Me asomo a la ventana, el automóvil que me debía llevar a mi destino ya estaba en la puerta… Recogiendo el equipaje, cierro la puerta de la que durante tantos años había sido mi morada… Una sensación extraña, ora nostálgica, ora temerosa, me hostigaba desde que me había levantado, abrumándome con su pertinacia… Vacío que se me clavaba punzante cuan puñales, en palidecido vértigo…
Apenas me había despedido de nadie… No me gustaban mucho las despedidas… En realidad no me gustaban nada las despedidas, exaltación grotesca e histriónica de las más enardecidas pasiones… Siempre había sido persona circunspecta, discreta, alejada de estridentes emociones… Camino de mi nuevo hogar, el lejano y solariego pueblo de mis antepasados, sincerándome conmigo misma, reconozco que a alguna persona sí hubiese deseado contarle tantas cosas… Aunque sólo fuese ofrecerle una explicación de mi marcha pero ya no había vuelta atrás posible… Y quizás ni yo misma tenía esa explicación…
Enclavada en aquel vehículo sofocante, un grito ahogado moría en mi garganta, sudor frío humectante cristalizando, en quemazón, sangre en escarcha… Nunca había imaginado cuan difícil iba a resultar esta travesía… Comenzaba a marearme… Ansiedad agarrotadora… Calor abrasador… Traqueteo inquebrantable, perpetuo, en aquel pavimento empedrado y polvoriento… En la herrumbre de aquel automóvil desvencijado, al filo del desmembramiento, intento divisar el horizonte, apenas un borroso paisaje yermo azabache y carmesí… La tierra parecía destilar gotas de alquitrán y sangre… Añoraba las verdes colinas de mi niñez, de frondosa vegetación…