Acabo de leer la entrada en que Fermín nos cuenta su aventura en el Desfile del Día de las Fuerzas Armadas. A pesar de que estos últimos tiempos estoy muy ocupado y tengo algo perdido el blog, no he podido por menos que ponerme en su lugar y sentir esa sensación que describe.
Yo no estuve allí pero sus palabras me han trasladado a Zaragoza junto a él. Esto es lo que he sentido.
Saludos a todos.
Pedro A.
Toda la mañana apostado en aquella valla amarilla me producía un cierto dolor general. Quizá me recordaba a aquellas jornadas de vigilancia o de homenaje cuando, siendo wadrrero, nos colocaban de trecho en trecho para saludar al paso de la comitiva por las calles del Madrid de los setenta.
Las distintas compañías marcaban el paso al ritmo de aviones de infernal estela acústica y luminosa. Semblantes sudamericanos, cuerpos de mujeres soldados… cambios inimaginables en las huestes defensoras de las esencias patrias en aquel tiempo ya lejano.
El repiqueteo de botas y estandartes se va perdiendo adormecido entre al vibrar potente de las cadenas de los AMX30. Deben estar cerca ya que el asfalto se mueve cadencioso, diríase que acariciado por la poderosa zarpa de las inmensas moles grisaceas. Se divisan ya los cañones de la primera andanada. Pasan ante mi vestidos de recuerdo. No diviso a los soldados que los conducen. Veo otras caras. Otros uniformes. Otra página del calendario. Pasa uno más. Otro carro. El ruido es ensordecedor y eso favorece la batida que mis neuronas hacen por al recuerdo anclado en otros tiempos. Sargentos, Maniobras. Capitanes. Rancho. Saludos. Bandera. Adoquines. Canciones de fondo. Sueños de teleclub. Grapadora de oficina. Vales de cocina. Dianas y Retretas… Todo desfila frente a mis ojos envuelto en la bruma de los motores, en el olor a combustible, a pintura de retoque, a sudor de cortejo.
Cierro los ojos. Abro más nostalgias.
Alguien me empuja. Miro a mi derecha. Unos “vivas” enardecen a quienes me rodean y casi me despistan.
Delante de mi, a unos pasos, coloreado sobre el gris verdicaqui de la torre de un carro, bailotean frente a mis ojos los números 3 2 3. Me fijo de nuevo. ¡No puede ser!, me digo…
Tengo la tentación de pellizcarme, de darme una bofetada cuartelera para volver a la realidad, pero no. La realidad está ahí fuera, tras la valla amarilla. El carro 323 está desfilando en ese momento. Yo podría ser quien siente su fuerza bajo mis piernas. De hecho ya lo fui en ese pasado que da vida al blog.
La sensación de “dejá vu” deja paso a la del desasosiego, a la duda, a la desazón de no saber si realmente todo ha sucedido. ¿Era ese carro aquel que navega en mi recuerdo?.
¿Quién era el chaval que surcaba el asfalto en mi lugar?
La valla amarilla se mueve y chirría sobre el suelo. Miro hacia abajo y veo una lustrosa bota brillante marcando un paso marcial pero cansado. Al subir la mirada ya es otra cara quien se topa con la mía. Otro soldado. No sonríe. Parece mirar al 232 que va delante. Quiero saltar esa valla y subirme como antaño a la torre. Quiero mirar atrás y ver a mis camaradas de entonces. Pero no puedo. La valla amarilla me lo impide. Y quizá también la sensatez que supone haber cumplido muchos años desde entonces.
Un nuevo avión me distrae. Sé que si miro al cielo ya nunca volveré a ver de nuevo al viejo 323 y, sin embargo, dejo que mi pupila se llene de azul nuboso.
También hay que decir adiós a los recuerdos…
Pedro A.