La Guardiana:
LA GUARDIANA
Ella vive su solitaria quietud delante de la puerta de entrada. Mayestática, altanera, imperante. Con los pies en el suelo, sujeta a él, soporta impertérrita los más secanos estíos y las terribles heladas invernales. Son ya unos veinticinco años. Aunque un cuarto de siglo no es nada para una planta leñosa, de la familia de las imparipinati compuestas. Ella es una, entre las cerca de seiscientas especies que tienen registradas los botánicos.
Su vida comienza cuando, tras la admiración de la madre, su actual dueño decide perpetuar la especie. Una simple semilla, ni siquiera del tamaño de una lenteja, dejada germinar en un bote de yogur, constituye el inicio de una nueva vida: así nació La Guardiana.
Azares de la vida, a su temprana edad, La Guardiana hubo de ser transportada lejos de su madre. Fue en todo caso un viaje a través de la piel de toro: del este al oeste. Cuidada dentro del germinadero yoguril, La Guardiana, viaja un verano del 83 de los templados ambientes medirterráneos, a las áridas tierras de Castilla.
Allí dejó pronto su hábitat germinal, para comenzar a succionar de la nueva tierra madre, las humedades del Tormes que viera nacer a Lázaro, y a recibir la brisa gélida invernal del Moro Almanzor.
Habían de pasar más de dos años, para que nuestra protagonista fuera asentada en el lugar privilegiado al que iba destinada. No sin los permisos pertinentes de parte de la alcaldía, La Guardiana se asentó definitivamente en la calle Arrabal Cuarta, en la via pública, y a la derecha de la puerta de entrada. Su destino había de ser aquel: para proporcionar sombra y verdor en un lugar, donde el verano deja caer un sol de justicia, y rodeada de un colorido agostado, pajizo, y siempre seco.
La casa solariega (que dijera nuestro poeta), nueva y exuberante, debía dejar paso a un pequeño vergel, que se anticipara en la puerta de entrada. Que se percibiera desde lejos. Que fuera seña de identidad. La acacia, debía ser el signo inequívoco de la casa recién construida. Tal vez no debiera estar sola; pero en cualquier caso, ella debía de ser majestuosa, no muy alta, copuda y hasta, a ser posible, florida, en la época más estrictamente veraniega.
La Guardiana debía convertirse cuanto antes en paraguas natural, que frenara los rayos que fluyen de ese sol castellano en los meses de julio y agosto. Un paraguas que sea espeso, lleno de follaje, amplio, y de no demasiada altura. Debería arropar al poyo de granito que a sus pies fue colocado por su dueño. Una acacia, que evite calentar a lo largo del día aquel poyo colocado en su base, del sol irresistible de cada jornada veraniega.
El sueño se ha ido esta vez, poco a poco, haciendo realidad. Hoy nuestra protagonista, a un metro del suelo se despacha con un tronco de setenta centímetros de diámetro. Ahora, y desde lejos se aprecia la exhuberancia de La Guardiana. Ella, es distinguida del resto, de las pocas plantas verdes, que se atreven a levantar su voz en pleno verano. Los olmos, que antiguamente fueron habituales del lugar, en Navamorales, dejaron paso, hace ya unos años, a una tierra agrietada y seca. Ellos que mostraban con su verdor primaveral los lugares más irrigados, perecieron. Ellos que contituyeran de un pulmón natural de nuestro pueblo,están a punto de desaparecer. Es verdad, que una y otra vez han intentado sacar la cabeza, ¡pero no!, vuelven a secarse los brotes primaverales en pleno verano. También abandonaron el lugar las grullas, que pernoctaban y llenaban de vida las tardes veraniegas del lugar.
La Guardiana ha tenido suerte; podríamos decir que acertó en su ubicación. Que llegó en buen momento. Otras de la misma familia no corrieron la misma suerte. Ella, nació en buena casa, y solamente se tenía que dejar llevar. Vino a hincar su raíz principal cerca de un pozo rústico, que por suerte está forrado por el interior con piedra de granito; piedra sobre piedra: sin argamasa de ningún tipo, como construían los antiguos. Y es hasta allí, donde La Guardiana parece que ha orientado alguna de sus raíces principales.
En lontananza, compite con la milenaria encina; pero son diferentes. La Guardiana tiene porte distinguido, se acomoda cerca del hábitat del hombre. Ella cohabita en zona urbana con las inolvidables moreras.
Por su parte, la encina es del todo nuestra de siempre y de una gran rusticidad. Parece ser portadora del carácter más propiamente autóctono, mientras que la acacia, se muestra como recién llegada. Urbanita. Esta especie, en sus múltiples variantes se ha acomodado, y así deja visualizar su gran porte urbanita decidida a cohabitar con la rústica encina. Pronto tendrá pasaporte propio y, con todos los papeles en regla, podrá presumir de carta y titularidad “per se”.
Tal vez la milenaria encina, muestra el adusto ser, por su grandilocuencia; La Guardiana nunca la tratará de emular; son dos especies distintas; pueden convivir, y nunca disputar la personalidad de la otra; su identidad está cargada de años, de lustros y en muchos casos siglos.
La acacia, pariente de la morera, tal vez cruzó el estrecho, ¡ quien sabe si en patera! , o en un barco vikingo con los amigos de D. Rodrigo allá por los albores de principios del siglo VIII; tiene en cualquier casó menos pedigrí. Aún no conocemos sus aplicaciones medicinales, su tanino, sus resinas, su goma o su extraordinaria madera.
La Guardiana acaba de llegar, pero hoy a conseguido todo el papelámen y es hoy por hoy un nuevo habitante de Navamorales en toda regla; ya está legalizada; ella que debió vivir ilegal durante muchos años, debe intuír que todavía necesita demostrar que se merece vivir entre nosotros; y yo creo que se está abriendo un hueco.
Para empezar, la acacia va cumpliendo sobradamente los objetivos para los que fue allí plantada; y posiblemente hasta se excede. Yo creo que se esfuerza por agradar. Tal vez para competir con las nativas encinas, nuestra Guardiana florece en pleno mes de agosto. Los pomos de flores blancas, dan paso seguidamente a un sin fin de abejas que encuentran en su frondosa copa, profusamente florida, el néctar que precisan. Unos meses antes, las abejas habían desfoliado la flor de la encina, y ahora lo hacen con profusión de la recién llegada acacia.
Nuestra Guardiana ha venido –o así lo parece- con los brazos tendidos. Algunas de las de su especie, como el subgrupo de las dealbata, proyectan en sus ramas jóvenes unas espinas geminadas. Ella no. Llegó desnuda , con el porte del recién llegado , y dispuesta a vivir y procrearse entre nosotros.
Creo que se está ganando un sitio. Que está enraizando bien. Que está soportando cualquier tipo de xenofobia, que pudieran plantearle sus hermanas autóctonas. Tal vez -también hay que decirlo- su llegada haya sido oportuna: ¡ Más vale llegar a tiempo que rondar un año.! Los olmos casi han desaparecido. Las encinas menudean; y no aparecen signos de vegetación nuevos; más bien parece que se anuncia una imparable desertización. Diríase que estamos soportando el más bajo índice de natalidad - también de la de la flora- que se recuerda.
Pero ante todo, La Guardiana está cumpliendo un cometido. Ella hoy es legal y está respondiendo a les expectativas que su dueño puso en ella. Creemos que a su vez ella se siente recompensada; y en estas circunstancias, es prudente y tal vez no deba, ni debamos, pedir más...
DGH