Un poco cansada… Agotamiento físico o anímico, espiritual… Incapaz de discernir… A veces creo que es la propia existencia costumbrista y reiterativa, monotonía inercial… Para algunos compás armonioso, para mí estridente y demoledor…
Hoy había quedado en un café cerca del mar, ese que tan bravo se había comportado esta semana… Alicaída, deseo anticiparme, adelantarme a la hora acordada… Hay caminos que sólo acogen como compañía la soledad de uno mismo… Desde siempre el mar había sobrellevado, caballeroso, actuar como mi más reservado confidente, con mi complaciente aquiescencia… A él revelaba alegrías y penas… Siempre escuchaba respetuoso, arrullando mis silentes palabras, mis silentes emociones… Me acogía en su regazo de espuma ya con el impetuoso aliento salado de un día embravecido, ya con la dulce suavidad acuosa de su serena placidez azulada…
Cuantas promesas y juramentos me habías arrancado, cuantos pactos y compromisos sellamos entre arena y salitre… Arrastrando mis inquietudes con tu blanquecina resaca, retornaban purificadas a la orilla, donde languidecías exhausto de tan larga travesía…
Hoy volvíamos a estar frente a frente… Yo contemplativa, tú restableciéndote, serenándote tras la tempestad…
Velando tu oleaje, la vida se me asemeja a una ola… A veces pequeñas y suaves, otras atroces y fieras… A veces acomodados en su cresta, otras porfiando denodadamente por subirnos a ella, otras arrastrados sin compasión… Y siempre, siempre, anhelando por la ola buena, con la que surcar todos los mares…