Cuando un día salga por la escorada puerta,
sin bisagras, pestillos, ataduras…
Cuando ya dé todo lo mismo
y lo que se diga no me afecte.
Cuando mis ojos abiertos dibujen nuevos horizontes.
Cuando el aire se vuelva respirable y de nuevo el paisaje,
retorne como antaño a su origen…
¡Oh Dios! ¡Perdóname, pero...!
le enviare al pozo del olvido, donde ni aun la muerte se pasea,
por ver sus dedos sangrar sobre paredes húmedas.
Le empujaré sin ascenso,
hasta sentir el fango devorando sus pies.
En cualquier momento. Quizá en el abrirse del crepúsculo,
o cuando todo termine aquí
y no acoja latidos en mi pecho.
¡Oh Dios! ¡Perdóname, pero...
pisotearé su sombra con esfuerzo.
Aplastaré su cabeza encendida.
¡Oh, Dios. Aunque no me perdones!
Fer. Alonso. (Adapt.). “ A él”