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Semblanza. Un joven invidente, que aspira ser periodista, busca padrinos para sus dos libros
Wilson, el poeta que acaricia las palabras
Agosto 27 de 2004
Luego de escribir sus versos en braille, Wilson los transcribe en un computador para recibir las opiniones.
Hernán Tovar / El Pais
Este bonaverense tiene más de cien poemas compilados en los textos Escribo y Azul Pacífico. “La poesía tiene que pellizcarte desde el primer verso”, dice.
Sus días los divide entre su trabajo en la Sala Jorge Luis Borges del Centro Cultural de Cali y su carrera de comunicación social.
Por Claudia Liliana Bedoya S. Reportera de El Pais
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Me dejé llevar por sus versos, aquellos que cautivan desde la primera línea, y en los cuales se vislumbra un mosaico de sentimientos: amor, dulzura, melancolía,
tristeza y nostalgias en un solo fragmento.
Sin pensarlo más de dos veces, decidí conocer a Wilson Perea Estupiñán.
Lo único que sabía era que sus versos tenían un encanto particular, y que salían del alma de un hombre que tiene fresca en su memoria su niñez traviesa
en Buenaventura, en la que conoció los colores y bellezas de la vida que hoy no puede ver.
Detrás de unos lentes negros se ocultan sus ojos, pero sus manos son la ruta para que su corazón hable. Gracias al braille y a la tecnología, Wilson Perea,
quien trabaja como asistente de la sala de invidentes Jorge Luis Borges, de la Secretaría de Cultura de Turismo de Cali, crea sus poesías.
Ya en su inventario tiene dos libros que aguardan pacientemente a que una editorial los publique. Wilson confía en sus textos y sabe cómo identificar aquellos
poemas que valen la pena. “Lo mejor es escribirlos, dejar pasar un tiempo y leerlos de nuevo para ver que sensación producen”.
Es que en su criterio “La poesía tiene que pellizcarte desde el primer verso, y si eso no pasa en el segundo o el tercero, el texto no sirve. Te tiene que
tocar”.
Eso sucede cuando se leen textos como ‘Y Dios me dio los libros’ (ver recuadro), escritos por un hombre que fue discriminado en su tierra natal por ser
ciego, y que sólo pudo ir a la escuela cuando era un adulto.
Su historia. Antes adentrarme en su intimidad y conocer su vida, me quedo sin palabras al ver la agilidad con la que Wilson maneja el braille. Luego soy
testiga de un ritual único: ver a este poeta acariciar sus versos. Y es aquí donde él se devuelve en el tiempo para contarme su historia...
“Desde muy pequeño siempre había querido escribir. Nunca pude leer convencionalmente, pues siempre mi visión fue limitada debido a una deficiencia congénita.
Me hicieron cuatro operaciones, pero a medida que iba creciendo se me iba disminuyendo la visión.
Tuve una niñez bonita en Buenaventura, mi tierra natal, hice travesuras y tuve la infancia que a mucha gente le ha faltado. En casa, mis hermanos me explicaban
cómo era el proceso de la lectura y cómo se conformaban los sonidos.
Sentí la pérdida de la visión en la adolescencia cuando mis amigos me rechazaban por ser ciego y no me llevaban a las fiestas o a ciertos lugares porque
decían que era un encarte.
Iba a cumplir 18 años y me llamaron a integrar un grupo de cinco personas que de Buenaventura viajaríamos a Bogotá para rehabilitarnos y regresar a la ciudad
para multiplicar ese proceso con otros invidentes. De los cinco fui el único que continuó.
Durante un año aprendí a escribir en braille, a desenvolverme en una ciudad, a desarrollar labores como lavar, planchar y cocinar, y a usar una máquina
de escribir normal.
Una hoja en blanco en esa máquina me llevó a hilar ideas. Siempre había querido escribir y lo intenté. Cuando me leyeron un texto de mi autoría me sorprendí,
por la sensatez y la coherencia que tenía y seguí con eso...”
Nuevos horizontes. Tras su rehabilitación, Wilson se hizo fiel amigo del braille y de la máquina de escribir, que se convirtieron en los vehículos de sus
sentimientos.
Luego de más de un año en Bogotá, en donde también trabajó como mensajero, regresó a Buenaventura, y de ahí a Cali motivado por hacer cosas beneficiosas
para su vida.
Aquí le dio vida a uno de sus mayores anhelos: estudiar en un aula regular. Cursó primaria y bachillerato acelerado en un colegio de Comfandi, fue una carrera
contra el reloj que quiso asumir, pero que disfrutó “de principio a fin, y como en todo, hubo dificultades trigonométricas, físicas y químicas”.
Su fuerte fue el lenguaje, la historia y la geografía. Fueron tres años de aprenderse fórmulas sólo para pasar los exámenes y luego aprendió -‘cacharreando’-
el manejo del computador para invidentes y tomó un curso sobre mantenimiento y ensamblaje del PC.
Hoy, Wilson divide su tiempo entre su trabajo en el Centro Cultural de Cali en donde les enseña a los usuarios a manejar la tecnología para su beneficio
y su carrera de Comunicación Social en Instel.
Aunque escribir versos es su terapia, este bonaverense quiere ir más allá y sueña con buscar historias y noticias para publicarlas en un periódico o difundirlas
a través de la radio. Pero su prioridad está en que sus libros Escribo y Azul Pacífico algún día reciban el guiño de un editor.
Antes de despedirme de Wilson he aprovechado para indagar sobre lo que guarda en su maleta sueños: “tener dos hijos, ser dueño de una librería para que
un día vayas a comprar un libro -me dice- y seguir escribiendo. Sería riquísimo tener la oportunidad que tuvo Borges: de cobrar por estar leyendo libros
y estar entre ellos. Esa es la vida que me merezco”.
Perfil
Wilson Perea Estupiñán
Lugar y fecha de nacimiento: Buenaventura, 10 de junio de 1974
Edad: 30 años
Padres: Reynel y Rosario
Hermanos: Tania y Héctor
Libros: Escribo (2002) y Azul Pacífico (2003)
Distinciones: en el año 2001 logró el primer lugar en un concurso de poesía organizado por el Instituto Nacional para Ciegos. Y en el 2002, ocupó el segundo
lugar en el mismo concurso.
Y Dios me dio los libros
“El mundo acabará de joderse, el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga” Gabriel García Márquez
Para darle dignidad a esta ceguera
por la que muchos ignorantes me subestiman
para mostrarme las lejanas primaveras
que a mis ojos ya en penumbras son esquivas.
Me dio los libros para que el fatal insomnio
no me arroje al suicidio circundante
para soñar con el amor que tanto espero
cual la Beatriz que en tantas noches soñó Dante.
Para vibrar con Scherazada y sus historias
y amar a Troya como el valeroso Héctor
para mirarme en “El Aleph” donde está todo
mientras Melquíades en Macondo se hace viejo.
Y entonces Dios en su bondad me dio los libros
para que el mundo y su ignorancia no me aplasten
me dio los libros y los versos aquí escritos
en los que mi alma eternamente ha de quedarse.