-Voy por una muela y quiere que me quite la ropa…
-Ay, chica, estoy tan contenta. –sonríe la enflaquecida mujer, pálida y amarillenta, a la enfermera del servicio de neumología.- El doctor dice que me ve mucho mejor. –y tose de forma agónica, profunda, como si fuera a quebrarse por dentro. O a salírsele un pulmón.
-Hummm… ¿te dijo eso? Siempre es igual, querida. Los médicos se ven acosados por los pacientes en el pasillo y a todos le dicen, con una sonrisa grande y optimista: yo te veo mejor; y eso cuando el pobre paciente ya está entubado, con los ojos blanquecinos y frío como un cadáver.
-Ay, señora…
……
-Dígame, enfermera, ¿cómo amanecieron los pacientes? –pregunta el internista, bostezando todavía, asomándose a la sala de hospitalización sin entrar, como temiendo un contagio.
-Bien, doctor. –informa ella; él se vuelve sorprendido, sin terminar de ponerse la bata.
-¿Amanecieron todos vivos? –está realmente asombrado.
-Así es, doctor, y no sólo eso, hay tres que parecen mejorar con el tratamiento que les indicó.
-¡¿Qué?!
……
La joven, marcador en mano, entra al sanitario de las enfermeras a colocar lo que piensa de la zorra de la supervisora. Allí lanza un alarido de rabia. Alguien se le había adelantado. Beatriz, otra joven enfermera, entra y se detiene a su lado, leyendo el letrero y viendo el marcador en sus manos. Lee en voz alta:
-“Cuidado con la puta de Cecilia si traes a tu marido”. –se vuelve hacía la otra.- Pero ¿tú eres loca, Cecilia? ¡No pongas tu nombre!
Julio César.
NOTA: Otro escrito del grupo de DIVAGANCIAS.