La misma necesidad, el mismo ímpetu, el mismo entusiasmo, y al cabo de los noventa la misma cantidad de goles. Pero en ese tópico, el de los goles, está la diferencia que puede explicarlo todo. Explicar por qué la realidad del Madrid –eliminado en la Champions y la copa del rey, y sin chances por mal rendimiento en la liga- está atravesada por la palabra fracaso; mientras el Barça, que no hará un año tan prolífico en éxitos deportivos medibles por el resultado, tiene a salvo la poesía de su fútbol y del fútbol, y esa es toda una victoria –la verdadera victoria-.
Pasen y vean cómo llegaron los goles:
Los del Madrid, equipo que casi no juega, incidentales todos, dependientes del error ajeno más que del mérito propio. Y la defensa del Barça se equivocó mucho, especialmente en el primer tiempo: Van Nistelrooy recoge un rebote de regalo en la puerta del área y no perdona, tampoco perdona de penal. Y en el segundo tiempo, que el local juega con un hombre menos por expulsión de Oleguer, Sergio Ramos la peina de espaldas al arco y la manda al ángulo, casi sin saberlo –de hecho se entera cuando se da vuelta, o es el bullicio, la ola sonora que deja un gol, la que le avisa que ha marcado-.
Los tres goles del Barcelona, siempre útiles para empatar, fueron poesía pura, producto del juego colectivo que se sostiene desde abajo y explota en el tridente mágico: Messi- E´too y Diño. Toque y rotación, paredes hasta en el área chica -recomiendo ver la que construyen el brasileño y el camerunés, para que defina después de las manos de Casillas, el argentino, que tuvo su gran noche, que hizo los tres empates tres, y lo corrió a Capello (a puro fútbol lo corrió, ¿lo corrió?)- y la convicción que alienta la búsqueda hasta el final para que el último de la Pulga llegue producto de una asistencia profunda, después de los 90, siempre la pelota contra al piso.
Jugar honrando la belleza del fútbol esa es la victoria, después suelen venir los resultados, es lo de menos.

La Pulga con la boca llena de gol... y ¿chau Capello?