Sus ojos habían perdido el fulgor de antaño… Ahora parecían turbios y mortecinos, quizás sucumbiendo a la decrepitud de la vejez… Pero sus palabras seguían siendo el verbo locuaz que me había cautivado tantos atardeceres de verano… Aunque elocuente siempre había sido muy discreto y mesurado… Los años lo habían vuelto más histriónico, quien sabe si consciente de que estaba escribiendo las últimas páginas de su existencia… Como héroe de tragedia griega interpretaba este último acto… Con afectación premeditada, balanceaba estridente su cuerpo en cada movimiento, en cada gesto… Pretencioso, silabeaba grandilocuentes palabras orgullosas, hincándose como aguijones en el aire, imbuyendo el ambiente de una fuerza embaucadora…
Con la magia de un arpa, de sus labios iban brotando vibrantes sonidos, cadenciosos, hechizándonos, sucumbiendo cautivos en su silábica sinfonía… Excelsa obertura… Los tañidos de su voz me retrotrajeron a un tiempo pasado…
Cada tarde nos perdíamos por los bucólicos pasajes que tan bien conocíamos pero que siempre conseguían sorprendernos… Tú disertabas sobre lo divino y lo humano… Tus palabras, teñidas por el ocaso de escarlata púrpura, olían al salitre que trasegaba la brisa de poniente… Palabras, suaves y delicadas, exhalando libertad, evasión… Ambrosía enardeciendo mi espíritu, aun candoroso, acuciado de conocimiento… Veladas que solían expirar a orillas del mar, donde las olas engalanaban nuestros sueños de ilusión y esperanza…
Tú compartiste tu sabiduría y educación, contigo aprendí a recrearme en el excelso goce de un libro, a paladearlo como si cada página, cada línea fuese única… Hoy entonas tus últimas enseñanzas… Se apagará tu voz, nunca tu palabra…