CAPÍTULO II
Y es que... como se dice por estos pagos ¡ Qué poco dura la alegría en casa de los pobres ¡ Aquel trato regalado no habría de conducir a nada bueno.
Pronto llegó el día en que de buena madrugada me embarcaron en un desvencijado carro tirado por dos mulas llenas de mataduras y nos hicieron a mí y a otras cuatro terneras un viaje de unos 15 kilómetros,y todo apuntaba a que pronto íbamos a pasar a mejor vida y a formar parte del suculento ágape de algunos ricachones de la ciudad.
Se nos llevaba al mercado para ser vendidas, según pude entender, como carne de primera. Y esto era así por cuanto mi amo se esforzaba por mostrar mi lengua inmaculada, ( mi alimentación había sido exclusivamente de leche, -decía),y así aquella carne debía constar entre las mejores que se preciaran en un buen mercado de cualquier capital de provincia.
Aquel día de mercado, no fue un buen día para mí; y aún lo hubiera sido peor si no fuera porque vinieron muy pocos tratantes y el mercado estuvo muy flojo. Se vendió poco, y mal. A algunas como a mí,me devolvieron a la tenada,y quise creer que de la primera me había salvado. Y así fue, Mis buenas hechuras, mi arrogancia, mi buena presenciay dado que mi madre formaba parte de la yunta y se había resentido de una pata, fue el motivo que el que me echaran a pastar,y con ello mi vida dio un giro de ciento ochenta grados.¡ Quién sabe si para bien o para mal! Pero la cuestión es que de momento había salvado la pellica.
Eso sí, se acabó el postre azucarado,y pronto descubrí que, si bien durante la noche que acompañaba a mi madre al prado,disfrutaba de toda la leche que ella era capaz de producir, cuando volvía al establo, me ataban al consabido pesebrey allí aprendí a resignarme y matar el hambre aprendiendo a comer paja y algo de harina, algunas berzas, nabos picados etc.
Por las tardes,antes de salir al prado,observaba como los dueños se aproximaban a la madre vaca y mientras ella disfrutaba de una buena pastura de harina de garrobas, las ubres quedaba bien ordeñadas. El puchero abarrotado de espuma sobresalía por la boca y cuando me soltaban, por más perches que yo propinaba,allí no quedaban sino unas tetas lacias, y una ubre hecha un pingajo.
Era por la noche, cuando en el prao, de vez en cuando me acercaba a la ubre de mi madre y me administraba unos buenos chupetones. Entre lo que yo ya iba comiendo, la pastura y la hierba fresca,conseguí una equilibrada dieta que me colocaba de nuevo en una situación placentera. Yo amaba por la noche, y ellos se mamaban la del día.
DGH
. Continuará...