, publicado en México en 1960. “Hay poetas -nos decía Sender- como esas campanas en las que sólo les va bien el toque del alba. Son los que a mí más me gustan”.
Ramón J. Sender toca todos los temas con una gran maestría, teniendo en su haber grandes y pequeñas obras, algunas de una rara perfección.
Este escritor fecundo y variado, con una gran fuerza narrativa, y un sobrio estilo realista, declaraba en 1974: “En un sentido político, yo no entiendo nada. Como no pertenezco a ninguna organización, a ningún partido, ni tengo la menor ambición de ser gobernador civil ni ministro, me parece que no hay lugar para hablar de esas cosas...”
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