Cuando se ama una ilusión.
Alguien siempre espera, sea una llamada, una noticia, una mirada. Son quienes viven en suspenso porque desean un aviso que siempre tarda en llegar. Siempre… y cuando llega. Puede llamarse Marina, o Alexis, Susana o Ricardo. No importa, los conocemos, nos cruzamos con ellos en las esquinas, en la oficina, en los colegios. A veces… es una hermana, un amigo, una vecina. Viven, caminan, hablan… pero a medias, porque sus sentidos aguardan, porque, como Penélope, sus vidas se detuvieron una tarde y lo único que desean es que se ponga en movimiento de nuevo; por ello claman a gritos silenciosos al Cielo. Y en silencio sufren y lloran, o reclaman al ingrato amor que un día partió. Pero cuando a su puerta llega, Ricardo o Marina, o tal vez Alexis o Susana, dejan de ser quienes eran, de pensar o sentir lo que era. Todo lo olvidan y en sus mentes sólo queda recitar el viejo conjuro del amante que calla, que se oculta, que vive a medias mientras aguarda:
“Cuando te veo me siento alegre, al oírte mi corazón ríe; cuando te abrazo siento que puede ser así para siempre. En tus brazos sé que quiero ser y estar, que todo tiene sentido y que el mundo es un mejor lugar. A tu lado sé lo que es vivir, pero abrazándote, sabiendo que tendrás que alejarte otra vez, también comienzo a morir. Nadie lo sabe pero por dentro padezco, cada adiós es una agonía, cada día lejos es un infierno, y me pregunto, con miedo y locura, ¿qué será de mí si un día te alejaras y no volvieras? Simplemente moriría y nadie nunca sabría por qué; sólo tú, tal vez, pondrías responder: fue porque una noche, sin querer, su corazón me llevé”.
Julio César.