El corazón golpeaba con fuerza en el pecho, desbocado, y se podían sentir sus latidos en las sienes. Cuando llegaron a una pared de ladrillo, en la que se apreciaban con nitidez los impactos de las balas, y les mandaron detenerse, supieron que habian llegado a su destino. Pero allí no estaban los hombres que habian sido fusilados horas antes, y todo se hizo más negro.
Virtudes supo que no podría abrazar a Vicente Ollero, y Blanca sintió que no tendría ocasión de cruzar una última mirada con su marido, Enrique García, ni de sentir el calor de un abrazo, la pasión de un beso. Morirían solas, como antes lo habian hecho ellos.
"Que sus nombres no se borren de la historia"