El amor de NavAMORales
(Homenaje a Gabriel y Galán)
¿Por qué estás triste mujer?
¿ Pues no sabes que el querer
Como nosotros lo vemos
Y así todos lo entendemos
Es auténtico placer?
Crees que mi amor es menor
Porque tan hondo se encierra
Y es que ignoras que el amor
De los hijos de mi tierra
No sabe ser hablador.
¿ No está tu gozo cumplido
Cuando vamos hacia el prado
Paseando entre las flores
Casi todas de tu agrado
Y no se oye ni un suspiro?
¿ Te place la patria mía?
No en los meses del invierno
Ni cuando nieva to’l día
Y los caminos se inundan
De charcos y de agua fría.
El campo que está a tus pies
Parece que te acogiera
Como un alfombra de flores
Por tal que te produjera
Más orgullo e interés.
Busca en él las soledades
Agua fresca y buen comer
cortas tardes otoñales
Paseos al atardecer
Y pocas solemnidades.
Si tú gozarlo supieras
Todo lo que tiene él, ( Navamorales )
Pronto aquí tu te acogieras
A compartir mi mantel
Y conmigo te vinieras.
¿Quieres que vaya a buscar
Pamplina al campo contigo?
A la altura del Nuncar
Hay un prao como te digo
Con mucha para segar.
Para que tú te regales
Voy a buscarte un tostón
Por todo lo que tu vales;
¡Que tu vales un montón!
Y más en NavAMORales.
Ni conejillo bravío
Que me pidas dejaré
Lo que quieras ¡ amor mío!
Para ti trabajaré
Que por ti pierdo el sentío.
¿ Quieres que hiera en su vuelo
A esa paloma torcaz
Para llevarla al puchero
Y comer a lo voraz
Como si fuera un carnero?
Si buscas flores sencillas
Todas las tendrás aquí;
En los prados, campanillas
En la ribera, claveles,
Y en huerto, florecillas.
Si quieres, rosa temprana
Aquí tienes que esperar
Pues el invierno se ensaña;
Puede que llegue hasta a helar
Bien entrada esta mañana.
O vamos a mis sembrados
Para que veas la vesana
Y los surcos bien tirados
Que trazo yo con mi yunta
Derecha, de lado a lado.
Verás mecerse, aireadas,
Las hojas de los sembrados
los juncos de la ribera
La hierba de las praderas
Las espigas ya granadas.
Y mientras gozas del vago
rumor del viento indulgente
Yo te preparo un buen trago
De cafelito caliente
Para pasar un buen rato.
Y conmigo, nueva Ceres,
Yo te propongo que vengas
Y si tu así es que lo quieres
Nos vendremos para el pueblo
Que tiene el AMOR que quieres.
¿ Sientes ganas de llorar?
Pues no reprimas tu instinto
Yo te quiero recordar
Que todo aquí es muy distinto
Que allí, en nuestra gran ciudad.
Mas… vamos para el prao un rato
Retocemos en la hierba;
Tu te quitas esos jatos
Y, nos echamos la siesta
Alli cerca del regajo.
¿ Quieres que de esa ladera
Nos bajemos hasta el río
Subamos por La Tejera
Se nos quite todo el frio
Y volvamos por la era?
¿Lloras? Pues si es de ternura
¡ Tu tienes facilidad!
Aprovecha esta aventura
Sin perder la compostura
Por toda la eternidad.
Mas si lloras desconsuelos
Aquí no te escucharán
Ni los ángeles del cielo
Ni los cárabos del suelo
Por tus lloros llorarán.
Y si piensas que es menor
Porque tan hondo se encierra
Recuerda que el hondo amor
De los hijos de esta tierra
No sabe ser hablador.
¡ Alégrate, pues, mujer! ,
Que yo sé que, tú amor, vales
Y tienes ese interés
Que vale más que la mies
De todo Navamorales.
DGH
Poesía Castellana de Jose María Gabriel y Galán
¿Por qué estás triste, mujer?
¿Pues no te sé yo querer
con un amor singular
de aquellos que hacen llorar
de doloroso placer?
Crees que mi amor es menor
porque tan hondo se encierra,
y es que ignoras que el amor
de los hijos de esta tierra
no sabe ser hablador.
¿No está tu gozo cumplido
viendo desde esta colina
un pueblo a tus pies tendido,
un sol que ante ti declina
y un hombre a tu amor rendido?
¿Te place la patria mía?
No en sus hondas soledades
busques con vana porfía
la estrepitosa alegría
de las doradas ciudades.
El campo que está a tus pies
siempre es tan mudo, tan serio,
tan grave, como hoy lo ves.
No es mi patria un cementerio,
pero un templo sí lo es.
Busca en ella soledades,
serenas melancolías,
profundas tranquilidades,
perennes monotonías
y castizas realidades.
Si tú gozarlas supieras,
ahora mismo depusieras
tu adusto ceño sombrío.
¿Qué de mi patria quisieras
para alegrarte, bien mío?
¿Quieres que vaya a buscar
cuarzos blancos al repecho,
colorines al linar,
nidos de alondra al barbecho
y endrinas al espinar?
Para que tú te regales,
no dejaré una con vida
veloz liebre en los eriales,
ni esquiva perdiz hundida
del cerro en los matorrales,
ni conejillo bravío
dormido bajo el carrasco,
ni mirlo a orillas del río,
ni sisón en el peñasco,
ni alondras en el baldío.
¿Quieres que hiera en su vuelo
a ese milano que el cielo
raya con círculos anchos,
y de sus garras los ganchos
venga a clavar en el suelo,
y, atrás, la cabeza echada,
las plumas te enseñe y rice
de la pechuga alterada,
y ante tus pies agonice
con la pupila espantada?
Si buscas flores sencillas,
hay en el valle violetas,
y gamarzas amarillas,
y estrelladas tijeretas,
y olorosas campanillas.
Si quieres, rosa temprana,
ver los sudores y afanes
que cuesta el pan de mañana,
ven y verás mis gañanes
trajinando en la besana.
O vamos a mis sembrados
y allí verás emulados
de tus labios los carmines,
que parecen amasados
con pétalos de alvergines.
Verás mecerse, aireadas,
del mar de la mies las olas,
aquí y allá salpicadas
de encendidas amapolas
y de jaritas moradas.
Y mientras gozas del vago
rumor de aquel ancho lago
de móviles verdes tules,
yo una corona te hago
de clavelillos azules;
y con ella, nueva Ceres,
reina serás, si tú quieres,
de mis campos y labores,
que reina de mis amores
ya hace tiempo que lo eres.
¿Sientes ganas de llorar?
También las sé yo sufrir
cuando me pongo a pensar
que Dios te puede llevar
y hacerme sin ti vivir.
Más… ¡vamos al prado un rato,
que en él hay sombra de encinas,
murmullos de viento grato
y agua fresca de regato
rebosante de pamplinas!
¿Quieres que de esa ladera
te baje un haz de tomillo,
o que salte a esa pradera
y te traiga un manojillo
de oliente hierba triguera?
¿Lloras? Pues si es de ternura,
deja ese llanto correr,
que es un riego de dulzura,
hijo de la fresca hondura
del manantial del placer.
Mas si lloras desconsuelos
y torturas de los celos,
¡vive Dios, que lloras mal!
Testigos me son los cielos
de que mi amor es leal.
Y si piensas que es menor
porque tan hondo se encierra,
recuerda que el hondo amor
de los hijos de esta tierra
no sabe ser hablador.
Alégrate, pues, mujer,
porque te sé yo querer
con querer tan singular,
que a veces me hace llorar
de doloroso placer…