Llamo al ascensor… Vacío… Un suspiro de alivio… En los ascensores las palabras parecen desvanecerse… Miradas incómodas… Invadido nuestro espacio vital… Vulnerables…
Aún sin deliberar la disyuntiva de cada día… La primera bocanada de viento gélido me conduce instintivamente a la parada del autobús… Deliberación concluida… Nada que ver con la brisa suave y apacible de los últimos días… En prodigiosa mimesis también un escalofrío, un ligero estremecimiento me había cortejado aun no bien despierta… Quizás rememoración de páginas pasadas… Escruto la parada desde lejos… Hervía con muchedumbre en algarada, arribando continuamente nuevos personajes, allí parados, detenidos, cualquiera diría que ociosos, desocupados...
Desde mi perspectiva parecían figurantes, bultos valleinclanescos, hijos del esperpento, séquito grotesco… Sus cuerpos se deformaban en sombras siniestras, gigantes quijotescos… Sus gestos se tornaban más grandilocuentes… Siluetas fantasmagóricas desvaneciéndose conforme me aproximaba para regocijarme con ellos de esa alegoría esperpéntica…
Hay días como hoy en que ficción y realidad parece confundirse en una entelequia única… Hay días que allá donde los demás ven vulgaridad y tedio, yo aprecio una exquisita lírica, bucólica y delicada… Un lugar inhóspito y frío como la parada de autobús destila hoy el más delicioso de los lirismos, conmovedor de las más bondadosas pasiones… Observo a la gente que presurosa va abordando la parada, a la que impaciente espera la llegada del próximo autobús como quien espera el próximo billete de su sino… Escucho sus conversaciones… Algunas fugaces y fatuas… Otras tan trascendentes y profundas que me hacen estremecer de nuevo… Dos señoras, mediana edad, apariencia distinguida sostienen un fascinante debate sobre la felicidad… Sus voces son un leve susurro entre el bullicio pero lúcidas e inconfundibles… Las dos parecían un poco doblegadas por el destino, viva imagen de un fatalismo inexorable… Cuando más gozosa era su conversación, un súbito y apresurado adiós la interrumpió sin piedad… Llegaba el autobús en el que una de las mujeres debía de partir… La otra permaneció ahí, impasible, como si nada hubiese sucedido… Hubiese querido permanecer allí pero debía partir también… Subiendo las escaleras de aquel atestado autobús tenía la sensación de haber sido testigo y partícipe de una de las más meritorias escenas de la excelsa Luces de Bohemia… Mañana regresaría… Quien sabe si aquella conversación inconclusa mañana continuaría… Quien sabe si un nuevo Valle-Inclán había resucitado…