El viajero se topa de nuevo con su alter ego vestido de Portela. Y ambos enjugan la lágrima por el compañero perdido en el camino, por Luis Cernuda, ahogado en sus lágrimas distintas, hundido en el horizonte oscuro de la soledad que abrasa.
El viajero saca el pañuelo del adiós y hace un guiño a los dioses. Pronto estará con ellos, se dice mientras su imagen se destila entre las gotas amargas del rocío…
Ahora que mis soles mortecinos
Van a eclipsarse definitivamente.
Como no salmodiar al dios que nace
Estrella de la mañana, nueva aurora
Y libar de su polen que da vida.
Aquí bebe el mortal. No en los
Dioses crucificados o dolientes,
Sino en la transfiguración eterna de lo
Mismo: El mismo sol eternamente
Diferente. Es Apolo y es Marcías
A un mismo tiempo. Sus bucles caen
Sobre el poniente como versos
De una cadencia insomne que a si misma
Se ignora. Los tiempos de indigencia
No son gratos. En extraños convierte
A los que gratitudes y reverencias
Se prometen y pactan un secreto
Que al mismo mundo dejará inerte.
Cuatro letras. Cuatro signos conforman
El alfabeto que puso un Dios entre
Mis labios para que cante el canto
Ya postrero de aquellas osadas
Que me llevaran antes al Conquero. Sale
Del agua. Del canto emerge siempre
Como lo mismo renovado y en ésta
Soledad del alma mía el amor se me muere
Entre los labios. Es la vida que vuelve
Mientras ya me despido de éstos aires.
(Oscar Portela. Ahora. Dedicado a Luis Cernuda)