Las once… Domingo… Para qué madrugar… Con cierta desgana apuro los últimos sorbos de café recién hecho… Siempre seduciéndome más su aroma que su sabor, pocas veces me puedo deleitar con su fragancia… Hoy quise complacer a mis sentidos…
Más tarde saldría… Había decidido rescatar rincones y momentos latentes, ocultos en los subterfugios de la memoria… Volvería tras esos recuerdos de infancia… No siempre felices, sí sencillos y cándidos, alejados de aprensiones y cavilaciones, despreocupados… Sin venerar la infancia, a veces añoro esa sabiduría, ese talento de los albores de la vida para asombrarnos, sorprendernos… A veces añoraría no ser niño, sino la mirada de niño… Contemplar el mar con ojos de niño, los jardines, las colinas, las cumbres de la vida… Quizás entonces reverdecerían… Quizás las alegrías y las penas tendrían otra profundidad...
Con mi percepción treintañera sigo hostigándome, escudriñándolo todo, en un desesperado intento por elucidar por qué lo que ayer era beneficioso, hoy es arrinconado… Por qué lo que anteriormente parecía sereno, despejado, al presente se torna oscuro, confuso… Por qué todo lo que un día parecía firme y consolidado, inequívoco y estable, no era más que un volcán adormecido que un día despierta, entrando en erupción, arrasando sin piedad, asolando todo a su paso… Por qué una mañana nos levantamos y reflejándonos en el espejo descubrimos que lo que hace poco nos parecía bello y agradable, ahora, en génesis absurda, se erige, con obscenidad impune, en grotesco y repugnante… Por qué deseamos algo con las mismas fuerzas que lo odiamos… Por qué…
El aroma del café recién hecho ya se había desvanecido… Ahora sólo mis interrogantes flameantes en una atmósfera de súbito plomiza… Rezagadas bocanadas de café, ya frío y amargo, preceden mi partida…