Al fondo del arroyo parecían despuntar las ramas verdes de un frondoso árbol, que mecidas al viento parecían saludarme… Cautelosa, me adentro un poco más y un estremecimiento me sobresalta… Tras esas ramas que divisaba se eregía un pequeño jardín, un oasis en medio de naturaleza muerta… Igual que el sauce, sorprendentemente había vencido al tiempo y las inclemencias… Una satisfacción placentera y delicada me invade de nuevo… Me encontraba con ánimos y decisión, segura de que podría volver a recuperar aquel pueblo… Un extraño presentimiento me decía que volvería a ser el amable y vital, el alegre paraje de antaño…
En comunión perfecta con la naturaleza, me serviría de catarsis purificadora, renaceríamos los dos de nuestras cenizas, cual ave fénix… En mimesis prodigiosa también yo me sentía naturaleza muerta, también con pequeños oasis de esperanza queriendo reverdecer en mi interior malherido, oscurecido por las sombras y tinieblas de muchos árboles caídos… Un leve resplandor porfiando por desvanecer para siempre el crepúsculo eterno en el que durante tanto tiempo había estado zozobrando mi existencia…
Tendiéndome en aquel escondido edén, cojo de mi inseparable bolso un libro, un bolígrafo y un folio en blanco que siempre portaba y rasgueo el papel con unas palabras:
“Sé que hoy sólo fue una pausa en el largo camino del olvido… Sé que hoy sólo fue el principio del olvido… Aun son muchas las nubes que volverán a oscurecer la travesía, descargando con fuerza tempestades… Pero hoy aprendí que la vida no acaba, sino que comienza… El cielo puede esperar…”