Hacemos una breve pausa en las “ensoñaciones” cocineriles de Fermín para dar paso a otro capítulo de las emocionantes memorias de Mariano Cañas. En esta ocasión el título os sonará cinematográfico, al menos a los que vamos teniendo una edad o a los aficionados al séptimo arte más clásico: El Caid…
Os dejamos con sus palabras.
Saludos a todos.
Pedro A.
El poco tiempo que duraba en aquellas latitudes de las que os he hablado en entradas anteriores, el buen tiempo, lo pasábamos paseando a caballo hasta una laguna a bañarnos y como los días eran más largos, no teníamos que encender las lámparas malolientes de petróleo, cuando se acababa la hora de luz eléctrica que nos proporcionaba el motor de dos tiempos del Tabor.
Los días de zoco (mercado) no era raro ver paseando entre las tiendas al Caid (gobernador marroquí) siempre escoltado por dos o tres hombres. Este hombre de espesa barba blanca parecía haber salido de una estampa bíblica. Un día un tipo intentó apuñalarle por la espalda y cuando sus escoltas le apresaron, el Caid hizo un ademán con la mano, mientras con la otra sostenía el cuchillo con que había sido herido y dijo a sus hombres "Dejadle marchar, que no vuelva por aquí. Un hombre que ataca por la espalda no es digno de vivir en mis terrenos" Naturalmente le entramos en el acuartelamiento y nuestro sanitario, el fiel Hassani, le curó. Este Caíd, en la guerra de Marruecos luchó contra los españoles pero finalmente peleó en el bando nacional en la guerra civil.
Un día siendo la fiesta de la Uamara, una especie de festejo religioso en la cumbre del Yebel (monte) Tisiren, pidió al capitán un caballo para asistir a la fiesta. Se le dejó un caballo y al verlo nos dijo en perfecto español (cosa rara porque siempre hablaba en árabe): "Pensáis que soy mujer… Traed un caballo entero"
Le habíamos llevado un caballo capado y más bien pacífico pues la subida al monte era muy empinada y nos pareció que era lo mejor. Le llevamos a la cuadra para que eligiera y escogió un caballo con sus atributos bien puestos. Un caballo más bien nervioso que el Caid montó hasta que llegamos a la fiesta después de subir casi hora y media.
Luego de la fiesta nos invitó para que fuéramos a comer un día a su casa. Pasó el tiempo y llegado el día, los oficiales cogimos los caballos y nos dirigimos hacia allí.
Al llegar como era lo ordenado vinieron los largos saludos: S-alamálikum-contestando Alikum salam- siguiendo con Se bab- el jer. Luego venía lo de “be hal aalia”.
Es decir: La paz sea con vosotros -con vosotros sea la paz- buenos días- como está la familia......preguntando por el ganado y por último como está la mujer. Entramos a continuación a un extraño patio- habitación casi octogonal en medio de la cual había una alfombra con frutas de toda clase y una serie de cojines donde sentarse.
Llegaron unas muchachas que no llegarían a los 16 años y empezamos con el lavatorio de manos con agua de azahar, luego pinchitos morunos, huevos cocidos, pollo y cordero e ingentes cantidades de dulces, eso sí, llenos de moscas que revolotean alrededor y entre plato y plato, a lavarse las manos y tomar ese rico té moruno.
Son comidas interminables , llenos de eruptos y el consabido Bara´-Allah-Ufick. La comidas morunas, aunque sean en casa de un hombre que no sea rico, para un europeo pueden resultar algo incómodas: se te duermen las piernas pues son horas sentado con las piernas cruzadas y el sonido de su idioma –que no entiendes- se te hace pesado y monótono. Las invitaciones podían ser por cualquier cosa: un repudio a su mujer, porque la funa (vaca) ha parido, porque ha habido buena cosecha, porque ha llovido, porque no llueve.... Estas comidas se celebran en lo que ellos llaman uestad dar.
Las invitaciones a una boda eran particularmente “intensas” por llamarlas de algún modo: Se reunían por un lado las mujeres y en otra habitación los hombres invitados por el novio. Los hombres se tiraban los dos días de festejo charlando y bailando, dando saltos sobre sí mismo hasta que se volvían como locos producto de la agitación y del kifi hasta caer derrumbados.
Pero sigamos con aquella comida en cada del Caid: Las muchachas que nos habían servido comenzaron a bailar. Yo eso nunca lo había visto y mis compañeros tampoco. El Caid se volvió hacia el capitán y le preguntó ¿Leilas mesianas, ie, la?, Extrañados por la pregunta no supimos que contestar y volvió a preguntarnos ¿Leilas mesianas, ie, la?. Es decir nos preguntaba si nos parecían bien o no las moritas. Naturalmente por cortesía afirmamos con la cabeza y, sereno, el Caid nos contestó en perfecto castellano: “Pues son mías, solo mías”
...Otro día seguiré con lo que nos pasó con los iestejaris (guerrilleros en pro de la independencia de Marruecos).
Gracias por tus Historias, Mariano. Hasta la próxima.