¡Cómo añora el viajero la lánguida caída del crepúsculo! Le atrae el aroma de la brisa dormida, la vela que araña millas hacia el horizonte, el pálpito de vida cuan galope de sangre desbocada…
El viajero siente tu pecho alzarse al aire y, por él, como en marcial desfile, un tórrido caudal de sentimiento bulle…
A veces cruza mi pecho dormido
una alada magnolia gimiendo,
con su aroma meloso, una campana
tocando a fuego,
una roja invasión de hormigas blancas,
un venado que otea el paraíso
alzado el cuello.
un barco que da tumbos
por ebrio mar de noche,
un suspiro, un pañuelo que delira
bordado con diez letras
y el laurel de la sangre,
un desbocado vendaval, un cielo
que ruge como un tigre,
el puñal de la estrella fugaz
un penetrante río que busca locamente
su desenlace o desembocadura
un raudal de manzana y roja miel
el arañazo de la ortiga más dulce
la doble alondra del color del maíz
volando sobre un celeste infierno
y veo, dormido, un precipicio súbito
y volar o morir...
A veces cruza mi pecho dormido
una persona, un viento,
un enjambre, un relámpago,
un súbito galope:
como un soplo que pasa en la grupa de un potro
y se hunde en el tiempo hacia el mar…
(Eduardo. Carranza. A veces cruza mi pecho. Adaptación.)