El próximo lunes, día 2, a las 20.30 horas, en la cafetería-restaurante El Cantábrico (Avda. Cayetano del Toro, 21, Cádiz), la Asociación Cultural, Artística y Literaria FORO LIBRE celebrará un encuentro literario sobre la vida y la obra del poeta Pedro Garfias (1901-1967), con motivo del 40º aniversario de su muerte.
La voz de Pedro Garfias es una de las más originales e importantes que ofrece la poesía española contemporánea. Pedro Garfias no era otra cosa que poeta; pobre equipaje para desenvolverse en un mundo metalizado, donde la ambición, la codicia, el “rastreo” tras las prebendas ha sido y es como una norma para vivir, o quizás, para malvivir. A Garfias , nadie, jamás, pudo comprarle la palabra. Como nos dijo el poeta: “El iba solo, / tambaleándose. / Borracho de amor, / borracho de hambre / borracho de alcohol, / quién sabe”. Murió en el exilio, en la pobreza, a golpes con el hambre, buscando en el alcohol la única compensación a su desventura.
Garfias es uno de los mejores ultraístas españoles. Abrió horizonte y marcó rutas. Creó la revista total y puramente literaria, antecesora inmediata de las de hoy. Se batió en las calles y en los Ateneos. Puso a España al día con las corrientes literarias de Europa. Con Larrea y Gerardo Diego, forman la triada creacionista del vanguardismo español. Autor formado en Andalucía, de donde tomará la cosmovisión del paisaje y ese “lastre sentimental” (Bécquer, la copla) que le reprochara Guillermo de Torre.
En 1938 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por su libro Poesías de la guerra española. En el tribunal se encontraba don Antonio Machado. En abril de 1939 marcha a Inglaterra donde escribe su libro fundamental Primavera en EatonHasting, que según palabras de Dámaso Alonso, es el mejor poema del destierro español.
Francisco Arias Solis
Se ama la libertad como se ama y se necesita el aire, el pan y el amor. Aviso: Se ruega a los internautas que pongan en sus páginas el logotipo o banner de Internautas por la Paz y la Libertad que figura en la URL: http://www.arrakis.es/~aarias/internau.htm
La distribución de la riqueza ha sido sustituida, paulatinamente, por el asistencialismo, el rico ha dejado de ser el oponente del pobre y son los mismos pobres los que se enfrentan entre sí, y el Tercer Mundo se ha ido trasladando a cualquier barriada marginada de nuestras ciudades. De esta manera se están creando sociedades diametralmente opuestas y cada vez más radicalizadas en sus posiciones dentro de las mismas zonas geográficas.
La no discriminación por razón de raza fue la conquista más importante que brotó sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. El genocidio nazi horrorizó a los propios nazis que pudieron comprobar que la monstruosa crueldad del hombre es ilimitada.
El racismo conduce directamente a la ley de la selva, como si el hombre no hubiera avanzado nada desde las cavernas.
Los racistas, como todos los fanáticos, siempre encuentran sectores que los animan en sus comportamientos. Son aquellos ciudadanos que incitan a los actos vandálicos tales como la quema de viviendas, los linchamientos públicos o la prohibición de acceso de menores a los centros de enseñanza. Los movimientos racistas amenazan con seguir creciendo, incitando a la xenofobia y actuando sobre determinados sectores de los barrios marginales.
Nuestra Constitución que proclama el fin de la discriminación, generó la esperanza de un cambio de actitud con respecto a las minorías étnicas. Sin embargo, el fenómeno racista se sigue manifestando en nuestro país a niveles preocupantes.
En España es la comunidad gitana quien soporta de una manera acuciante los comportamientos racistas. A la marginación y miseria de familias enteras gitanas se une un nuevo componente, el miedo a que grupos de vecinos o patrullas ciudadanas extremistas cometan las mismas barbaridades, que en ciertas poblaciones, obligándoles a desalojar sus domicilios.
Los pueblos necesitan de su cultura para seguir siendo pueblo, para seguir viviendo. Lo adecuado es la comprensión, el respeto y el fomento de la entidad cultural gitana. La cuestión gitana no es sólo un problema a resolver, sino que debe ser también una cultura a descubrir y asumir.
Los comportamientos racistas nunca debieran tener cabida en una sociedad democrática y el derecho penal debe responder adecuadamente para erradicar los comportamientos racistas y xenófobos. Es lamentable que existan personas en nuestro país que se jacten públicamente de impedir el acceso de los niños gitanos a las escuelas pero más lamentable es que se carezca de tipos delictivos adecuados que penalicen dichas actitudes.
El racismo y la xenofobia es la batalla del momento. Todos hemos de colaborar a que estos problemas sean afrontados sobre unas bases sólidas de entendimiento y solidaridad. Pero en este combate, como en otros muchos los medios de comunicación social juegan un papel importante y deben estar atentos al silencio sonoro y al grito sordo de las minorías. Y es que, como dijo el poeta: “Si los silencios no hablasen / nadie podría decir / lo que callan las palabras”.
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No hace mucho, se realizó una encuesta en España para recoger opiniones de personas relacionadas con el arte flamenco (“Cantaores”, “tocaores”, aficionados, etc.) sobre el papel de Falla en la expansión y revitalización del cante, y solamente ocho de cincuenta interrogados supieron contestar con precisión, es decir, sólo el dieciséis por ciento de los encuestados conocía la relación Falla-flamenco. Para los restantes, Falla era únicamente un gran músico español; incluso algunos -bien es verdad que los menos- ignoraban la existencia del genio. La encuesta no pudo ser más desoladora ya que todos los encuestados, como se ha dicho, estaban, directa o indirectamente, relacionados con el mundo flamenco.
Nunca se ha subrayado suficientemente la influencia de Manuel de Falla en el flamenco ni se ha reconocido la trascendencia que tuvo su decisión de celebrar aquel primer concurso del “Cante Jondo” en Granada, para restituir “a la canción andaluza toda su belleza”.
Desde muy pequeño, el gran músico gaditano sentía un enorme entusiasmo por “el cante jondo” y en él buscó su fuente de inspiración, llevando al pentagrama aquellos sones que le impresionaron en su infancia. No es extraño que así le sucediera siendo Cádiz, su ciudad natal, la cuna del cante. Sin olvidar la tendencia que desde pequeño mostró hacia lo gitano y lo flamenco. En Cádiz escuchó y aprendió los mejores cantes. Luego, como dijo Juan Ramón Jiménez, “Falla se fue a Granada por silencio y tiempo, y Granada le sobredió armonía y eternidad”.
En Granada, Falla meditó sobre aquellos cantes que había escuchado en Cádiz y temió su desaparición. Una tertulia entrañable se forma alrededor de aquel hombre sencillo, cordial, austero, especialmente respetuoso con todos. Y, naturalmente, entre aquellos Federico García Lorca. Con él, con Andrés Segovia, con Jofré, Manuel Angeles Ortíz, Miguel Cerón se organiza aquel famoso concurso de Cante Jondo. Fue un intento de purificar y descubrir lo que todavía quedaba de auténtico en el flamenco, cuya preocupación no solamente rondaba por la mente de Falla, sino de algunos músicos rusos, desde Glinka a Strawinsky.
Manuel de Falla y Federico García Lorca prestan el inapreciable servicio de buscar para darle nueva luz, el auténtico cante. Junto a ellos, toda una pléyade de artistas y escritores con inquietudes, y en primerísima fila, Manuel Angeles Ortiz. Federico y Angeles Ortiz recorren prácticamente toda Andalucía y especialmente su tierra granadina en busca de aquellos que cantasen con pureza de estilo. De esta forma, y con la inapreciable ayuda de Falla, sale a la superficie todo un inmenso caudal lírico folklórico que vegetaba y, lo que es peor, se iba perdiendo y adulterando.
En el Corpus de 1922, en la plaza de los Aljibes de la Alhambra, tenía lugar el concurso de Cante Jondo. Fue el día de San Antonio, es decir, un día 13 de junio, sin temor a mal-fario. Llegaron Zuloaga y Rusiñol. Los cuadros del pintor vasco decoraron la plaza. Estuvieron Juan Ramón Jiménez, Federico García Sanchiz, Turina, Mauricio Legendre, Ramón Gómez de la Serna, Adolfo Salazar, Enrique Díez Canedo, los duques de Alba, Edgar Neville, Ramón Pérez de Ayala, Kurt Schindler, director de la ScholaCantorum; Leig Henry, director de la revista musical Fanfare; John Brandle Trend, enviado especial del Times y Music and Letters, etc.
Participaron en el célebre concurso Antonio Chacón, Manolo Caracol, Diego Bermudez “el Tenazas”... Fuera de concurso, cantó Manuel Torre, del que decía García Lorca que era “el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido”. Escuchando al propio Falla su “Nocturno del Generalife”, Manuel Torre dijo esta espléndida frase: “Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende”. Y no hay verdad más grande.
Hubo una verdadera polémica en la prensa en torno al concurso. Se vociferó contra él y se le alabó; ambas cosas desenfrenadamente. La realidad es que fue un intento -el de más envergadura- para salvar los cantes primitivos andaluces. García Sanchiz, recordaba luego las saetas de un sobrino de “el Gallo”, el torero; Gómez de la Serna se acordaba del tamaño y color de la falda de “la Macarrona”, que se atenía a la medida antigua y de su baile hondo, único, inimitable. Manuel de Falla estaba satisfecho.
El nombre de Falla estará por siempre, unido al mundo del flamenco. Investigador “de punta” en aquellos tiempos, trató de encontrar los orígenes del cante y su influencia en el arte musical europeo; compositor e intérprete innegable, inmortalizó obras de enorme sabor flamenco; promotor y revitalizador del cante luchó contra viento y marea para llevar a buen fin aquel Gran Concurso de Granada del año 22. Y como decía el gaditano universal: “Muchas obras españolas deben su existencia -y en muchos casos su gloria- al empleo más o menos directo de la música propia del pueblo andaluz o a las sugestiones motivadas por ella”.
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Desde que Carlyle, echó a rodar su idea, de que la mejor Universidad es una biblioteca, hemos presenciado el esfuerzo de no pocas editoriales para ponerla en marcha, prácticamente, dando por poco costo al público colecciones de libros clásicos en que se abarcara el panorama más dilatado de la literatura de un país, o cuando más ambiciosas, de la universal.
Pero las normas de selección son tan vagas, que si el negocio tiene éxitos y los volúmenes se venden se observará un curioso fenómeno, que el número de las obras maestras y dignas de figurar en la colección asciende y asciende, sin pausa, y cuantas más se publican, más hay; lo cual no deba acaso atribuirse a la consideración optimista de que los buenos libros son infinitos, sino más bien al caudal dinerario que ésto significa. Y entonces se concede igual a rango a Miguel de Cervantes que a cualquier contemporáneo admitido a alternar con los genios. Y es que la mayoría de los lectores leen a ciegas o, a lo más, con anteojeras.
“Tarea difícil es encontrar una vía infalible para dar con esos libros (los grandes) -decía Georg Brandes-, como formular reglas para hablar en este mundo a las gentes de cuyo trato sacaríamos mayor agrado y provecho”.
Al no buscar la infalibilidad por ser harto difícil de encontrarla, el hombre moderno ha de aconsejarse a sí mismo ciertas limitaciones en ese desordenado apetito por la lectura. Resignarse a no saberlo todo, de todo. No nos pongamos en el camino de morir de atracones.
“Hay que estar enterado”, este dicho actúa como mandamiento, en muchas almas inocentes o presuntuosas, incapaces de confesar que no han leído este o aquel libro de moda, o realmente importante. Doquiera se encuentra hoy día de esos “cultos” archileídos.
Cualquier selección implica renuncia. El primer paso de la facultad de elegir ha de consistir, por penoso que sea, en renunciar a esa pretensión totalitaria de la lectura. La faena de echarse cada cual sus cuentas sobre los mejores libros corresponde a cada individuo, es tanto derecho como deber, y, en consecuencia, intransferible. Ni esa selección puede venir impuesta autoritariamente desde fuera.
La solución del gran drama de la lectura está en la enseñanza de la lectura. En la formación del lector. ¿Por quién y desde cuándo? Por la escuela y desde que se entra en contacto con las letras; en cuanto se empieza a enseñar las letras. La letra con letra entra. Lo primero que la escuela tiene obligación de enseñar: ¡el arte de la lectura!
No hay más tratamiento serio y radical que la restauración del aprendizaje del bien leer en la escuela. Lo que se logra, poniendo al escolar en contacto con los mejores profesores de lectura: los buenos libros. Y como dijo el poeta: “Nuestras horas son minutos / cuando esperamos saber, / y siglos cuando sabemos / lo que se puede aprender”.
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El actual movimiento de protección del medio ambiente difiere de todos los precedentes por su contenido y no sólo por su alcance. En realidad, no se trata tanto de que los hombres vuelvan a la naturaleza, como de que la naturaleza vuelva a los hombres.
Es una cuestión de equilibrio o una cuestión ecológica. Hoy por hoy, los problemas de la ecología no parecen tener fin: la distribución de la población humana en relación con la llamada biosfera; los recursos naturales disponibles; la eliminación de desechos; el empobrecimiento de las especies biológicas, la influencia de la revolución industrial sobre el equilibrio natural y las estructuras sociales, etc.
No es sorprendente que la ecología haya hecho furor. Los políticos de toda laya se creen obligados a incluir en sus discursos temas ecológicos. Se habla no sólo de ecología, sino también de ecotecnología, de eco-política y hasta de ecopornografía.
Han sido frecuentes en el pasado los lamentos del tipo de “¡Cuán verde era mi valle!”, pero nunca como hora se había insistido tanto en la posibilidad e inminencia de insolubles eco-catástrofes. Hoy, las eco-catástrofes están en boca de todos, porque los adelantos técnicos, lejos de constituir un bien absoluto, pueden convertirse en un mal incorregible. Lejos de solucionar el problema pueden complicarlo y exasperarlo.
Cuando algo hace furor, corre el peligro de convertirse en una moda (o hace furor justa y precisamente porque es una moda). Sería deplorable que el actual interés por las cuestiones ecológicas resultara pasajero en virtud precisamente de su exacerbación. El asunto merece interés y alarma, pero también calma y persistencia, porque se trata de problemas reales, y hasta del problema más fundamental del presente.
Suponiendo que pueda resolverse tecnológicamente el problema de los recursos naturales y que, por añadidura, se ponga remedio a la amenaza de la superpoblación. Aún así, la situación seguirá siendo crítica, y lo irá siendo cada vez más. La razón de ello constituye el tema de la mayor parte de las actuales consideraciones ecológicas: la contaminación.
Es ya trivial hablar de lo irrespirable que es el aire en las ciudades, del polvo, del humo, de los vapores y de las emanaciones que nos rodean y penetran, pero lo es menos tener en cuenta que el anhídrido carbónico en la atmósfera aumenta en proporción alarmante, hasta el punto de producir el famoso “efecto invernadero”, con el aumento general de la temperatura media del globo, el derretimiento de las grandes masas de hielos y la inundación de vastas zonas costeras. Es así mismo trivial hablar de las ingentes y crecientes cordilleras de desechos que mancillan las corrientes de agua y desfiguran el paisaje, del desequilibrio natural que producen los pesticidas, de la “lluvia ácida”, de la destrucción de la capa de ozono, de la tala indiscriminada de bosques y, en general, de la destrucción de áreas silvestres, pero no se trata aquí sólo de desequilibrio natural, sino de algo peor: de empobrecimiento biológico. La naturaleza, como la cultura, puede perecer a fuerza de homogeneidad.
¿Cómo puede haber acuerdo en la solución, o interpretación, de esos problemas cuando todo el mundo tiene algo que decir al respecto? No todas las actitudes y propuestas ecológicas son específicamente políticas, pero en todas se presuponen juicios de valor que cabe expresar políticamente. En todo caso, en las “actitudes ecológicas” se transparentan fundamentales actitudes humanas. Y como dijo el poeta: “Lo que haya de venir, aquí lo espero / cultivando el romero y la pobreza”.
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Andaluz, nacido en un pueblo de poetas, iniciador de la revista Alcaraván cuando sólo contaba veinte años, ha llevado a los versos la “sencilla historia de su hombría”. Su amplia bibliografía le convierte en uno de los poetas más representativos de la Generación del 50. El primer libro está dedicado a la Navidad y es de 1952. Antonio Murciano es el poeta contemporáneo de la joven generación con mayor producción sobre este tema: Nuevo cuaderno de Navidady NochebuenaenArcos. También es cultivador de la poesía flamenca; Perfil del canteconsigue el Premio Nacional de la Poesía Flamenca en 1966.
Antonio Murciano González nace en la calle Nueva de Arcos de la Frontera, el 29 de diciembre de 1929. Su padre era natural de Málaga y su madre de Utrera. El poeta nos dice en un poema: “Soy de tierra gaditana. / Pero me va por las venas / sangre de Utrera y de Málaga”. La poesía fue su amiga desde la niñez. Estudia el Bachiller en el Colegio Salesiano de Utrera y, posteriormente, Comercio en Jerez y Derecho en la Universidad de Sevilla. Profesor Mercantil y Abogado en ejercicio, Antonio reside desde siempre en Arcos. En otoño de 1948 gana la Flor Natural en los Primeros Juegos Florales de Arcos. En septiembre de 1953 gana, junto con su hermano Carlos, el Premio de la Vendimia de Jerez de la Frontera con Los ángeles del vino de Jerez. En 1955 se publica el libro de Antonio El Pueblo, que está dedicado a su hermano Carlos. “El -nos cuenta Carlos Murciano-, que ha escrito todo un Libro de Horas, en el que se ha hecho sitio (del I al VI) a los relojes, no sabe, desde un punto de vista práctico, lo que es un reloj. Nunca tiene prisa. Nunca, por supuesto, es puntual en sus citas. Nunca pregunta la hora. El va y viene por su Arcos, del bufete al Banco, de la copa a la copla, del cliente al amigo, del canto de un timbradoal último libro de versos; y viaja a Jerez, a Cádiz, a Sevilla, a su casa de campo, donde se ha construido una alta torre para encerrarse a escribir... cuando tenga tiempo. “Si interrogo tu silencio / nunca me contestas nada. / Nuestro pacto amigo tiempo, / no mirarnos a la cara”, dice. Y lo cumple. “Sueño de sueños, tiempo, / palabra sin sentido”. Para él, desde luego. Y no ironizo. Es así, sencillamente”.
La trayectoria poética de Antonio Murciano arranca de su libro ElPueblo, donde el paisaje es Arcos -sus patios, sus calles, sus casas, sus plazas- y los hombres son evocados desde la lírica cordial y sencilla del poeta; una lírica de hombre arraigado, intimista y nostálgico. La canción, el romance y el soneto son las formas predominantes; en la canción muchas veces se advierten los ecos de la vieja poesía arábigo-andaluza, como en la “Kasida de la mañana nueva”, y no faltan tampoco aquellas que recuerdan -por su tono impresionista- al Juan Ramón de la primera época. Amores la palabra es un libro juvenil en el que el poeta vierte su emoción ante el amor llegado. La semilla sigue situándose en la necesidad que experimenta de revelarse tal cual es y de “llamar a las cosas por su nombre”. De la piedra a la estrellaconstituye una toma de conciencia de la creación.
En Los días íntimosvierte la experiencia en la ciudad como lugar de su no ser y el reencuentro con Arcos, donde se recobra de nuevo: “... pueblo, / norte de un sur y para siempre mío”. Canciónmía, finalista del Premio Nacional de Literatura de 1965, comprende un conjunto de poemas en los que canta a la esposa, al hijo en los que vuelve a hablarnos de sí mismo, y Canciones confondo de esperanzanos dice cuál es el hombre nuevo que puede levantar el mundo. Fe de vidasignifica la mirada a los otros y al tiempo presente, que sólo puede resistirse desde la esperanza. “porque hombre es esperanza, busco, encuentro / este verso de paz contra la guerra / que el hombre libra, corazón adentro”. Poesía flamenca nos ofrece una variada muestra de sus poemas dedicados al mundo del flamenco y de sus coplas. Citaremos también dos obras muy conocidas: Campo Sur y Concierto en mí. Conjuntamente con su hermano Carlos ha publicado varias obras: Los ángeles del vino de Jerez; Antología de poetas de Arcos, Corpus Christi, Plaza de la Memoria y Arcos entre la realidad y el sueño.
Antonio Murciano es el poeta que dentro de su generación -la del 50- y de su tierra -Andalucía- se acerca con más fuerza a la poesía popular tradicional, cuyo trazado poético había quedado casi totalmente interrumpido a partir de la posguerra con algunas excepciones.
“Para mí -nos decía Antonio- poesía equivale a conciencia, a razón de ser. La razón de mi vida es mi canto”. Y añadía: “El amor es la clave del mundo. Sin amor no habría poesía”.
En la actual poesía española la obra de Antonio Murciano tiene lugar propio, lugar preeminente, no sólo por su calidad reconocida, sino por su alegría, por su bondad, por su amor, por su esperanza, por su fe en el hombre. Y como dice el poeta arcense: “Llevadme pies, por senderos / de libertad. / Rumbo al corazón del hombre / id, caminad”.
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“El mal y el bien, la prosperidad y la adversidad,
la gloria y la pena, todo pierde con el tiempo
la fuerza de su acelerado principio.”
Fernando de Rojas. La Celestina
UNA VOZ DEMASIADO HUMANA
El Bachiller Fernando de Rojas, famoso como supuesto autor de la admirable ficción dramática de La Celestina (1499), también llamada Tragicomedia de Calisto y Melibea, nos dejó de su paso muy borrosa huella; apenas un nombre y la afirmación de haber terminado la estupenda figuración tragicómica de Calisto y Melibea, a la que singularmente el personaje de Celestina hizo inmortal.
Hay algo en la lectura de la obra dramática atribuible a ese casi desconocido, que nos parece como una réplica de afirmación o negación más fuerte que el amor y la muerte o que el tiempo y su fiel seguidora la costumbre; ya que los cuatro nos trazan el ámbito de esta rara experiencia poética: y ese otro algo, más fuerte que todo eso, ¿sigue siendo -nos preguntamos- aquel otro poder, superior a los dioses mismos, el del hado o fortuna, o fatalidad o destino?
Escribe Menéndez Pelayo, tratando de La Celestina: “Las bellezas de esta obra soberbia son de las que parecen más nuevas y frescas a medida que pasan los años... Si Cervantes no hubiera existido; La Celestina ocuparía el primer lugar entre las obras de imaginación compuestas en España”. La Celestina, es una exposición dialogada y en prosa de los amores de un joven caballero, Calisto, que para lograr a Melibea recurre a la mediación y tercería de la vieja Celestina, la cual sólo pretende extraer ganancias explotando la ardorosa pasión, de acuerdo con Sempronio y Pármeno, criados de Calisto. En contraste con los amores ideales de Calisto y Melibea, aparecen los de Sempronio y Pármeno con Elicia y Areusa, hembras de baja extracción. La vieja Celestina es apuñalada por los criados, éstos son rápidamente ejecutados por la justicia; Calisto muere al caer de la escalera que le llevaba a sus furtivas citas nocturnas con Melibea, la cual se suicida poco después, dejando dramáticamente doloridos a sus padres.
La tradición en la que se sitúa La Celestina es una tradición culta, libresca y latina, tradición que arranca del teatro de Grecia y de Roma clásicas. La obra más perfecta, más importante y de más alto valor literario y sentido humano de lo que se vino a denominarse “teatro culto” es La Celestina. Lo es por sus indiscutibles méritos, por su arte depurado y por la genialidad de su autor; pero lo es, sobre todo, porque rompiendo con algo que era esencial en el “teatro culto” ha abandonado el latín para adoptar la lengua vulgar. Los personajes ya no son prototipos del mundo jerarquizado medieval, sino personalidades individualizadas características de la edad moderna, lo que los hace totalmente creíbles. El estilo de la obra conjuga a la perfección el lenguaje culto de los nobles con el popular de la alcahueta y los criados, la erudición con las expresiones de la calle, logrando un equilibrio magistral.
A base de documentación de archivo sabemos que el bachiller Fernando de Rojas fue hijo de Garci González Ponce de Rojas y de su esposa Catalina, y que nació en la Puebla de Montalbán, provincia de Toledo, hacia 1475. Allí era tenido por hidalgo y hasta tal punto se consideraba de esta condición, que a causa de los malos tratos que el señor de aquella villa daba a los hidalgos se trasladó antes de 1518 a Talavera de la Reina, donde se avecindó y contrajo matrimonio con Leonor Alvarez, y de donde fue transitoriamente Alcalde Mayor en 1538. En Talavera de la Reina murió entre el 3 y el 8 de abril de 1541. Cuando en 1525 la Inquisición de Toledo instruyó proceso contra Alvaro de Montalbán, su suegro, sospechoso y judaizante, el encausado declaró que su hija Leonor Alvarez, que tendría entonces treinta y cinco años, era “mujer del bachiller Rojas, que compuso a Melibea”, lo que revela bien a las claras el prestigio literario que le había dado La Celestina. En el citado proceso se califica a Fernando de Rojas de converso.
Como la Divina Comedia, esta humana, y aun demasiado humana, comedia o tragicomedia de Rojas, hace su aparición al filo de dos siglos, en el cruce justo de la crisis renacentista; ofreciéndonos su diálogo entre los términos de humanismo y humanidad. En efecto, humana, demasiado humana, le parecerá un siglo después a Cervantes la inmortal Celestina. Lo que nos dirá con su famosísimo juicio de que sería divina si encubriera más lo humano. ¿Y por qué o para qué encubrirlo? ¿Y por qué o para qué divina? Lo mismo sólo que al revés podría decirse del poema sacro dantesco: que sería más humano si nos encubriera lo divino. Cosa que tampoco me parece que tendría muy claro sentido. Precisamente, una de las más hondas y veraces afirmaciones que sacamos de la lectura de La Celestina es la de su experiencia infernal, negándose a encubrir lo humano y manifestándolo tan expresa, tan expresivamente encendido por la llama espiritual de su Infierno. Pues lo demasiadohumano de este mundo celestinesco, dentro del cual perecen trágicamente enlazados, y desenlazados, Calisto y Melibea, es su demoníaca, satánica espiritualidad; su fuerza, diabólica, de acusación espiritual pura. Que eso es Celestina, sobre todo; y en la que se separa y diferencia fundamentalmente de tantas otras como la precedieron y la siguieron en la vida y en el arte: una fuerza espiritual. Lo que la caracteriza tan distinta de una Trotaconventos, su gloriosa antecesora española, como la de su no menos inmortal sucesora, Gerarda; por citar sólo aquellas dos nacidas, inmortalmente, de las mejores plumas: Juan Ruiz y Lope. El acierto genial, como suyo, de la afirmación crítica de Menéndez Pelayo, cuya intuición, como siempre certera, nos orienta en este sentido, fue haberle llamado a Celestina, tan certeramente Séneca con faldas. ¡Qué estupendísimo acierto de crítica definición!
La invención de la Celestina, como la invención del Quijote, según nos dijo Manuel Azaña, no es la invención de un solo personaje, ni siquiera de un personaje tan significativo, como diría Malraux, sino la invención de un mundo. Y este mundo, el de la tragicomedia de Rojas, enlaza en su ámbito una visible dualidad temporal; lo que se ha señalado, históricamente, como dos vertientes que se juntan, y miran, una hacia atrás, a lo pasado, y otra hacia adelante, a lo venidero. Esa Edad Media que se supone por la crítica literaria o histórica que no acaba nunca en España es la que da su saber más profundo a esta obra poética. El hilado celestinesco juega el mismo papel trágico que el filtro amoroso en la época medieval: no cumple un destino, lo crea. A Calisto y Melibea no los mata trágicamente el amor: los mata el hechizo.
En La Celestina hay tres motivos o temas en que se apoya su fabuloso empeño de ilusionarnos, angustiándonos a la vez, con su ficción dramática: el tiempo, elamor y la muerte, unidos por la desventura de la pasión humana que se nos cuenta.
Celestina sabe muy bien, por experiencia propia, que el enemigo del amor no es la muerte: es el tiempo. El tiempo es quien separa para siempre a las parejas amorosas: la muerte quien las une, quien las junta, inseparablemente, para la eternidad. Es la muerte la que hace inmortal el amor de las parejas amorosas.
La realidad, la verdad, son cosa de ilusión poética; y nos parece lo que es: una ilusión de vida; el mayor milagro del arte poético: la creación de un mundo ilusorio. Una ilusión, un mundo, que, como nuestra propia vida enmascara una angustia de muerte.
De ilusiones se vive cuando no se vive de verdad, cuando se vive de verdad de ilusiones se muere. Pero hay que vivir de ilusión de verdad: vivir y morir de verdad. Esa es la semilla senequista que hizo florecer y fructificar Rojas en su estupenda obra, “fecha en aviso de los engaños de las alcahuetas y malos y lisonjeros sirvientes”.
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Rafael Porlán se enroló en la literatura de vanguardia, su obra, tanto en prosa como en verso, manifiesta una clara adscripción al surrealismo, a un surrealismo genuinamente del sur. Su trayectoria literaria ha quedado vinculada a la Generación del 27, y dentro de ella, al grupo sevillano de la revista Mediodía. “Porlán, nos decía Gerardo Diego- con su voz de otro mundo, nos sigue hablando desde el recuerdo y la imagen, nos sigue comunicando al oído su secreto cada día más puro y transparente (...) Porlán es el poeta capaz de milagros como el de esta definición irrefutable, condensación supremadepoesía: La fuente es, al fin, la pura / consagración del sonido”.
Rafael Porlán y Merlo nace en Córdoba el 9 de abril de 1899. Hijo de clase media, recibe una buena educación en la Escuela Superior Francesa. Con poco más de doce años llega a Sevilla. Su etapa sevillana significó un hito fundamental en su vida, y no únicamente en lo literario, ya que en la ciudad hispalense recibió impresiones imborrables de otra índole, pero nunca perdió su condición de cordobés. Porlán nos contaba que “en los barrios cordobeses sigue vivo un ensueño de cal”, que ya no quedaba en otro paraje andaluz, y, que le haría exclamar: “Ya no queda más que Córdoba”.
A los diecinueve años entra a trabajar en el Banco de España. A esa edad, también inicia sus colaboraciones periodísticas, publica algunos cuentos en La Semana Gráfica, Página y más tarde Lys, revista fundada por idea suya y de la que sólo salieron seis números a la calle. Poco después aparecen sus primeras novelas: Bess Rivero, El manto escarlata y La primera de San Julián.
Pronto seguirá la inspiración de Ramón Gómez de la Serna, que se proyecta sobre los aforismos de Pirrón de Tarfía, libro publicado en 1923, que puede ser considerado como un retrato del propio Porlán. “No hay más remedio que trabajar sobre formas no conocidas todavía”, escribe el poeta cordobés. Antes que el poema propiamente dicho, cultivó la prosa poética de creación surrealista, lo mismo que por parecidas fechas hicieron otros poetas andaluces, como José María Hinojosa o como el propio Vicente Aleixandre. En la década de los treinta ven la luz Primera y segunda parte de Olive Bardem, Mundo blanco y negro y La isla alegre. Ernestina de Champourcín hizo el siguiente comentario sobre Mundo blanco y negro: “Tu Mundoblancoynegro me ha producido la misma grata impresión que tus anteriores prosas. Veo que la ironía sigue siendo tu postura favorita, postura al fin y al cabo no exenta de romanticismo”.
En enero de 1933 Rafael Porlán asciende por oposición a secretario del Banco de España y tiene que trasladarse a Talavera de la Reina, donde escribe uno de los más importantes ensayos sobre la región natal: La Andalucía de Valera. Al año siguiente cruza de nuevo Despeñaperros para ocupar el cargo en Jaén. Importante fue su estancia en esta última ciudad, donde murió y realizó sus últimos trabajos literarios, y fue asimismo en ella donde publicó su primer libro de poesía. El poeta Diego Sánchez del Real nos contó que Rafael Porlán vivió en Jaén “haciendo poetas”, organizando tertulias y sembrando admiración entre la juventud que va a lamentar su pronta muerte.
El más ordenado conjunto de poemas en verso que publicó Rafael Porlán es el titulado Romances y canciones, no aparecido hasta 1936 en Jaén. Es un libro perfectamente escrito, donde se aprecian una esencialidad que recuerda a Salinas y una claridad y una exactitud que hacen pensar en Guillén. Bajo el verso puro y riguroso, late un andalucismo hondo y reconocible. Porlán tenía un sentido muy entrañado y noble de lo andaluz.
Durante la guerra civil se retira a Cazorla. “Estoy muy mal de salud -escribía Rafael- y no tengo ganas de curarme... Ahora no quiero más que sentirme dejado en paz...” Rafael Porlán muere en Jaén el 8 de agosto de 1945.
La razón de sus burlas e ironías no eran otra cosa que el desahogo civilizado ante la gran desilusión que le produce la vida, postura propia del romanticismo. Y es que, como dijo el poeta: “Ni salva de morir lo que se llora / ni siquiera lo muerto permanece. / Sólo sigue de pie lo que se canta”.
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La libertad no es fácilmente perceptible; más bien se ve la falta de libertad. Este hecho elemental tiene una consecuencia que va mucho más lejos: la propensión a una interpretación negativa de la libertad, como ausencia de trabas, coacciones o presiones.
El hombre europeo desde la crisis del antiguo régimen ha tenido como idea de la libertad su realización en unas cuantas libertades que se ha esforzado por conquistar y -más o menos- ha alcanzado en el siglo XIX. Sin ellas, se sentía oprimido y en servidumbre; y así consideraba a todo el que estaba en otros tiempos o en otras sociedades privado de ellas. Pero el problema es si la expresión que acabo de escribir es justa. ¿Es cierto que el hombre medieval estaba privado de libertad de expresión? Si empleamos la fórmula, tan usada, “libertad de imprenta”, salta a la vista el anacronismo; pero, por debajo de él, ¿cabe decir que en la Edad Media existía esa privación? Para ello hubiera sido menester que previamente a ella los hombres de aquel tiempo hubiesen tenido la pretensión de expresarse.
No poder votar es una falta de libertad... si se pretende votar. Durante milenios no se ha pretendido; desde cierta fecha, esto empezó a ser frecuente -aunque menos de lo que se piensa-; pero solo los hombres; en una fecha mucho más tardía, a un pequeño grupo de mujeres se les ocurrió que era ilógico que votase solo la mitad de la humanidad -en efecto, era ilógico-; y como estas damas tenían una especial sensibilidad para la lógica, esto les pareció una monstruosa privación de libertad.
La libertad real depende de lo que se intenta. Pero como el horizonte de las presiones, presentes con más o menos precisión en la mente de los individuos, hace que esos intentos lleguen a existir o se asfixien hastacomointentos, hay que tener en cuenta lo que podríamos llamar el niveldepretensión.
La “vida como libertad”, no se identifica sin más con la existencia de una libertad efectiva; sólo proporciona su posibilidad, establece su ámbito o alvéolo; para que la libertad de hecho exista, no basta con que sea posible: hace falta realizarla, porque la libertad no es algo que “se tiene”, sino que “se hace”.
La libertad concreta no consiste, claro es, en la ausencia de constricción, sino en la posibilidad real de proyectar y realizar la vida así proyectada; su primera condición es, pues, la imaginación; cuanto menor es esta, menor es el ámbito de la libertad. El caso límite es, naturalmente, el animal; aunque no pese sobre él la menor presión exterior, su mínima fantasía anula sus posibilidades de libertad.
En segundo lugar, la libertad requiere para su desarrollo un cierto grado de complejidad de la convivencia. Robinson Crusoe tenía una libertad absoluta, en el sentido de ausencia de presión o coacción social; pero el ámbito de su libertad real era extremadamente reducido.
El tercer aspecto condicionante de la libertad es la existencia de recursos suficientes. Por lo pronto, en la sociedad; más concreto, a disposición de cada individuo. Por eso, la libertad, sean cualesquiera sus demás posibilidades, está amenazada y restringida por todas las formas de primitivismo. La simplicidad de la articulación social, por ejemplo, hace que sean muy pocos los modelos accesibles a cada individuo entre los que pudiera elegir, la escasez de medios técnicos restringe la libertad: de viajar, de alimentarse, de realizar experiencias de todo orden; la estrechez económica reduce el radio de acción de cada individuo y elimina de su horizonte un sinnúmero de posibilidades, que están “ahí”, a saber, en la sociedad general, pero que no son efectivamente al hombre concreto, es decir, no son posibilidades suyas.