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Navamorales desde la distancia

.: Este blog pretende solamente describir con palabras e imágenes la realidad de NAVAMORALES DESDE LA DISTANCIA. Se añaden también versiones subjetivas de hechos o circunstancias siempre con sentido c

 
 
     
 
sábado 05/abril/2008 19:34

Menosprecio de Corte y alabanza de aldea


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Menosprecio de Corte y alabanza de aldea

Sin establecer comparaciones posibles, ¿qué más quisiera yo?, me apunto a la idea de Delibes cuando, a raíz del conjunto de su obra literaria, y en especial de aquel, inolvidable  “Camino”, no le duelen prendas en admitir lo que de él se ha venido diciendo,  que escribe bajo el lema que lleva por título este tratado: Menosprecio de Corte y alabanza de aldea.

Ocurre   que yo soy de pueblo; y mantener esta afirmación en depende qué ámbitos,  cuesta lo suyo; pero creo estar en condiciones de aportar algunos elementos de reflexión para aquellos  que, tal vez piensen lo mismo, y sin embargo,  no se atrevan a manifestarlo por caer en ser tildados de paletos, atrasados (no digo retrasados), u otras lindezas por el estilo.

Yo soy de pueblo; lo digo y persevero en ello. Tal vez esta rotundidad me es permitida por el hecho de, a la vez, poder afirmar con casi la misma rotundidad, que soy un urbanita. De pueblo porque nací en Navamorales y, como he dicho en otras muchas intervenciones, por activa y por pasiva, allí están mis raíces y las de los míos; a eso se le puede llamar apego, afecto, cariño, simpatía, amor, estima, devoción, afición, … o como –tú,  lector- le quieras llamar.

Me considero también urbanita,  en el sentido más extenso del término. He vivido más de la mitad de mi vida en una gran ciudad, en donde, mi vida se prolonga felizmente en la generación siguiente, y este dato no es menor en esta historia.

Se unen así, en mi caso, el pasado y el futuro; y yo por el medio. En medio de un tinglao aparentemente incompatible. ¿ Cómo digerir y convivir con dos posiciones tan encontradas: el pueblo y la ciudad?

Mi posición es firme y contundente. Es que no hay tal incompatibilidad. Y sino,  presten atención a su alrededor. Por una parte, la gente de los pueblos huye. Los pueblos se mueren. No se puede vivir –dicen-. Y es verdad, Navamorales  cuenta cada día con menos vecinos censados, y la aparente ficción de la reconstrucción de casas nuevas, no cambia el tono vital de un día de invierno. El pueblo está vacío.

Desde la ciudad el espectáculo está servido cualquier viernes por la tarde; los “finde”, se han de pasar fuera de la ciudad; las carreteras, las autopistas,  hierven de domingueros que huyen de la urbe. ¿ Y qué buscan? Tal vez no lo sepan; huyen, eso sí,  de la vorágine de la gran ciudad, de su asfixia,  del  apremio de la insolidaridad.

Los unos y los otros regresan a su atávica vida diaria y cuentan las fanfarrias que han colmado el pasado fin de semana. Los que fueron del pueblo a la ciudad, contando que han descubierto que allí atan los perros con longaniza; y los otros, los urbanitas, que han conseguido comerse un potaje en un pueblo de la sierra,  que les ha sabido a gloria.

Para mi que ambos viven un espejismo, el que llega hoy a la ciudad descubre lo que es ser fagocitado por ella misma; y los que descubrieron las sopas de ajo en un pueblo de la sierra, pronto se percatan que el fin de semana les ha salido por un ojo de la cara, les han dado gato por liebre,  y el lunes sigue siendo igual de lunes.

Para mí, y como síntesis, sólo se disfruta de la ciudad y del pueblo, cuando nunca renunciaste del todo a ninguno de ellos, y me explico. Ese urbanita acérrimo ahora, acostumbra a ser aquel pueblerino que desertando del arado creyó haber descubierto un día El Dorado,  en la gran ciudad. Y ese  pueblerino que se deslumbra al ver a su amigo llegar de la capital con un coche de destello, no encontrará allí, más que un menú  grasiento,  que nunca llegará al nivel de aquellas patatas aconejás con un torrezno,  que nos comíamos para desayunar en nuestro pueblo hace unos años; por no hablar de aquel gusto exquisito de las patatas cocidas en el caldero de los marranos antes de preparar el berbajo.

Yo me quedo a vivir en la ciudad; y no renuncio, cuando puedo,  a disfrutar de unas buenas vacaciones en Navamorales. Y es que, aprovechando algún que otro tópico,  creo que Navamorales es también mi pueblo desde la distancia; y no quiero renunciar a aquel otro que dice: se puede querer a dos a un tiempo… y no estar loco. Me refiero obviamente a los dos protagonistas de este escrito: el pueblo y la ciudad.

DGH



 
 
   · autor: navamorales  · sección:  
     
   
 
     
 

Comentarios

  • martes 29/abril/2008 11:33 · RGR escribió:
    Magnífica visión! y es que se aprende a valorar cuando tienes con que comparar...
    Afortunados los que saben vivir en un lugar y en el otro disfrutando en cada uno de ellos!!!
    RGR
 
 
     
     
 
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