El mismo olor me acoge a la entrada… Barniz de polvo en los egregios muebles, tapiz de telarañas, realces de serrín apolillado… Con valor, me asomo a la cocina… Estampas, impresiones, estela de una vida pasada en algún paño aún colgado… Por la pequeña claraboya apenas entraba luz ahora…
Súbitamente vislumbro a mi madre, allí, con su pequeño mandil de tela manchado de tizne y aceite… Con las manos y la frente enharinadas, preparando el pan de los domingos, mientras mi hermano y yo revoloteábamos a su lado, risueños, jugando con las pequeñas migajas que le iban cayendo al amasar aquellas grandes bolas de masa… Esperando ansiosos que hornease las primeras barras de pan… Parecía que aun podía percibir ahora aquel aroma a pan recién hecho… Aquellos primeros bocados de pan caliente en las tardes de riguroso invierno era uno de mis más tiernos recuerdos de infancia…
Tras estas nostálgicas evocaciones, continúo mi exploración… Por las estrechas y crujientes escaleras de madera subo con cuidado a la buhardilla… Un escalofrío me sobrecoge… Aquella había sido mi primera habitación… Ahora se encontraba vacía e inerte, entonces era uno de mis refugios favoritos. Un camastro, una mesa destartalada y una exigua cómoda era todo su mobiliario pero su pequeño balcón desde el que divisaba casi toda la aldea, con su pequeña parra de uvas verdes y agrias, le daba un encanto especial… Me acerco al balcón, de la vid sólo permanece un pequeño palo seco…
Intento alentarme ante tan desolador paisaje… Con un día de desinfección y limpieza, pronto lo convertiría en el acogedor hogar que había sido… Con todas las ventanas abiertas para que entrase la luz de la que durante tantos años se había visto privada, purificar el aire y que se fuese desvaneciendo aquel olor, resuelvo recorrer las desiertas callejuelas del pueblo, perderme entre sus rincones y prados…
Al bajar por una empinada cuesta de barro y tierra recuerdo que aquel era el frondoso camino que expiraba en un pintoresco riachuelo de aguas transparentes… A una y otra orilla del camino, una tupida arboleda se fundía en fraternal abrazo, formando un sendero con cubierta de hojarasca ocultándolo del inclemente sol del estío y que la brisa mecía en silbidos gozosos o lánguidos suspiros, trasegando el perfume desprendido por las flores y el salitre del mar cercano… Ahora, a cielo abierto, sólo unas hojas secas, que crujían a mi paso, de unas pocas ramas y troncos tronchados, de enjuta y ajada corteza, que apenas desprendían vida… Con la sombra de esta degradada naturaleza continúo camino abajo, en busca del antiguo
riachuelo… Solía pasar en él muchas tardes de verano… Era un mágico entorno sorprendente y fascinante… Un pequeño edén, que me a mis ojos inocentes, parecía sacado de un mismísimo cuento de hadas del que incluso yo me figuraba protagonista… Cuanto tiempo había permanecido allí, leyendo o escribiendo, retirada del mundo… Con la primorosa sinfonía de un caudaloso salto de agua derramando sus aguas, incansable, en el riachuelo, convertido con la luz del sol en reflejos brillantes centelleantes que me entusiasmaban… Al abrigo de un frondoso bosque de incalculables árboles y diversa flora…