Había llegado el día… Tanta espera… Tanta agitación, inquietud, desasosiego… Todo ahora estaba preparado… Había revisado todo una y otra vez, casi de forma compulsiva… Nada podía salir mal, nada podía ser confiado al azar, siempre tan antojadizo y travieso…
Asomo de un incipiente temor al desencanto, a ilusiones quebrantadas, ahogando la excitación, las ansias precedentes… Vacilaciones de los últimos momentos… Quizás pusilánime, consciente de una retracción imposible… Vértigo claustrofóbico ante el vacío de una mirada atrás… Ausencia de camino de regreso...
Intento recomponer mis emociones, distraer lúgubres sensaciones, cavilaciones sombrías, ante el advenimiento del día que tanto había ansiado, intérprete de tantos sueños y tantas noches, tantas ambiciones y desvelos… Pero apenas, en pleno ensimismamiento entusiasta, una etérea ilusión estalla en teatral paroxismo, vuelve a emerger la sombra de las dudas, existenciales aprensiones… Espoleo mi memoria en búsqueda de esos anhelos desorientados, desconcertados y sólo recuerdos evocadores de una náusea sartriana en su lugar…
Aquellas palabras retumban con fuerza eclipsadora: “lo que esperamos es lo que nos mantiene vivos”… Ahora, ante un inminente e ineluctable destino, tantas veces añorado, sólo anhelaría una eterna espera, sucumbir en los brazos de una entrañable, cándida espera… Bizarría hasta hoy imperturbable, carcomida por el vacío existencial ante el día después…