FUEGO CRUZADO
Quienes tenemos la dicha o la desdicha de vivir en una ciudad, nos despertamos y si tenemos tiempo, nos dirigimos a las plazas de mercado, a las tiendas de barrio o a los supermercados a fin de adquirir nuestros alimentos para el día, la semana o el mes.En caso de no contar con tiempo, vamos a cualquier restaurante y allí calmamos nuestro apetito.Sin embargo, muy pocos nos ponemos a pensar de dónde vienen esos manjares que llegan hasta nuestra mesa (claro está, si tenemos poder adquisitivo para ser tocados por el Milagro).Y no lo hacemos, porque a parte de que no es una obligación citadina, el afán y el falso progreso nos impide realizar este ejercicio mental.
Los campesinos son esos hombres, mujeres y niños que a costa de su sudor (casi siempre mal pagado), proveen a las urbes elitistas y con gruesos cinturones de miseria, con los múltiples productos de un suelo fértil y generoso pese al alto poder destructivo de los seres racionales.Pero hoy estos parteros de la tierra están envueltos en el manto oscuro de un conflicto que con toda certeza, ellos no fueron quienes lo empezaron.
Confieso que cada vez que voy al campo tengo la oportunidad de relajarme y de descontaminarme de la polución que en las ciudades se pasea a sus anchas (sobre todo en la que eufemísticamente aún llaman “LA SUCURSAL DEL CIELO”); pero constantemente me pregunto si para quienes por trabajo y convicción deben permanecer en aquellos parajes poblados de diversos verdes, tanta dicha puede ser cierta.
La respuesta es obvia; “NO”.Y no lo es porque a pesar de tanto trabajo, su paga (con exceso de retroactividad) ha sido inmerecida por dondequiera que se le mire.¿Y por qué?, porque ésta ha consistido en una sarta de promesas y mentiras que desde la alucinante ciudad se desplazan hasta donde habitan las personas que con el esfuerzo de sus manos le dan de comer a un país que al parecer, lo que menos le importa es agradecerles.
Digo pues, que la dirigencia citadina y otras fuerzas terriblemente fantasmales, hoy están oprimiendo al campesino y lo empujan hacia un abismo sin que nadie haga algo para evitar la tragedia cotidiana que se cierne en los hombros de este ser que sólo interesa y viene a cuentas en las épocas electorales.Que en sus manos surcadas por las huellas del azadón, se ven la tristeza y la desesperanza producidas por la demagogia, perfume que impregna al falaz Gobierno de nuestro país.
Y ni hablar del fuego cruzado, fenómeno que se ha encargado de poblar al campo colombiano de sonidos infernales, a cambio de la música de las aves, el madrugador mugir de las vacas, el tempranero relincho del caballo, el correr arrullador de los ríos y demás sensaciones por las cuales los habitantes de la urbe corremos a refugiarnos de la abominable selva de concreto, en lugares hoy contaminados por un mortal conflicto socio-político, donde los muertos principalmente los ponen quienes durante décadas le han dado de comer a una vergonzosa patria desagradecida.
Wilson Perea Estupiñán.