Ciruelos de ramas abiertas y copa esférica, con sus hojas contorneadas, bordadas de colores cobrizos y rojos en otoño y acicalando los huertos de profusos tonos blancos y rosados, en estampa única, al despertar la primavera… Almendros engalanados con la belleza de sus flores blancas rosáceas… Naranjos, perfumados a azahar, de copa frondosa y compacta… La inconfundible higuera de rama curvada, cuya sombra tanto reverenciaba… El porte majestuoso de los castaños, los cerezos en flor, de floración más bella del mundo la distinguía mi madre… Nogales, limoneros, manzanos, melocotoneros, robles componían un excelso y egregio vergel perfumado con delicadas y refinadas fragancias, primoroso aroma a camomilla, mimosa, ciprés, a narciso, magnolio, jazmín… Que la suave brisa que se erigía en la tarde aumentaba y mezclaba en explosión impetuosa de aromas y colores boscosos fastuosamente pintados…
Todo el bosque alfombrado del blanco y púrpura del acanto, naranja y rojo de las alegrías, los pétalos rojo pasión de las amapolas… Las fragantes azucenas, la mentolada nébeda celeste con su enjambre de gráciles abejas festivas, azuladas petunias, las amarillas margaritas que tantos amores había deshojado… Muérdago mágico sobre el que se cernían tantas leyendas… Todas porfiaban por engalanar el verde prado con la mayor belleza…
Un edén del que brotaban melódicas notas, como si los mismos ángeles descendiesen para agasajarnos con sus salmos… Gorriones, alondras, jilgueros, zorzales… Todos anhelaban deleitar ese recodo mágico de la naturaleza, bucólico e idílico, entonando delicadas melodías y sumándose con sus cantos al estallido de luz, colores y aromas… Con el espíritu gozoso tras todas esas sensaciones revividas, llego al viejo arroyo, ahora seco y maloliente… De nuevo, voluptuosa naturaleza transmutada en exangüe y decrépita vegetación… Contemplo sobrecogida…